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Alicia en el país de las maravillas tecnológicas

Johari Gautier Carmona
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier
jueves, 22 de abril de 2010, 05:09 h (CET)
Diez años después de la última versión cinematográfica de “Alicia en el país de las maravillas”, la obra de Lewis Carol recobra fuerza, colores y dimensiones. Tras su publicación en 1864, la obra del autor inglés ha sido llevada más de diez veces al cine y, este año, gracias a la magia del director Tim Burton, las fantasías de Alicia se benefician de una nueva imagen en 3D y de un notable fenómeno comercial. De esta manera, el director de Big Fish se atreve a repetir y quizás mejorar la repercusión mediática obtenida por Walt Disney en 1951 con un dibujo animado que fue revalorizado a lo largo de los años.

Entre la necesidad de crecer y el deseo de permanecer pequeña
La película empieza con un decorado oscuro característico de la Gran Bretaña del siglo XIX y desvela a una Alicia de siete años, tumbada en la cama. Sus sueños turbios la afectan considerablemente, la atormentan hasta el punto de creerse loca y, ante sus alusiones a conejos, espejos y sombrereros locos, los familiares no lo pueden negar: “Estás majareta, loca. Pero te diré algo: las mejores personas lo están”, le dice su padre. Desde muy pequeña, las pesadillas angustiosas y los extraños personajes que las componen, la acechan, la persiguen y la rodean, hasta formar un entorno cotidiano y casi real. Trece años más tarde, en un banquete en el que un pretendiente le pide su mano, Alicia vuelve a conectar con ese mundo fantasioso y delirante. Las imágenes de un conejo apresurado, sombreros y gemelos resurgen de repente con el impacto que puede suponer para una mujer de veinte años a quien la sociedad exige que se case y tenga hijos.

La necesidad de buscar respuestas o de evadirse de una realidad asfixiante la conducen a sumergirse por completo en su sueño. La madriguera en la que cae, además de ser una caída que adopta una dimensión nueva con el efecto de la tecnología, la precipita en una sala con varias puertas cerradas. Desde ese momento empieza la angustia de una mujer que a veces se ve demasiado pequeña para ciertas cosas y otras veces demasiado grande. El vínculo con su vida personal es ineludible, su sueño se alimenta de las preocupaciones y obligaciones del mundo real, no obstante, en el país de las maravillas, Alicia detiene las respuestas y es libre de crecer o empequeñecer gracias a los efectos de un pastel o un brebaje especial.

Huída y concienciación
La película recoge las principales etapas del cuento clásico, se nutre de muchos detalles inolvidables e integra muchos otros guiños grotescos de Tim Burton, aún así, lo que caracteriza esencialmente esta nueva película es la existencia de un monstruo supremo, el Galimatazo, por encima de la reina roja y de su mítica frase: “¡Que le corten la cabeza!”. La estética gótica y sombría del realizador americano sirve para recrear un mundo desolado y desesperanzado que espera a una heroína para derrotar a la tiránica reina roja y dominar al otro ser apabullante. Por este motivo, todas las miradas se dirigen hacia la joven, preguntándose si ella es realmente la Alicia que esperan. Esas cuestiones la inducen a un trabajo personal que la obligan a reflexionar: ¿Quién es ella? ¿Cuál es su meta?

Lo que al principio era una huida se convierte paulatinamente en una concienciación. La Alicia que al principio decía “Yo sólo quiero despertarme de este sueño” crece interiormente, se fortalece hasta mostrar su voluntad de tener el control sobre su destino: “¡Yo hago el camino! Este es mi sueño y decidiré del camino”. Con este proceso de crecimiento, la película desvela un mensaje a la altura de todas las producciones de Walt Disney y Tim Burton lo integra en todas las dimensiones. Se puede soñar mientras uno vive porque, como lo dice Alicia, “Todo es el fruto de mi mente”.

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