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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Reclamar en pelota picada

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 13 de abril de 2010, 06:54 h (CET)
Los ingleses, estos gentlemen que se suelen considerar, gracias a sus extensas colonias – hoy reducidas a unas pocas que han quedado englobadas en la Commonwealth – como seres superiores al resto de la humanidad y que se tienen, como las personas más educadas del mundo (será a nivel de las clases altas, porque si rebuscamos entre la gente corriente y, en especial cuando se trata del trato a turistas, esta educación de la que se sienten tan orgullosos, es evidente que brilla por su ausencia); no han estado libres de tener, entre sus personas de la nobleza, alguna dama algo casquivana, si es que nos queremos remontar al siglo XI, durante el gobierno normando de Guillermo el Bastardo, en cuya época la leyenda habla de una tal lady Godiva, dama piadosa y gran benefactora de la iglesia, que estaba desposada con el conde de Mercia. Se dice de ella que, para complacer a su marido y conseguir que se les rebajaran los impuestos a los ciudadanos del condado de Conventry, accedió a cabalgar desnuda por la ciudad, ocultando su delicado cuerpo solamente con su larga cabellera. Se ordenó a todos los habitantes que, durante la cabalgada de la dama, tuvieran todas las puertas y ventanas cerradas, aunque, al parecer, hubo uno que burló la prohibición y gozó del placer de la visión de aquella hermosa dama lo que le costó, no obstante, el quedarse ciego para siempre.

Seguramente que ustedes habrán pensado que estoy divagando y que me he perdido en vericuetos que no conducen a nada, sin embargo, esta anécdota, no deja de tener relación con una costumbre que parece que va adquiriendo, cada día, más predicamento entre la ciudadanía, que parece ser que, aburrida de utilizar las pancartas, de exhibir banderas revolucionarias y de hacer uso de megáfonos y gritos levantiscos para hacerse notar, exigir sus derechos y forzar a las clases pudientes a acceder a sus pretensiones económicas; han decidido usar un nuevo sistema de expresar sus protestas que, seguramente, forma parte de esta nueva concepción de las libertades, de la enseñanza que han venido proporcionando las, cada vez más concurridas, playas nudistas y de la nueva concepción de la sexualidad, íntimamente ligada al cambio de roles que, la emancipación de las mujeres, ha propiciado; de modo que hoy no nos escandalizamos si son ellas quienes se declaran al hombre, son activas en las proposiciones sexuales y han perdido todo pudor y recato en cuanto se trata de dejar al descubiertos aquellos encantos que, los hombres de anteriores generaciones, para disfrutarlos, debían de someterse al pesado yugo matrimonial.

Sea como fuere, ya hace unos años que un famoso fotógrafo, un tal Spencer Tunich, se ha especializado en fotografiar multitudes de personas de ambos sexos, formando multitudes que posan ante él completamente desnudos, de forma que nadie parece escandalizarse de que pirindolos y felpudos se entremezclan en una masa informe de carne y grasa en la que, la masa, seguramente sudorosa y con un fuerte olor a humanidad, constituye el mejor antídoto ante cualquier excitación que se pudiera prever. Lo curioso es comprobar con que facilidad un solo individuo con una cámara, es capaz de convencer a miles de personas para que se desnuden, pasen frío o calor, deban someterse a largas horas para satisfacer los caprichos del organizador y, luego, se vayan a sus casas sin haber percibido un céntimo por la experiencia. Y esto me lleva a la conclusión de que, en el fondo, hay muchas personas que tienen un afán de exhibicionismo que, seguramente, no se atreverían a confesar a sus propios familiares o amigos, pero que, no obstante, no dudan en ponerlo en evidencia en cuanto se les presenta la ocasión de exhibirse. Ya se sabe, es aquello de “lo exige el guión”.

No obstante, lo que más nos extraña y que, con toda probabilidad, sería objeto de estudio por sociólogos y psiquiatras, es la falta de sentido crítico que muchas personas tienen hacia su propios defectos corporales. Es obvio que, en estas concentraciones masivas, hay un buen número de personas de uno u otro sexo que tiene las cualidades físicas para poder exhibir con orgullo sus cuerpos; pero, y aquí está lo extraño de estas manifestaciones, la gran mayoría de los concurrentes tendrían motivos para negarse a desnudarse, ocultar sus defectos y desistir de formar parte de aquella aglomeración promiscua. Pues no ocurre así, allí concurren señoras obesas con michelines; bajas de piernas rechonchas; altas de pechos caídos; gordas de pechos descomunales; hombres flácidos de miembro caído; chicas con felpudos lanudos, exuberantes, ralos y afeitados ; piernas con varices y posaderas escurridas o descomunales; pilosos, velludos etc… nada, absolutamente nada, es capaz de desanimar a estos profesionales del desnudo, que parecen sentirse como pez en el agua cuando pueden dejar al descubierto sus cuerpos al estilo de nuestro común padre Adán. ¡Verdaderamente extraordinario!

Pero, últimamente, la costumbre de quedarse en porretas ha dado un paso más. Ha entrado en tromba en el mundo laboral y, según parece, se ha convertido en el más actualizado método de reclamar y presentar reivindicaciones cuando se piensa que se les niega algo a lo que se tiene derecho. Primero fueron los bomberos que se prestaron a posar desnudos para un calendario, con fines benéficos; luego unas artistas de cine y teatro quisieron protestar contra el uso de pieles de animales mostrando a la vista de todos sus encantos ocultos y así, de menos a más, se ha puesto de moda dejarse ver, tal como Dios nos trajo al mundo, como un medio, no sabemos si para intimidar a quienes se encuentran ante el espectáculo o de excitar a los más salidos; pero lo que es cierto es que es improbable que nadie se quede indiferente ante tamañas exhibiciones. Los últimos casos del desnudismo reivindicativo de los que tengo noticia, son los de las azafatas de Air Comet, que posaron, dejando en un buen lugar a los que tuvieron el acierto de contratarlas, demostrando que eran dignas de estar en las alturas en compañía de los ángeles y, el otro caso, ya en un tono menor, ha sido el de unas empleadas de la UGT, el sindicato socialista, que reclamaban, en pelota viva, el pago de unos atrasos que ¡tiene gracia el caso!, el sindicato, el protector de los trabajadores, se negaba a pagarles. No sé porqué me imagino, en unas próximas manifestaciones, desfilando por las calles de Madrid al señor Méndez y a su compañero de CC.OO, el señor Fernández Toxo, pancarta en ristre, con sus partes pudendas al aire, seguidos de toda una multitud de liberados (los únicos que, últimamente, acuden a las manifestaciones light que se atreven a convocar, para no indisponerse con el Gobierno) de la misma guisa, protestando porque los empresarios, que han tenido que cerrar sus empresas a causa de la crisis, no les siguen pagano sus salarios.

En fin, creo que ya no me queda nada por ver en esta existencia que me ha tocado vivir. En todo caso, yo recomendaría, a todos los que se animen a hacer uso de este sistema de protesta, que procuren escoger los días de sol y se cercioren de que el itinerario sea lo más soleado posible, para evitar las consecuencia de una larga exposición a las inclemencias del tiempo, no fuere que todo acabase en un trancazo que echara por bajo la alegría de la experiencia. Eso sí, los organizadores de tales eventos, por respeto al resto de ciudadanos y en bien de la estética, deberían atenerse a unos determinados cánones, que impidieran la asistencia a quienes pudieran desentonar en la armonía del conjunto. Se agradecería.

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