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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La izquierda implanta la Justicia del proletariado

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 15 de abril de 2010, 08:52 h (CET)
Preocupante, señores, extremadamente preocupante el giro que se está intentando dar por las izquierdas o, tanto monta, monta tanto, los ecologistas, obcecados en que quien no comparte sus alarmas, sus lucha contra la globalización o sus presagios catastrofistas, se han convertido en el enemigo a batir. Si algunos, como se suele decir, ya teníamos la mosca detrás de la oreja, con todos estos movimientos, perfectamente sincronizados, que se van produciendo puntualmente cuando se celebran reuniones del G20, el G8 o de los organismos teóricamente responsables de que el mundo moderno no acabe como un nuevo big bang; los últimos pasos dados por estos soliviantadores de masas, estos activistas bien aleccionados, mejor pagados y que disponen de medios sobrados para comprar extras gritones, desafiantes y agresivos, para ir sembrando el caos por donde fuere que hicieran acto de presencia, jaleando a voz en grito consignas contra el orden establecido, predicando utopías carentes del menor rigor científico, económico y social; con la manifiesta intención de crear confusión entre la juventud, su principal objetivo, aprovechándose de su inmadurez, su rebeldía contra los mayores y su falta de experiencia respeto a las consecuencias letales de pretender establecer una sociedad sólo basada en la contemplación de la naturaleza, la supresión de todas las energías, que tan necesarias son para mantener una colectividad moderna que depende, para su desarrollo, de una serie de requisitos básicos sin los cuales sería imposible mantener el nivel de vida del que actualmente gozamos, incluyendo la asistencia sanitaria, la enseñanza, el control de las enfermedades epidémicas, la investigación, el desarrollo de las energías alternativas, la modernización del sector agrícola para que pueda mejorar su producción, el arte, los deportes etc.

Resulta un insulto a la inteligencia que, a estas alturas del desarrollo científico, cuando desde todos los ámbitos de la ciencia moderna se habla de la seguridad de las actuales centrales nucleares, de la escasa incidencia de las mismas en la contaminación atmosférica, de la eficacia de sus controles, del abaratamiento del coste de la energía que producen y de su gran rentabilidad en el tiempo; continúen levantándose banderas de protesta, con la única finalidad de desprestigiar el sistema moderno de entender la economía; intentar volver al dirigismo estatal, como ocurría en los países del este de Europa y el establecer el “añorado” sistema del control de las masas, bajo la excusa de favorecer la tan cacareada “libertad” que, al fin y a la postre, no es más que quedar sometidos a la autoridad suprema del Estado, el sistema llamado del “Gran Hermano” en el que todos los ciudadanos se convierten en meras marionetas controladas por “el tirano” y sometidos a un pensamiento único, el que emana de la doctrina del partido que ostenta el poder.

Naturalmente que, como ocurre con todo, el llegar a este extremo, a esta especie de “nirvana” en el que los ciudadanos se convierten todos en funcionarios, es preciso primero librarse de diversos obstáculos fruto, según las teorías marxistas (aquí tiene que decir mucho los maltusianismo y, no poco, el pensamiento del partido nazi) de la Europa “decadente”, el capitalismo “desacreditado”, la droga de la “religión” y un sistema de vida basado en el enriquecimiento “injusto” y la “opresión de los trabajadores”. Por supuesto que, una cosa es la teoría, la demagogia, el sectarismo y la utopía y otra, como diría el refrán es el “dar trigo”. Porque el regresar a la edad de las cavernas, el soportar el frío invernal sin calefacción y aguantar la nieve cubierto de pieles de cabrá o soportar el calor del estío sin aire acondicionado, nevera o tejidos livianos, puede resultar muy bonito para unos cuantos jóvenes friqui o los que, hace unos años, formaron el movimiento hippy – por cierto que sería muy instructivo para algunos de estos “progres” que nos rodean, seguir la pista a aquellos personajes y comprobar que, la mayoría, se han convertido en señores respetables, han formado una familia tradicional y no desprecian, como hacían antes, al señor dólar –, puede ser que haya algunos naturalistas extremos que estén dispuestos a hacerlo, pero vayan ustedes con estas teorías a los ciudadanos de hoy en día, acostumbrados a las comodidades, a comer bien, a salir de excursión y a disfrutar de la vida lo mejor que pueden y propóngales quedarse sin electricidad, sin coche, sin frigorífico, sin fútbol y sin sus salidas con los amigos y verán lo que les van a contestar.

