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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El cochecito eléctrico de Zapatero

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 14 de abril de 2010, 06:05 h (CET)
Existe un sub-género teatral que se denomina melólogo, consistente en un monólogo, desarrollado en distintos pasajes, protagonizado por una sola persona y amenizado con música entre pasaje y pasaje; vamos, que se podría decir que un “yo me lo guiso, yo me lo como”, amenizado por las notas de una melodía. El señor Rodríguez Zapatero, en su forma autocrática de gobernar España, me recuerda el melólogo, porque es evidente que el equipo de gobierno que le acompaña no es más que un mero decorado que le permite, al actor principal del drama, mostrarse a través de distintos paisajes, pero sin perder nunca el domino de la escena y el hilo de la trama principal. De su estancia, hace más o menos dos años, o ¿serán tres?; el tiempo corre tan rápido que, en ocasiones, pierdo la noción exacta del transcurso de los días; sea como fuere, de su estancia en Washington, en aquella famosa reunión, donde nos puso en ridículo a todos los españoles, nuestro señor Zapatero se trajo dos ideas básicas, de las cuales no se ha desprendido desde entonces y que vienen constituyendo el eje inamovible de lo que él ha dado por denominar: el plan para sacar a Europa de la recesión y que queda resumido en “energías alternativas verdes y economía sostenible”. Como fuere que fuera de nuestras frontera sus propuestas más bien han sido puestas en cuestión, si es que no queremos admitir que ni se han tomado en consideración; nuestro Presidente se ha visto obligado a intentar imponerlas en nuestro país, donde, por cierto, ya hay más de uno que le está recordando que, sin energía nuclear, por muchos molinitos que pongamos y por mucho carbón que extraigamos, no habrá modo de dejar de depender del extranjero para atender a la demanda interna de energía, al menos, en un montón de años.

Pero hay algo en lo que nuestro Presidente ha puesto un especial interés, vamos, algo que le pone y le inspira una particular simpatía, tanta, que no ha dudado en poner 600 millones de euros al servicio de la idea. Se trata, como no, del famoso cochecito eléctrico, este coche que funciona con baterías y que, en lugar de cargar combustible líquido, se carga enchufándolo a la red eléctrica. No es nada nuevo ni, por supuesto disparatado, sólo que, si queremos reflexionar sobre la idea, nos parece que, al menos de momento, no va a ser algo que nos vaya a ayudar a salir de la crisis, que sirva para absorber muchos puestos de trabajo y, mucho menos, que tenga un gran predicamento entre los fabricantes de automóviles, si es que queremos tener en cuenta que las enormes estructuras y cadenas de montaje de la mayoría de las grandes empresas del gremio están organizadas, montadas y automatizadas para la fabricación en serie de los motores de explosión que gastan el clásico combustible líquido, conocido por gasolina o, en su caso, el combustible para motores Diesel. Es importante recordar que, todos estos cárteles se han ido ocupando, durante años, de comprar todos aquellos inventos que hubieran podido poner en un brete sus producciones de automóviles, camiones u otros artefactos mecánicos y, ello ha sido debido, precisamente, a que tienen necesidad, antes de meterse en otras aventuras, de amortizar sus inversiones y sacarse de encima los millones de unidades fabricadas que funcionan por el sistema tradicional.

Me gustaría comentar que, en Barcelona, quizá la ciudad más interesada en esta innovación, se habla de los primeros pasos que está dando el Ayuntamiento para adaptar a la ciudad a esta futura “realidad” y se anuncia, como una gran proeza, de que este mismo año, a la vuelta de las vacaciones de verano, habrá 10 estaciones piloto y 20 puntos de recarga en la vía pública. Hagan ustedes un cálculo de lo que costaría poner en servicio suficientes puntos de carga en la ciudad y carreteras de la comunidad, para atender, por ejemplo, a los 600.000 vehículos que la Dirección de Tráfico calculó que salieron por estas vacaciones de Semana Santa de Barcelona. Otra consideración, la podemos enfocar en lo caros que resultan estos vehículos y en la situación actual de las ventas de automóviles en España que, si han repuntado un poco, ha sido ante el anuncio del aumento del IVA y gracias a las ayudas, a fondo perdido, otorgadas por el Gobierno. ¿Se continuarán manteniendo? O ¿se podrán seguir manteniendo, si los gastos del Estado siguen en aumento y el déficit público tiene que bajar, para quedar reducido al 3% que se exige por Bruselas para el 2013? También habrá que ver si a los compradores españoles les gusta un coche de tan poca autonomía y reducidas prestaciones en cuanto a potencia y limitación de velocidad. En fin, toda una incógnita y, en todo caso, algo que va a suponer un gran esfuerzo de inversión, innovación, aprendizaje, especialización y marqueting que, en el mejor de los casos, empezará a notarse de aquí a cuatro o cinco años.

Por otra parte, no deja de resultar curioso que, el mismo Estado, esté dispuesto a prescindir del gran chorro de dinero que le reporta el impuesto actual sobre los carburantes líquidos que, en nuestro país es capaz de encarecer el precio de la gasolina y el fuel-oil en más de un 40%; algo que, hasta ahora, ha sido inamovible y que, aún en las peores circunstancias de nuestra economía, el Estado se ha negado a revisar a la baja. No sé, en mi calidad de ciudadano de a pie, si las recargas de los coches eléctricos se van a regir por el impuesto actual del IVA sobre la tarifa eléctrica que, sin duda alguna, es inferior al 40% sobre la base, aunque, viendo el camino que están marcando las tarifas eléctricas, es posible que en un corto espacio de tiempo lo lleguen a alcanzar. En todo caso, no parece que la disminución de consumo de los combustibles líquidos y su correspondiente repercusión en los impuestos devengados por el Tesoro, pueda ser compensado por el gasto de la nueva gama de vehículos que circularán a base de electricidad, si es que no ocurre, como tantas veces ha sucedido, que se nos dice una cosa y, al final, resulta otra. Otra faceta: la laboral.

¿Qué va a suceder con los miles de estaciones de servicio que están ubicadas en todo el territorio nacional? Si basta con un enchufe y un contador para recargar las baterías, es evidente que van a sobrar un gran número de empleados que hoy se ocupan de cargar los depósitos de las gasolineras; los de los transportes; los cajeros; las refinerías; las compañías de transporte marítimo de combustibles etc. ¿Alguien se ha tomado la molestia de calcular el perjuicio que va a representar, para tantos cientos de miles de trabajadores, sus familias, las empresas que viven de ello, los transportes etc.? Es obvio que estos ecologistas que están en contra de la economía globalizada, estos que se suben a los depósitos de las refinerías para protestar contra la contaminación o que protestan contra la energía nuclear, no se van a preocupar de aquellos que se quedan en la calle por su culpa ya que, estos colectivos, que parecen tan interesados por la salud de la Tierra, en realidad, no son más que grupos que van de una parte a otra del mundo, con gastos pagados, y pancartas que se les proporcionan por aquellos grupos de presión que, desde la oscuridad, desde sus seguros puestos de mando, están interesados en provocar la desestabilización dentro de los países, para así facilitar la expansión de sus turbios negocios de venta de armas, de distribución mundial de estupefacientes o de tráfico de fetos humanos para fabricar cosméticos.

Si señores, el señor Rodríguez Zapatero ya tiene su juguete, su excaléctric particular; ahora sólo falta saber lo que nos va a costar, a los ciudadanos españoles, el dichoso cacharrito.

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