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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Franco sobrevuela Valencia y el Cabanyal

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 11 de abril de 2010, 06:21 h (CET)
El pasado martes algunos ciudadanos valencianos apostados en las cercanías de la Plaza de Tetuán veían cómo un extraño bulto sobrevolaba por encima del antiguo Convento de Santo Domingo, instalación militar durante años. Una inmensa sábana blanca ocultaba a los ojos de los curiosos la imagen que durante tantos años presidió la principal plaza de la capital valenciana, un caballo percherón y sobre él, en bronce, el rechoncho dictador que durante decenas de años tuvo amordazados con su dicterio a todos los españoles, y mientras Francisco Franco sobrevolaba Valencia en busca de su postrer destino yo recordaba aquellos versos de José Agustín Goytisolo que tan bien le dibujaban : “El general fue aquí un hombre muy odiado/ pero aún sigue en la Plaza su enorme estatua ecuestre/ Esto es algo indignante y no por su crueldad/ sino porque él fue siempre un pésimo jinete”.

Pero Franco, su espitiru y su macabra y dictatorial ideología no sobrevolaban tan sólo por los aires cercanos a la Plaza de Tetuán, un poco más allá, en la plaza mayor de Valencia, donde tanto tiempo estuvo presente en bronce, sus ideas todavía siguen marcando la actuación de la alcaldesa de la ciudad. Rita Barberá ha mamado desde la cuna la leche totalitaria, lo lleva en la estirpe y los genes, no olvidemos que su padre, José Barberá Armelles, fue un periodista de los más adictos al régimen del dictador, y así salió la “niña”, de las de ordeno y mando y al que no obedezca palo y tentetieso.

Pero el franquismo residual al que durante la transición no supimos enterrar y dejar fuera de la vida de este país también sobrevolaba más allá del centro de la ciudad, la pestilencia del franquismo se había hecho presente en pocas horas al conocer los 50.000 folios hechos públicos del sumario del caso Gürtel. Todo un tomo dedicado a Valencia en el que aparecen conversaciones entre nuestras autoridades y los principales implicados en el caso, listados de regalos de lujo para esposas e hijos de los principales dirigentes del Partido Popular de la Comunitat Valenciana, lenguaje tabernario como cuando uno de los principales implicados llama “hija de puta” a una de las receptoras de los regalos. El bronce del dictador seguramente iba pensando camino de su último destino que no lo había dejado todo “atado y bien atado”, algún juez tenía la osadía de atreverse a ir contra los intereses de sus herederos ideológicos simplemente por haber hecho lo que él mismo hizo durante años, aprovecharse del puesto de mando para engrosar sus caudales privados.

Pero el sustrato del pensamiento franquista también sobrevoló esta semana por encima de las casas modernistas del Cabanyal, ese barrio marinero que Rita Barberá se ha empecinado en hacer desaparecer del mapa. El pasado jueves se volvieron a vivir episodios que ya creíamos olvidados en el cajón del tiempo, la policía volvió a demostrar que es la detentadora del monopolio de la violencia agrediendo a pacíficos ciudadanos que sentados en el suelo intentaban defender de las maquinas destructoras una parte de la historia de la ciudad. Uniformados azules, con el mismo color que las viejas camisas falangistas, porra en mano defendieron la ilegalidad de unos derribos que la alcaldesa de Valencia se empeñó en llevar a cabo para distraer la atención de la pestilencia que emana del sumario del caso Gürtel.

Y volvieron los viejos tics del franquismo a sobrevolar por encima del comunicado de la policía nacional. Las fuerzas del orden, convertidas para la ocasión en fuerzas del “desorden” no sólo se limitaron a actuar como perfectos lacayos de la alcaldesa de la ciudad sino que volvieron la vista atrás y su comunicado me hizo retroceder a los años en que los “grises” disparaban al aire y asesinaban a algún manifestante que, paradójicamente andaba por los suelos y no volando. A pesar de la crueldad y el sadismo policial visto en los videos que reflejan la carga policial el departamento de prensa de la Policía Nacional dice que hicieron un “uso mínimo de la fuerza”, no quiero ni pensar que hubiera sucedido de no ser así, también ignoran en su comunicado los numerosos heridos que produjeron y tan sólo hablan de policías heridos por parte de los manifestantes. Curioso parte de bajas en el que se olvidan de las de la parte apaleada.

Ahora la pelota está en el tejado del Gobierno central que ha anunciado un recurso de inconstitucionalidad contra la Ley valenciana que permite los derribos, un informe del Consejo de Estado les da pie para llevarlo a cabo. Pero también deben tomar medidas para que no vuelva a suceder lo que pasó el jueves en las calles del Cabanyal, y una de las medidas a tomar debe ser el cese inmediato del Delegado del Gobierno, y lo digo con tristeza ya que conozco desde hace años a Ricardo Peralta, y también el cese inmediato del oficial que ese día mandaba las fuerzas del orden. Después, que toda la fuerza de la ley caiga sobre Rita Barberá si los jueces estiman que ha actuado ilegalmente.

El bronce del dictador reposa arrumbado, eso espero, en cualquier viejo almacén militar mientras ve cómo todavía su triste pensamiento ideológico y sus maneras dictatoriales siguen anclados en España después de tantos años pasados desde su muerte. Y dos lágrimas de rabia resbalan por el bronce de su cara al ver en lo que se ha convertido su familia, él, que siempre puso a la familia como uno de los soportes de su régimen, tiene que ver a su nieta mayor casada y divorciada en infinidad de ocasiones paseándose, para hacer caja, por los platós televisivos, su nieto mayor pelándose con los vigilantes ferroviarios y su nieto menor arrastrando, también previo pago, sus miserias de cocainómano por diversos programas televisivos. Un rictus de esperanza se le marca en el rostro cuando se entera que al juez Garzón, ese que quería juzgar sus crímenes aún después de muerto, van a juzgarle por querer hacerlo, sonríe y piensa que, a pesar de los años, la sombra del franquismo sigue siendo alargada, como la de los cipreses de los cementerios que él contribuyo a llenar de inocentes.

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