No obstante, vean la campaña de intoxicación que desde distintos ámbitos de la sociedad se está llevando a cabo, poniendo en entredicho la acción de la Justicia en el caso del Juez Garzón, un juez politizado hasta la médula de los huesos, al que se le acusa de prevaricar tres veces, que ha sido político y que constituye uno de los soporte del socialismo; al trasladar a lo que el considera sus funciones jurídicas, asuntos para los que no está facultado, saltándose a la torera los impedimentos legales y actuando con evidente temeridad para satisfacer el revanchismo de aquellos que cometieron desafueros en la retaguardia de la República, pero que, ahora, quieren que se castiguen los que, hipotéticamente cometieron sus adversarios al fin de la contienda. Ni hizo caso de la Ley de Amnistía, ni atendió a quienes desde la misma judicatura y la fiscalía le advertían de la ilegalidad de su conducta ni, en su soberbia, se quiso detener ante nada hasta el punto de pedir el certificado de defunción de Francisco Franco. Pero la excusa es magnífica, la ocasión que ni pintada. El Gobierno está en graves apuros, las encuestas lo alejan de la victoria, hay que echarle una mano y todo el rogerío, que lo hay y mucho en España, se ha puesto de acuerdo para desprestigiar al juez del TS que lleva el caso con la intención de convertir un procedimiento penal en una especie de payasada stalinista contra el orden establecido. La evidencia la tenemos ante nuestras propias narices: se trata de que se les conceda inmunidad absoluta a todos aquellos políticos, fiscales, jueces o cargos públicos que militen a la izquierda del arco parlamentario. Tienen patente de corso, pueden como dijo Fernández Bermejo “aplicar las leyes según convenga a la jugada”; aquí no valen las leyes procesales, ni los códigos penales ni el sursum corda, porque todo, absolutamente todo, es transformado, por las masas izquierdistas, en un ataque a sus ideas políticas, un ataque a sus inviolables derechos revolucionarios, un ataque contra obreros y trabajadores.

Sí señores, como ha pedido la abogada inglesa, Polly Higgins, a la ONU: hace falta una nueva ley contra el “ecocidio”, algo así como “crímenes contra el medio ambiente”, por la que se solicita que sean considerados como “crímenes contra la humanidad”. No obstante, no se conforma con ello y exige que sean imputados todos aquellos que “se atrevan” a poner en cuestión las teorías contra el cambio climático. Así, por supuesto, le deberíamos preguntar a la señora Leire Pajín, que tanto se preocupa por el Estado de Derecho en España, sobre si, el comportamiento de sus amigos del PSOE, el de los sindicatos CC.OO y UGT, el de estos estudiantes de la facultad de medicina que se pronunciaron en contra del procesamiento del Juez Garzón; están previstos en las leyes. ¿Acaso, el atribuir el encausamiento del juez a presiones políticas y no a hechos que pudieran ser considerados delitos en el ejercicio de su cargo, lo considera como respetar el Estado de Derecho, señora mía? Claro que, en su caso, buscar cualquier lógica en sus discursos demagógicos, sectaristas y partidistas, es lo mismo que pedirle a Lucifer que le de la mano a San Pedro. Ustedes piden una justicia “a la carta”, donde las sentencias se dicten antes de que se inicie el juicio y, por supuesto, a favor de sus protegidos.

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