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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las utopías no dan trabajo

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 16 de abril de 2010, 05:51 h (CET)
Es posible que haya algunos que todavía piensen que las revoluciones proletarias han conseguido importantes avances para las clases menos afortunadas y que, sin el efecto de doctrinas extremas, de incitaciones a la rebelión de las masas o sin la eliminación de las castas superiores –entendiendo por tales aquellas que con su iniciativa, dinero y esfuerzo personal han logrado la formación del tejido industrial que hoy existe en todas las naciones llamadas civilizadas o aquellas que han dedicado recursos para la investigación científica o el desarrollo de redes de comunicaciones, que hoy permiten que todos los países del mundo estén perfectamente comunicados a través de Internet o de los modernos medios audio-visuales –, continuarían sojuzgadas al capitalismo “inquisitorial” y “depredador” de los derechos de los asalariados, a los que han condenado a la miseria y el hambre. Es posible, y es difícil negarlo, que bajo la sombra de un sistema capitalista hayan medrado determinados grupos de sanguijuelas especuladoras; hayan conseguido desarrollarse redes de explotación de personas y de aprovechamiento, en pro de unos pocos, de los inmensos recursos de determinadas naciones y, también es probable, que bajo la excusa de la defensa de ciertas prerrogativas o privilegios, mafias, cárteles, monopolios u oligarquías, hayan utilizado su poder, su influencia y su dinero para provocar conflictos en zonas donde la pobreza ha convertido en fáciles presas a sus habitantes. Sin embargo, hechas estas aclaraciones, no queda más remedio que reconocer que, en la mayoría de ocasiones, estos movimientos revolucionarios, manejados por unos pocos y activados por profesionales de la desestabilización, falsos profetas de utopías igualitarias y verdaderos mercenarios al servicio de intereses espurios de grupos de seudo intelectuales, generalmente despechados con la sociedad por estimar que no se han valorado suficientemente sus cualidades o vudús de filosofías ácratas, partidarias de la eliminación de todos los autocontroles que la sociedad se ha procurado para proporcionar, a los ciudadanos, un sistema de mutuo respeto que permita el progreso y el orden dentro de la comunidad; no son más que placebos, globos de gas que, cuando explotan, quedan reducidos a la nada.

A lo largo de la Historia es difícil de encontrar movimientos de protesta populares, sistemas de reivindicaciones igualitarias o teorías económicas basadas en la participación directa de los trabajadores en la dirección de las empresas que, en líneas generales, no hayan significado un momentáneo retroceso, una interrupción del progreso de la nación y un boomerang que, en definitiva, ha recaído sobre los propios protagonistas, generalmente provocados e inducidos por terceros, de la revolución. Y es que, en ninguno de los casos en los que se han producido estallidos obreros, ocupación violenta de los medios de producción y eliminación de los supuestos explotadores del proletariado, (concretados en los directivos de las empresas, sus mandos principales y los servicios técnicos que se ocupaban de su funcionamiento); sus efectos han beneficiado a los obreros, antes al contrario, los resultados han sido catastróficos y el precio que, el país que los ha sufrido, ha tenido que pagar en vidas, en pérdidas económicas, en falta de financiación y en productividad, ha resultado ser tan exagerado y negativo que, en definitiva, los que tuvieron que pagar su participación en el desaguisado, fueron los mismos que lo provocaron.

Tenemos ejemplos en los que las masas, impulsadas por sus cabecillas, acabaron con determinadas instituciones, que puede que fueran corruptas, pero que eran las que manejaban las riendas económicas de la nación. Un ejemplo, la Revolución Francesa de 1789; el Directorio que se hizo cargo del gobierno fue incapaz de solucionar el problema de la miseria que, al contrario de lo que se había pretendido cuando se derrocó a la monarquía, fue haciéndose más insoportable, hasta que explotaron revoluciones, dentro de la misma Revolución, a cargo de los sans-culottes. Todo acabó en un baño de sangre promovido por los llamados “jacobinos” que sólo finalizó cuando Napoleón se hizo con el poder. Un periodo donde las muertes y la miseria convirtieron a Francia en la principal preocupación del resto de Europa y causó la ruina económica de los franceses. El ejemplo cercano, el de nuestra Guerra Civil. En Barcelona se hicieron cargo de las fábricas de material de guerra y de los suministros de víveres a la población, los sindicatos revolucionarios de la CNT y la FAI, la consecuencia no pudo ser más desastrosa y la producción de las factorías descendió a niveles tales que el mismo gobierno revolucionario tuvo que tomar medidas en el asunto.

No hace falta que nos remontemos a las hambrunas provocadas por el camarada Stalin en Rusia, que causaron la muerte de casi 20 millones de personas en toda la república soviética. Pero sí nos referiremos al sistema productivo en la Unión Soviética, basado en el dirigismo estatal y el estado policía. Los bajos salarios pagados a los trabajadores, al no premiarse el esfuerzo personal del trabajador, dio lugar a una abulia colectiva, “el mal del funcionario” que tuvo una repercusión letal en los índices de producción del país, todo ello, a pesar de las purgas que se hicieron de aquellas personas a las que se acusaba de “sabotear la producción” y de los continuos cambios de los directivos que pasaban directamente a sus nuevos puestos en los gulags de Siberia. Lo que ocurre es que, a pesar de la aparente ceguera de algunos de nuestros ciudadanos, los efectos de una política centrada en el dirigismo estatal los podemos detectar en nuestra propia nación. Detrás de todo este revuelto, promocionado por el Ejecutivo de ZP, –encaminado a distraer la atención de los ciudadanos de nuestra situación económica real, del hecho preocupante de tener a más de 5’5 millones de parados y un déficit de 100.000 millones de euros – en el que se han mezclado casos de corrupción con parches para ayudar a la banca; ridículos supinos en nuestra gestión en Europa; despilfarro en los gastos públicos; errores en el enfoque de la crisis y absolutismo de ZP, que no ha querido reconocer su evidente fracaso. En el actual momento y a causa de los retrasos continuados en tomar decisiones resulta que: ni se ha logrado acuerdo entre los trabajadores y la CEOE ni se ha conseguido solucionar el problema de la solvencia de las Cajas ni se ha conseguido dar trabajo a los parados que siguen creciendo ni las pequeñas y medianas empresas logran salir del hoyo ni se ha solucionado el tema del Estatut (embarrancado en el TC) ni se ha puesto remedio al dislate judicial ni el Gobierno a logrado encontrar el medio de salir de la crisis ni la oposición ha tenido la valentía de enfrentarse con toda su artillería a su rival, el PSOE.

La clave está en la moderación. Una reforma laboral basada en la moderación y el pragmatismo, una política del Gobierno centrada en la moderación del gasto público, especialmente utilizando la supresión de funcionarios y altos cargos, perfectamente prescindibles; moderación en la toma de decisiones importantes, siempre de acuerdo con la oposición; moderación en aquellos temas que se salen de las competencias del Gobierno y respeto a la independencia de los tribunales; moderación en las formas y moderación en las declaraciones de los ministros en los medios públicos; moderación en nuestras relaciones internacionales y moderación en nuestros apoyos a países que no practican la democracia; moderación en las críticas de tipo partidista a la Iglesia y moderación en las concesiones a otras religiones que practican doctrinas no permitidas por nuestras leyes. Un imposible, ya lo sé, pero por pedir moderación, que no quede.

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