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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Revolución británica

Isaac Bigio
Isaac Bigio
sábado, 24 de abril de 2010, 08:24 h (CET)
La palabra ‘revolución’ es algo muy popular en la volátil América Latina, pero es algo que parece como intangible en Reino Unido, donde desde hace casi tres siglos y medio no se ha conocido un solo levantamiento armado y ha habido una estabilidad parlamentaria.

En este país los cambios suelen darse gradualmente. Allí la jefatura del Estado es vitalicia y hereditaria, los de la Cámara Alta son lores que estarán allí hasta que se mueran y los parlamentarios electos generalmente se mantienen décadas en sus cargos.

Sin embargo, allí se viene produciendo una revolución lenta en el sistema electoral. En esta nación cada uno de los 650 parlamentarios es electo en cada uno de los 650 distritos electorales, con lo cual el que suele ganar con un mínimo porcentaje electoral acaba ganando en la mayoría absoluta de esas comarcas, por lo que acumula más del 50% de la Cámara de los Comunes.

Según las encuestas el laborismo va tercero, pero aún así, debido a que éste tiene especial peso en una serie de regiones, éste retendría el poder.

Este obsoleto sistema ha empezado a ser progresivamente desafiado con la introducción de sistemas de representación proporcional para la elección de los representantes británicos al Parlamento Europeo, para la asamblea y el alcalde de Londres y para los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte.

Pese a que el laborismo sabe que el sistema uninominal le permitiría tal vez perpetuarse en el gobierno hoy concibe que la mejor manera de atraer votos y de ganar a los liberales como aliados es ofreciendo una nueva reforma que implique que la Cámara Alta sea 100% electa y que se introduzca una forma de segunda vuelta en la elección de cada uno de los parlamentarios.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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