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Etiquetas:   Desde un córner   -   Sección:  

Messi vs Cristiano

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
viernes, 16 de abril de 2010, 06:02 h (CET)
El jueves por la noche el Real Madrid jugó un bonito y entretenido partido, sobre todo en la primera parte, mientras que el equipo de Lillo tuvo una buena capacidad de respuesta al vendaval blanco. Pero no quiero centrarme en el partido, del que ya se ha hecho eco el enviado de Siglo XXI tan acertadamente como yo mismo lo hubiera hecho.

Me quiero centrar en la impresión que ha dejado Cristiano Ronaldo en Almería, especialmente comparándolo a la que dejó Messi en el mismo lugar hace cosa de un mes. Verán, Almería siempre ha sido una provincia muy madridista. La llegada de los blancos a la capital el miércoles fue todo un acontecimiento para la ciudad. Se esperaba con enorme expectación a los de Pellegrini y por supuesto a su buque insignia, Cristiano, al que se le adora por esas tierras casi tanto como en la propia capital de España.

El portugués se salió, especialmente con un gol de bandera en la primera parte. Tras el gol, jaleado por mucha gente en la grada y ante la algarabía de la mitad del estadio, el portugués se dedicó a hacer desplantes al respetable, con gestitos echándose la mano a la oreja y cosas así.
Semejante inmadurez tuvo dos diferentes consecuencias. Para los muchos madridistas de la grada, los gestos gratuitos hacia el público fueron incomprensibles y seguramente algo decepcionantes, sobre todo si tenemos en cuenta que su gol fue celebrado por miles de espectadores en el estadio Mediterráneo. Para los almeriensistas, la provocación fue inaceptable. De hecho, fue justo desde ese momento cuando empezaron a oírse en el campo de forma generalizada los consabidos gritos de “Es portugués, hijo....es” y demás frases dedicadas al díscolo jugador de Madeira.

Como decía, no hace muchas fechas el Barça jugó en ese mismo estadio con un Messi imperativo y genial, que metió dos dianas. Pero los locales estuvieron muy bien. El empate en Almería le dio entonces el liderato al Madrid. Buena parte del campo chilló contra el equipo visitante y, especialmente, contra su máxima estrella: Messi. El jugador fue “a su bola”, jugó como supo o como pudo, marcó sus goles y se fue de la ciudad sin mirar ni una sola vez a la grada. Se fue sonriente y con el aura de estrella en paz consigo mismo. En paz con él y con su juego. Un jugador que no juega para demostrar nada a nadie, sino para gustarse a si mismo. Se fue aplaudido cuando pasaba por el túnel de vestuarios.

El jueves el ciclón Cristiano pasó por el mismo estadio con una actitud, una postura vital, en las antípodas de la del argentino. Tremendamente serio en el calentamiento, excesivamente responsabilizado desde que comenzó el pitido inicial. El portugués busca el balón para hacer magia constantemente. Da la impresión de pensar que se basta a sí mismo. Es buenísimo y lo sabe. Pero no se asocia con nadie a menos que ese alguien esté en una posición en el campo claramente mejor que él. Cristiano tiene que calcular e inventar la jugada el mismo, todo el peso del Madrid recae en sus hombros. Demasiado para un solo hombre, por mucho “Cristiano I el fibroso” que sea.

La pulga, sin embargo, se dedica a tocar tranquilamente el cuero, no espera hacer un control espectacular todo el rato, ni un regate de más fuera de su zona de caza. Sólo cuando Xavi lo habilita en las inmediaciones del área su genio depredador sale a relucir. Por ello puede jugar relajado la mayor parte del tiempo. Por ello no la lía cada dos por tres con todo y con todos. Cristiano en Almería tuvo la habilidad de volver en contra de él a un público que estaba deslumbrado en muchos casos entregado a priori. Tuvo la capacidad de exasperar a los rivales, enervar a la grada con sus repetidos gestos airados con cada decisión arbitral, y por fin de irse de Almería entre abucheos.

Para mi, Cristiano es más y mejor jugador que Messi. Estoy seguro que el culé, si jugara en el Madrid, se le vería mucho menos que a Cristiano. Pero el argentino tiene una ventaja clara sobre el campo: es un súper especialista, no espera hacerlo todo todo el rato. Sabe que es lo que se espera de él y se dedica a hacer sólo eso. Y otra fuera de él: tiene la cabeza mejor amueblada y, por ello, es más feliz. Y se le nota.

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