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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Por la inofensiva “caridad en la verdad”?

J. D. Mez Madrid (Gerona)
Redacción
domingo, 11 de abril de 2010, 21:05 h (CET)
En los últimos días de marzo, Andrea Affacaticati insistía en un discurso de Joseph Goebbels, ministro de la propaganda del gobierno de Hitler, pronunciado el 28 de mayo de 1937. Una historia que se abordó en un libro publicado en 1971, en Alemania, titulado “Los procesos de 1936 a 1937 contra la moral pública de los miembros de las fraternidades y de los sacerdotes”, escrito por Hans Günter Hockerts.

En el texto cuenta cómo el nazismo utilizó los casos ocurridos en la comunidad de Waldbreitbach para hacer la guerra pública a los sacerdotes católicos. Goebbels ordenó que en todos los periódicos del Reich se refirieran minuciosamente, con detalles, a esos casos con profusión de portadas, títulos, fotos, sumarios. El brazo derecho del ministro de la propaganda en esta operación fue Alfred-Ingemar Brenda, encargado de un siempre torticero ejercicio de sentar las tesis o crear los estereotipos, las frases consigna que se repetían en todos los periódicos, como por ejemplo aquella que decía que “Las sacristías se han transformado en burdeles”. En el citado libro se reproducen los argumentos que el ministro de la propaganda utilizó en el discurso en la Deutschlanhalle. Acogedor.

No debemos olvidar que, en el mes de marzo de 1937, Pío XI había publicado la Encíclica “Mit brennender Sorge” contra el totalitarismo nazi. ¿Qué encíclica ha publicado ahora Benedicto XVI? La caridad en la verdad.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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