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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Construcción de un mejor veto legislativo

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 22 de abril de 2010, 04:55 h (CET)
WASHINGTON - Mi enfoque sobre el veto legislativo es el mismo que el de Bill Clinton sobre la discriminación positiva: hay que corregirla, no ponerle fin. He aquí cuatro pasos y medio para tener un veto mejor.

Paso uno: Los puestos ejecutivos no tienen veto.

El presidente disfruta de enorme deferencia al nombrar a su propia administración. Eso ha brillado por su ausencia los últimos años. La víctima más reciente es Dawn Johnsen, la elección del presidente para encabezar la oficina legal del Departamento de Justicia, cuya nominación fue retirada tras languidecer durante 14 meses.

En tiempos, vetar un nombramiento - ejecutivo o judicial - era una rareza. Tumbar una nominación por veto era más raro todavía. En los 60 años anteriores a que Barack Obama fuera investido, se presentaron mociones de votación sin debate, el procedimiento para sortear un veto, en 32 candidaturas al ejecutivo. Durante la presidencia de Obama, se han presentado mociones en el caso de 14 nominados al ejecutivo. Esta cifra subestima el problema porque no incluye los nominados como Johnsen, que nunca llegaron tan lejos.

Algunos críticos del veto han metido nombramientos ejecutivos y judiciales en el mismo saco, al considerar que el veto es inapropiado e incluso inconstitucional en ambos casos, o que vetar a candidatos judiciales es particularmente nocivo.

Yo dejaría el veto donde está - como herramienta para casos de emergencia - para los jueces. El Senado (i)debe(/i) ser más asertivo cuando se trata de un nombramiento vitalicio.

Segundo paso: Permitir un uso limitado.

Un solo senador que pretenda enfangar las cosas puede vetar una propuesta de adopción de una medida, no sólo la propia medida. Debido a que lleva tiempo llevar el debate a puerto (véase el Paso Tres), se duplica la posibilidad de estancamiento. Se fomenta el veto como acoso, hasta cuando la medida subyacente es abrumadoramente popular. Los senadores Demócratas Evan Bayh, de Indiana, y Michael Bennet, de Colorado, han recomendado la supresión de la capacidad de vetar una moción. Tienen razón.

Paso tres: Hay que engrasar las ruedas.

Las normas existentes no limitan la velocidad de las cosas sólo porque hagan falta 60 votos. Limitan las cosas porque también suponen una gran inversión de tiempo del Senado - un enorme desincentivo para tratar de poner fin al debate. Una vez que una moción se presenta para votar sin debatir, debe aguardar dos días. Después, el reglamento establece 30 horas de debate antes de una votación para superar el veto. Durante las 30 horas, el Senado no puede elevar a consideración ningún otro asunto. Este retraso es innecesario y contraproducente. Suena a oxímoron, pero una maniobra obstruccionista de vía rápida sería una gran mejora.

Cuarto paso: Sea paciente.

Corregir el veto lleva tiempo. Cambiar las reglas del Senado por lo general requiere de una votación de dos tercios - más que el número necesario para sortear un veto. Hay una manera de evitar esto, pero podría causar un escándalo.

Así que la única corrección realista es que entrara en vigor a un plazo lo bastante alejado para que los senadores no puedan estar seguros de ser los beneficiarios reales cuando se ejecute. Sería bueno que los Republicanos y los Demócratas suficientes convinieran en alterar el reglamento del nuevo Congreso, en enero de 2011. En la práctica, sin embargo, es probable que haga falta la perspectiva de la Casa Blanca cambiando de manos para hacer factible la operación. Un acuerdo para fijar las normas por el camino además podría relajar el tono ahora.

Paso cuarto y medio: 60 es un número que no tiene nada de mágico.

Hasta que el régimen fue modificado en 1975, votar sin debatir exigía 67 votos. La mayoría de 60 votos no es un mandato divino, aunque es un compromiso razonable entre una mayoría simple y una de dos tercios. Si un número menor atrae más apoyos, por mí muy bien.

El Demócrata de Iowa Tom Harkin ha propuesto un umbral de reducción gradual para poner fin al debate: 60 en la primera ronda, 57 dos días después y así sucesivamente hasta hacer falta solo una mayoría simple. Pero el valor del veto no es el de ser una táctica dilatoria, es ser el requisito de la mayoría de 60.

Es popular argumentar que el abuso del veto podría reducirse exigiendo sesiones legislativas maratonianas. Esto suena bien, pero acabaría dificultando la vida a los detractores del veto, obligados a conservar una mayoría en el hemiciclo para conservar abierta la sesión en el Senado.

Una mejor solución sería cambiar el reglamento para ayudar a poner fin a la parálisis, y no hacerla más telegénica.

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