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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¡Reinterpreta tu vida!

María Cicuéndez
Redacción
miércoles, 21 de abril de 2010, 13:12 h (CET)
Cambiar tendencias rutinarias frustrantes desenredaría muchos nudos del corazón.

Dentro de cada adulto hay un niño interior que desea ser escuchado y atendido. Las técnicas de Inteligencia emocional enseñan a conectar con esa voz escondida que nos habla desde el corazón.

Para conseguir contactar con el niño interior que habita dentro de cada persona sólo se requiere la intención sincera de realmente querer hacerlo, poniendo toda la atención en hacer perceptible ese latido interno. Es evidente que por muchas terapias y técnicas de crecimiento personal innovadoras que probemos, ninguna funcionará si no partimos de la base de querer simplemente escucharnos con la honestidad más rotunda.

Nuestro niño interior nos llama reclamando necesidades muy básicas y sencillas como “dejarle descansar”, “darle cariño”, “divertirse”, “no abrumarle con más responsabilidades”, “hacer ejercicio”, “ir a la naturaleza”, “comer algo rico sin pensar en las calorías”… y en definitiva sentirse bien. Sin embargo, nosotros, muchas veces, en lugar de escucharnos y actuar en consecuencia de lo que sentimos, proyectamos en los demás nuestras propias carencias, haciéndoles responsables de nuestra incapacidad para hacernos felices a nosotros mismos.

Nuestro entorno inmediato nos hace de espejo, y al sentir un malestar dentro de nosotros, es común reaccionar intentando cambiar a las personas que lo forman, pero en pocas ocasiones reconocemos que sería más reconfortante simplemente liberar el dolor que nos está afectando, en lugar de pensar que es provocado por nuestra pareja, nuestra familia o nuestro ámbito social.

La propuesta sugerida es “dejar de pagar nuestras frustraciones con otros” para empezar a escuchar qué las provocan y cómo podríamos cambiar nuestra perspectiva al respecto con asertividad, actuando desde un estado interior de autoconfianza, en lugar de la emocionalidad limitante típica de la ansiedad, la culpa o la rabia. Dice un refrán español que “nunca es tarde si la dicha es buena”, por tanto, apelar a excusas como la edad para mantenerse en actitudes negativas y poco reconfortantes, sería una manera más de anclarse en la comodidad de una actitud victimista ante la vida.

Se trataría de potenciar la auto-escucha de cara a borrar nuestra programación cerebral, e incorporar nuevas pautas que potenciaran la autorrealización de nuestra verdadera personalidad escondida. Para conseguir este objetivo, habría que cambiar nuestro enfoque del pasado, “reinterpretándolo” para vivir el presente de una manera nueva, sustituyendo el rencor, la rabia y la frustración, por el amor, el perdón y la aceptación.

Este proceso puede desembocar en cambios vitales drásticos, ya que al tomar conciencia de la inutilidad de algunos hábitos, se desvanecen antiguos esquemas mentales, costumbres e incluso relaciones. Sin duda, renunciar a falsas seguridades y a la tendencia a acusar a los demás de nuestras frustraciones es la clave para curar el corazón. Para una meta de tal envergadura contaremos con la reconfortante compañía de nuestro niño interior que nos guiará gustoso a través del laberinto para desenredar los muchos nudos del corazón.

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