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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Es peligroso querer volver al pasado

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 23 de abril de 2010, 00:22 h (CET)
“No pasarán ni con el Estatut ni con Garzón” y “Baltasar, lo que hemos hecho y lo que nos queda por hacer” son las dos frases antológicas pronunciadas: la una, por la artista Marina Rossell, en el bochornoso espectáculo que tuvo lugar en la Universidad de Barcelona en apoyo del juez Garzón y del Estatut apuntalado, esta vez, sin tapujos ni falsos pudores, por la Generalitat de Catalunya y con la presencia del señor Maragall, uno de los culpables de que la situación en esta región de España haya llegado al punto de degradación política en el que se encuentra; y la otra, como no, por el envarado y encastillado señor Bono que, parece olvidarse que lo que llevan hecho sus colegas, los socialistas, no es precisamente para presumir de ello y, lo que nos auguran para el futuro, aún con su colaboración, no nos parece que sea mucho mejor. Mejor sería que dejase en claro como una persona de familia de pocos medios, en tan pocos años ha conseguido amasar una fortuna tan saneada. El mostrar su apoyo al juez estrella que, si juzgamos por lo que parece que se le está viniendo encima, más bien le cabría el apelativo del “juez estrellado”, no parece muy propio de un señor que ostenta el caro de Presidente del Congreso. En todo caso, dos frases poco afortunadas y, evidentemente, poco apropiadas para justificar lo injustificable.

Dejando de lado la inoportunidad, la ilegalidad, la desvergüenza y la cara dura de quienes hicieron de las aulas universitarias, el centro de su sectarismo progre, nacionalista y el revanchismo guerra civilista; el descaro de dos miembros destacados de la fiscalía, los señores Tena y Villarejo, que olvidándose del respeto que deberían sentir por las leyes y los representantes de las instituciones más importantes de la judicatura, como son el _Tribunal Supremo o el mismo Tribunal Constitucional, se lanzaron a descargar la bilis del más rancio comunismo y del más cerrado oscurantismo; haciendo gala de la cerrilidad propia de aquellos que todavía no han sabido digerir que Franco impidiera la instalación en España del régimen frente populista promovido desde la antigua Unión Soviética. Resultaría verdaderamente divertido, si es que la ignorancia y el sectarismo pueden resultar algo festivo, que la señora Marina Rossell (vean que todavía guardo las formas) exhibiera un eslogan de la República que, no sólo no resultó inadecuado y poco realista, ya que, en realidad, las tropas de Franco sí “pasaron”; sino que, a estas alturas de la historia, después de que hayan transcurrido 70 años del fin de la contienda, suena a rancio, apolillado y ridículo, volver sobre aquellas épocas. Precisamente la defensa de Catalunya por los milicianos de la República, no constituyó, un acto de gran valor y de heroísmo, puesto que los nacionales entraron en ella sin apenas disparar un tiro y, vean ustedes lo que va de ayer a hoy, fueron objeto de la acogida más entusiasta que nunca hubieran esperado recibir. ¡Ridículo y fuera de lugar, señora Rossell!, porque estamos en una democracia y los órganos que imparten justicia y gobiernan el país, nos gusten o no, han sido elegidos y funcionan de acuerdo con la legalidad que nos dimos todos los españoles, incluso los catalanes, cuando votamos, por una inmensa mayoría, la actual Constitución de 1978.

Actos como los que ustedes han protagonizado en la Universidad catalana, son los que el Estado de Derecho no debiera permitir, porque no se trata de la libre expresión de opiniones sino que es un intento descarado de presionar sobre los órganos jurisdiccionales, que tienen por misión determinar si un juez, en este caso el señor Garzón – sometido, como cualquier otro ciudadano de a pie, al imperio de la Ley – para conseguir que, sobre la misión esclarecedora y juzgadora que le corresponde al TS respecto a determinados hechos que pudieran ser constitutivos del delito de prevaricación, primen los intereses partidistas, los deseos de revancha de los descontentos de siempre y los habituales escarceos de los miembros de la farándula siempre dispuestos a cargar sobre quienes quieren ponerlos en su sitio, agravados por su falta de madurez y su tradicional ignorancia sobre materias que desconocen, pero que quieren someter a su juicio utópico. Lo que ocurre es que, quizá por su propia inconsciencia, su excesivo histrionismo y su desconexión de la realidad del país: el desempleo, la situación límite a la que han llegado muchas familias y la debacle empresarial; es posible que estén encendiendo una mecha de la que no se sabe su longitud, que pueda conducir esta llama de falta de respeto a las instituciones públicas; de la natural tendencia de determinados sectores a tomarse la justicia por su mano; de la incitación a la algarada pública; a convertir las calles en lugares intransitables; a enfrentarse a las fuerzas del orden público y a pretender apabullar a aquellas personas ( como mínimo la mitad de la ciudadanía de este país) que piensan de forma distinta, que sostiene otros valores, a reaccionar contra aquellos que, por la fuerza de los hechos, por las amenazas o por los chantajes, se les quiera arrinconar y se les prive de las libertades que, tantos sacrificios y renuncias, les han costado alcanzar.

Es obvio que no hay peor ejemplo, para la ciudadanía, que una constante puesta en cuestión de las reglas del juego, que todos nos impusimos cuando votamos la Constitución. Porque, puestos a deslegitimar nuestras instituciones y a arrimarnos a lo que más favorece a nuestras inclinaciones políticas y partidistas, no cabe duda de que muchos tendríamos motivos para revolucionarnos contra este Gobierno socialista que, con tan poco tino, nos viene gobernando, que nos ha impuestos leyes como la del divorcio, la de los matrimonios homosexuales, la del aborto libre y ha emprendido la campaña de descrédito contra la Iglesia católica, a la que tantos españoles están adscritos y que, hoy por hoy, es la que más provecho educativo y de ayuda a los necesitados está prestando a los españoles. Sin embargo, pese a que nos cueste, sabemos que estamos en una democracia y que la fuerza de las urnas debe respetarse, al menos, hasta que tengamos la oportunidad de rechazar a quienes gobiernan por medio de nuestros votos. Resulta algo inimaginable y parece mentira que, personas que, aparentemente, debieran dar ejemplo de respeto por las instituciones, se muestren tan poco cuidadosos con los usos democráticos, utilizando subterfugios, trucos, demagogias, falsas informaciones y evidentes deformaciones de los hechos, tanto los pasados como los actuales, para crear en el pueblo una falsa imagen de lo que está sucediendo en nuestra nación; pretendiendo, con ello, crear una clima de crispación, de odio a la derecha ( que sólo cumple con su deber de hacer oposición al Gobierno), de ambiente prerrevolucionario y de desprestigio a la fuerza pública y a los organismos encargados del orden público; con el único fin de conseguir el dominio de las calles, lograr que la fuerza pública actúe bajo el miedo de ser imputada si hace su trabajo y convertir en héroes del pueblo a aquellos que, habiendo sido los incitadores del desorden, pudieran salir heridos o arrestados de las refriegas que, ellos mismos, han provocado.

Hace unos años nadie, en su sano juicio, hubiera podido imaginarse que, el clima de enfrentamiento entre españoles que se produjo en vísperas de la Guerra Civil, se pudiera volver a repetir en nuestra tierra; no obstante, en honor a la verdad, muchos de los que, de alguna manera, fuimos testigos de aquellos tiempos tan peligrosos, empezamos a sentir la incómoda impresión de que, aquellos momentos, no parecen estar tan lejanos.

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