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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El diálogo que vence rivalidades

María Cicuéndez
Redacción
jueves, 15 de abril de 2010, 22:49 h (CET)
La intención de superar enfrentamientos, la humildad y el perdón son las claves para sanar relaciones deterioradas

Dicen los nativos americanos que para entender a la persona con la que estemos enfrentadas tendríamos que llevar sus mocasines unas cuantas lunas, lo que nos permitiría comprender su vida. Quizás para alcanzar este estado de comprensión, tendríamos que comenzar a asumir y entender qué significa calzar nuestros propios mocasines. Esto implicaría una relación más íntima y estrecha con nosotros mismos. Sólo entendiéndonos, podremos comprender a los demás.

A través de la escucha sincera del corazón, sin disfraces ni matices oscuros del ego, podemos llegar a conclusiones sabias sobre todos aquellos asuntos que nos afectan. Hay una manera sana de enfrentarse a las situaciones que nos duelen sin culpabilizar a los demás, ni culpabilizarnos a nosotros mismos, pero para alcanzar esa nueva manera de ver y de entender la vida hay que pasar por el camino del corazón, siendo la humildad la llave que abre todas las puertas de ese sendero infranqueable para muchos.

Cuando dos personas discuten es común buscar argumentos para ganar al otro, para avasallarle y hundirle hasta ganar la batalla. Otra arma de la lucha es el victimismo, el jugar el rol del sometido para vencer terreno de una manera sibilina. ¿Cómo sería la forma de “discutir constructivamente”? Habría que intentar mirar a los motivos del enfrentamiento con objetividad, sin perderse buscando otras razones pasadas que nos rivalizan con esa persona para intentar atacarla por varios frentes a la vez y darle así en alguno de sus puntos débiles. Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, pero ¿Se podría dialogar en lugar de discutir?

De nuevo para aprender a dialogar con otros, tendríamos que saber hacerlo con nosotros mismos, de una manera sencilla, transparente, permitiéndonos escuchar todo aquello que no nos gusta, ni de nosotros ni de los demás, pero no desde el juicio, sino desde un espacio donde solo haya lugar para “soltar sentimientos” de cara a sanarlos, no a racionalizarlos, un espacio solo para el desahogo y para la liberación emocional, donde podamos llorar o reir libremente, sin condenas.

En diferentes culturas del mundo, como es el caso de la nativo-americana, existen ceremonias dedicadas al perdón, donde las personas se reúnen para solucionar los asuntos que les enfrentan con otros, sosteniendo cada uno “el bastón de la palabra” para hablar, por turnos, ante el mayor silencio y respeto por parte de los demás. Todos los asistentes tienen la intención de solucionar los problemas que les enfrentan y de no volver a hablar sobre ellos en un futuro. Al terminar la ceremonia se entierran las hachas de guerra y cada cual sigue su camino empezando desde cero.

Probablemente, la clave del entendimiento sea la intención de lograrlo. El deseo sincero de llegar a conclusiones beneficiosas para todos. Hacerlo desde el respeto, la humildad y la objetividad serían las mejores armas para conseguirlo.

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