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Un franquista en el Saló Sant Jordi

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
viernes, 23 de abril de 2010, 00:27 h (CET)
Nadie rechazó la elección de Barcelona como sede Olímpica de los Juegos de 1992 por el hecho de que llegara de la mano del franquista Samaranch. Pasqual Maragall y Narcís Serra, como toda España y Cataluña, saltaron ostensiblemente de júbilo, en imágenes memorables.

Ahora, fallecido a los 89 años, el cuerpo del franquista Samaranch, ocupa el centro del noble Saló de Sant Jordi, de la Generalitat de Cataluña, y es despedido solemnemente por el Govern catalán de Montilla y por los Reyes de España. Y la ciudadanía catalana y española está triste y de luto. Hemos perdido a un catalán universal que nos proporcionó dias de gloria.

Algunos políticos catalanes del llamado progresismo de la izquierda nacionalista han quedado descolocados. No han sabido reaccionar o lo han hecho desde el rencor. Son los incapaces de perdonar u olvidar sus diferencias con sus propios padres que les dieron la vida. Los que, encerrados aún en sus trincheras –por motivos ideológicos o sentimentales- no saben o no quieren comprender que el mundo y la historia son complejos y dinámicos. Y que a las personas no hay que juzgarlas por una etapa de su vida y circunstancias, sino por toda su trayectoria.

De la camisa azul y el brazo en alto, Samaranch evolucionó hacia la ilusión de crear un partido de centro –como me adelantó confidencialmente para saber mi opinión de comentarista político- y como presidente de la Diputación, con valentía, restituyó en el frontispicio de este palacio, ante la sorpresa de muchos, el antiguo rótulo “Palau de la Generalitat”. Y, después, como embajador en Moscú, sus dotes humanas y negociadoras lograron reconciliar a La Pasionaria con Carrillo.

Siendo ya presidente del COI, en una recepción oficial en el Palacio de Pedralbes de Barcelona, ante un grupo de asistentes, me cogió del brazo y me recordó literalmente: “durante muchos años nos has tenido acojonados con tus comentarios; cada mañana nos levantávamos per ver que decías en El Correo Catalán”. Sus palabras, sin embargp, sonaban sin rencor.

Son algunos de mis recuerdos personales de Samaranch, Lo que me extraña es que, ahora, mientras muchas personalidades y políticos de diversas tendencias, encabezados por el president Montilla, con visión de estado, le ofrecen los máximos honores en la capilla ardiente en el salón noble de la Generalitat, otros se nieguen a mostrar públicamente su pésame y duelo a este barcelonés-catalán-español universal. ¿Por qué no se negaron a aceptar los Juegos Olímpicos del 1992 de Barcelona, que nos trajeron, junto al alcalde Maragall, sus manos franquistas?

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