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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Así nos va

María Romo de Oca
Redacción
domingo, 11 de abril de 2010, 21:15 h (CET)
Seguro que muchos de vosotros escuchasteis también que es en el juego donde se demuestra la “clase ” de una persona. Tal vez porque todo juego nos somete a esa peligrosa dualidad del éxito o el fracaso. ¡Amigo! el fracaso.

Pero la vida no es en realidad más que un continuo juego con miles de circunstancias que nos obligan a decidir ¡y ahí está el riesgo! Ahí nos la jugamos. Y, por si acaso, ¿qué clase de perdedores somos?

Recuerdo mi amor por un cantante italiano de éxito metéorico que, de repente, se apagó. Se llamaba Luigi Tenco. No tuvo tiempo de ser muy conocido porque el no ganar en San Remo, le llevó a pegarse un tiro en la misma habitación del hotel.

Parece duro pero ¡ojo! que, hasta en cosas pequeñas, fracasar puede ser muy duro. Depende de la ilusión que echemos a las cosas. Lo importante es la primera reacción, y la segunda y la tercera. ¡Ay, los primeros desengaños…! ¡Y los últimos! Por eso tanta gente se lo pasa mal.

Fuí a un partido de fútbol, donde llenaron el campo a botellazos ¡qué reacción! Creo que el éxito del fracaso está en saberlo encajar. También hay benditos que vuelven de perder la liga europea y comentan simplemente: “fue una mala tarde”.

Si el fracaso revierte sobre lo demás, es empobrecedor, mezquino. En principio prefiero las reacciones violentas, más naturales. Ves venir el botellazo, ladeas la cabeza y en paz. Pero ¿cómo defenderse de la implacable crueldad que el odio arranca a tantas plumas? Basta ver los ataques de mortero al Vaticano, aprovechándose de causas justas. Se adivina el antiguo fracaso de siglos.

¡Oh Dios mío! saber perder. En lo grande y en lo pequeño. Que no nos toque un fracasado irredento en nuestra mesa.

Sin embargo, y esto es lo terrible, sin asumir los fracasos, no hay madurez. Es imposible. Recuerdo las amargas lágrimas, no de Petra, sino de Déborah, al perder por despiste ajeno un precioso 4º curso de bachillerato porque habían olvidado matricularla de 3º. Tuvo que repetirlo íntegramente, perdiendo compañeros de Instituto, proyectos y tantas cosas que corrían prisa.

¿Cómo lograr que lo intragable se haga vida nuestra, alegría nuestra?

Es como el paso de una oscura tempestad de Bethoven, de toda la trompetería de Wagner, al tímido “Amanecer” de Grieg. ¡Maravilloso!

Sin fracaso no hay posibilidad de progreso. El triunfo sin interrupción hace empollones, como “el repelente niño Vicente”. Y es que instalarse en el laurel puede ser tan malo como en la higuera. O en el guindo.

No es sólo que el fracaso nos mejore espiritualmente, es que hasta en el campo de la investigación o la técnica los fracasos han sido motivaciones espléndidas y no doy la murga con el descubrimiento de Madame Curie y tantos otros.

Me ha encantado que escriba en una revista, Javier: “La próxima reforma educativa debería incluir una asignatura que contemplara la opción de que un joven no triunfe ni termine enriqueciéndose o trabajando sólo en lo que le gusta. Donde te enseñen también a perder con dignidad y a ganar con humildad, que es más difícil”.

Se le escapó a Cela en una entrevista la frase más sabia que sin duda salió de su boca.: “Lo que ocurre en este país es que la gente confunde la felicidad con el éxito”.

Creemos, en consecuencia, que sin éxito en la vida no hay felicidad. Y así nos va.

Pero si la gracia nos tocara, podríamos repetir, también ante el fracaso, las palabras atribuidas a Bernanos. “¡Todo lo que sucede es adorable!”. ¿De acuerdo?

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