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Exiliado de mi país en mi país

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 21 de abril de 2010, 08:30 h (CET)
Ya hace algún tiempo que me siento exiliado de mi país en este cuarto que habito en mi país, porque no me entiendo con quienes supuestamente son o fueron mis iguales, o al menos con muchos de ellos. O ellos, o yo, o ambos, hemos tenido evoluciones que nos han distanciado tanto que nos han convertido en extraños, no sé si exiliándonos de nuestro país en nuestro país. O quizás los que han cambiado sean los conceptos de las cosas que nos rodean. Las cosas no cambian, pero los conceptos por los que comprendemos los sucesos y actuamos, sí, y han cambiado mucho y muy rápidamente, convirtiéndonos a todos en extraños, extranjeros o exiliados.

No comprendo por qué los poderes quieren ahora hacernos iguales a hombres y mujeres, si no lo somos. Vale que lo seamos en derechos –casi todos hemos pretendido siempre esa igualdad-, pero no lo somos en absoluto en cuanto a nuestras condiciones biológicas o psíquicas. Un hombre tiene todas las cualidades necesarias para ser un hombre y una mujer para ser una mujer, pero ninguno de los dos géneros reúne mínimamente las condiciones para ser del otro género. En todas las especies que pueblan el planeta sucede lo mismo: todas están aptísimamente cualificadas para ser exactamente lo que son, pero no reúnen el mínimo imprescindible de condiciones para ser otra cosa. Y eso no es malo, sino que sólo es lo que es. No comprendo la igualdad absoluta en ninguna de sus formas. Ningún ser vivo es igual a otro, por más que compartan muchas características.

No comprendo, tampoco, a muchos de los de los que hasta hace poco compartieron andadura conmigo. No sé si me estoy quedando ciego o es que la ceguera está afectando a mis antiguos compañeros, pero tengo la impresión, a veces, de que algunos se están convirtiendo en ciegos voluntarios. No comprendo que se quiera revisar la Historia, cuando ya la Historia lo es sin nuestro permiso: no se puede luchar contra el pasado. Nadie que se precie de humano puede ver mal que se desentierre a los muertos cuyos restos mortales yacen en los caminos, y tanto más cuando esas personas fueron vilmente asesinadas; pero otra cosa es revisar la Historia para impartir una absurda Justicia que no va a ninguna parte y que sólo aventará los fantasmas que nos dividen, acaso reclamándonos venganza o nuevas sangres. Creo que el juicio a la Historia sólo sirve para aprender de ella y encarar con mayor claridad al futuro. Si nos pusiéramos a enjuiciar y condenar al pasado, ¿qué pasado sobreviviría?..., ¿en qué punto nos detendríamos?... ¿Nos bastaría con detenernos en la lejana y casi olvidada Guerra Incivil del 36, o tendríamos que remontarnos a Fernando VII el Deseado, a las guerras intestinas de los reinos medievales de la actual España o, tal vez, tendríamos que llegar a los enfrentamientos con los árabes o a los de Viriato con los romanos?... No sé a quién le pediríamos compensación por los daños que nos fueron empujando hasta convertirnos en los que somos, pero se me antoja una cuestión tan difícil como condenar una etapa bárbara de nuestra Historia reciente a la que prácticamente ya nadie ha sobrevivido. Si enjuiciáramos esa etapa concreta que algunos hoy vuelven a actualizar por dolores que se han encastrado en esa parte de la memoria que linda con la idealización en que el formol del tiempo guarda los hechos remotos que nos conmocionaron (frecuentemente desvirtuados), ¿quién tendría las manos lo suficientemente limpias o la conciencia lo suficientemente ecuánime para acusar como juez a estos o aquéllos de verdugos?... ¿Acaso se juzgaría a una parte y dejaría impune a la otra?... En aquella guerra, lo mismo que en aquella República o en la Dictadura que la sobrevino, no hubo demasiados inocentes. Tampoco hoy los hay. Todavía resuenan con conmoción aquellas antiguas palabras de ese hombre hoy tan venerado por algunos: “En la guerra, venganza, y en la paz, perdón.” Si ordeñáramos esa teta negra del rencor, su leche amarga intoxicará a nuestros hijos, forzándoles a padecer la misma enfermedad. Hicimos un pacto para perdonar sin olvido, porque el perdón es siempre bueno, y no está bien revisar los pactos cada cierto tiempo. Se hizo un punto cero, y no comprendo por qué no hay que respetarlo; pero siempre habrá algunos dispuestos a las revisiones: hoy, los tirios; mañana, los troyanos. Así, jamás saldremos del círculo del odio.

No comprendo a mi país, hasta tal extremo que mi país no se parece ya a mi país y me siento exiliado en mi país. Hay demasiados países en mi país, y, mientras desde ciertos ministerios nos quieren restar carne o poner faldas a los unos y pantalones a las otras, los de una parte de mi país tienen privilegios que no tienen los de otra parte de mi país: una parte languidece y la otra ríe mientras las dos mueren. No me reconozco en mi país, ni me quiero reconocer en esas leyes, para mí abyectas y reprobables, dignas de ser llevadas a los Tribunales que enjuician los delitos de lesa humanidad, que mi país ha implantado. Mi país me ha exiliado de mi país.

No comprendo ni quiero comprender por qué mi país se ha ido haciendo pequeño y mezquino, manipulado y adoctrinado por hombres y mujeres que no tienen altura moral, ni siquiera intelectual. No comprendo que no me sienta extranjero en ningún país distinto del mío, a no ser porque mi país se ha reducido de tal modo que hoy es, como dijo Benedetti, nada más que “este cuarto lleno de mi país”.

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