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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La economía de Óscar el Gruñón

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
domingo, 11 de abril de 2010, 08:40 h (CET)
WASHINGTON - Cuando las cosas iban bien, se decía que Estados Unidos disfrutaba de una economía de Ricitos de Oro. El crecimiento era lo bastante elevado para crear empleo y rentas más elevadas, pero no tan precipitado como para generar inflación. En el mismo sentido, se podría decir que hoy tenemos una economía de Óscar el Gruñón de Barrio Sésamo. Las buenas noticias se descuentan. El pesimismo está de moda. El crecimiento se considera demasiado inestable para ayudar a la gente real. Pero hay alguna buena noticia genuina - y merece atención.

La mas obvia es el mercado laboral. El aumento de 162.000 puestos de trabajo nuevos en marzo es el mayor en tres años. Los despidos han cedido terreno hasta niveles pre-recesión. La oferta de empleo ha puesto fin a su acusada caída. Las encuestas apuntan más avances. Un estudio entre directivos corporativos de la asociación de ejecutivos Business Roundtable concluye que el 29 por ciento espera aumentar el número de vacantes a lo largo de los próximos seis meses, sólo el 21 por ciento espera recortes; desde el otoño de 2008 no había más directivos que esperan más contrataciones que despidos. En marzo, la Federación Nacional de Autónomos, un colectivo de naturaleza comercial que agrupa a pequeñas empresas, no registraba destrucción neta de empleo - la primera vez que sucede desde abril de 2008.

Lo que también resulta alentador es que la gravedad de la recesión ha desatado una gran vuelta al consumismo. Mark Zandi, de Moody's Economy.com, calcula que la necesidad subyacente de vivienda (vivienda nueva, relevo de construcciones antiguas) asciende a unos 1,85 millones de viviendas al año. Mientras tanto, la construcción de pisos y casas registra apenas unas 600.000 al año. "Estamos rebajando poco a poco un considerable parque inmobiliario", dice Zandi, "pero el sector inmobiliario se reanimará". La misma lógica se aplica a los coches y los camiones: las ventas se desplomaron de los 16,2 millones de 2007 a 10,4 millones en 2009. Están destinadas a repuntar.

Un último buen presagio es la sólida posición de la liquidez del sector empresarial estadounidense, reflejo de importantes recortes de plantilla y del gasto, según el economista Nariman Behravesh, de la consultora de proyección IHS Global Insight. En 2009, el flujo de líquido del sector armonizaba el 11% del producto interior bruto (PIB), el nivel más elevado en medio siglo por lo menos. A medida que las empresas adquieren confianza en que ha pasado lo peor, liberan la liquidez "para apostar por la recuperación" reanudando proyectos de inversión cancelados, dice Behravesh. IHS Global Insight espera que el gasto del sector en maquinaria, ordenadores y software aumente un 9,6 por ciento en 2010.

Uno de los motivos de pesimismo es que la economía estadounidense está experimentando un cambio fundamental - y no está claro en qué medida tendrá éxito la transición. Desde la década de los años 80, la prosperidad estadounidense dependía cada vez más del crecimiento del consumo y la vivienda financiado a través de la deuda, como señala Greg Ip, de The Economist, en un estudio reciente de la economía. En 1991, el consumo y la vivienda representaban el 70% del PIB; en 2005, su porcentaje era del 76 por ciento. Ese incremento ha terminado ya, porque muchas familias se sobreendeudaron, gastaron más allá de su margen y ahorraron poco.

A medida que los estadounidenses financian deudas y acumulan ahorros, el consumo y la vivienda se debilitan. En 2009, su porcentaje del PIB había caído ya al 73 por ciento. De manera que la economía estadounidense necesita otro motor del crecimiento. Las exportaciones y la inversión vinculada son candidatos obvios. Esto incluye tanto equipo caro (excavadoras Caterpillar, microprocesadores Intel) como servicios sofisticados (diseño arquitectónico, extracción de petróleo y gas). Pero nadie sabe hasta qué punto prosperarán las exportaciones. El proteccionismo podría florecer si, como señala Ip, "cada país (recurre) a las exportaciones para lanzar su recuperación".

La fuente más acusada de pesimismo es el trauma causado por la crisis económica. A diferencia de otras recesiones post-Segunda Guerra Mundial, las familias de renta elevada compartían el miedo a medida que sus inversiones y el valor de su vivienda caían en picado y sus puestos de trabajo desaparecían o parecían amenazados. La pérdida neta de 8,4 millones de puestos de trabajo ha sido devastadora en magnitud y duración. Entre los parados, el 44% lleva sin trabajo medio año o más; el repunte medio del paro comparable fue del 26 por ciento en junio de 1983. Alrededor de la mitad de los parados de entre 45 y 64 años lleva sin trabajo seis meses o más; para un tercio de ellos, el paro ha durado más de un año. Casi todo trabajador maduro que ha perdido un puesto de trabajo ha tenido problemas para encontrar un relevo.

Los planes han sufrido. El Wall Street Journal recogía recientemente el testimonio de un directivo de inversión con sueldo de seis cifras que había sido despedido por General Electric, no podía encontrar un nuevo empleo y le preocupaba la forma de enviar a su hija pequeña a la universidad. La psicología de la opinión pública se ha vuelto más pesimista porque la mayoría de los trastornos fueron inesperados. Los particulares y las empresas se han vuelto más cautas, haciendo acopio de dinero para contratiempos desconocidos. Si lo inesperado sucedió una vez, podría volver a ocurrir.

Las preocupaciones no son poco realistas, especialmente teniendo en cuenta los problemas a largo plazo de Estados Unidos (déficit presupuestarios, sociedad envejecida, mal estado de las cuentas públicas a nivel estatal y local). Aun así, la atmósfera de depresión puede ser exagerada, igual que el optimismo de la economía Ricitos de Oro fue exagerado. Los cambios del ánimo de la opinión pública mueven la economía. La ironía del pesimismo generalizado de la actualidad reside en que, a medida que los peores temores de la gente no se materialicen, podrían empezar a remitir y dar a la economía un sorprendente empujón.

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