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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La desbordante fantasía de la lideresa

Mario López
Mario López
viernes, 9 de abril de 2010, 22:03 h (CET)
Hace mucho tiempo que no leo un libro de psicología ni me trato con psicólogos, así que no sabría hacer un diagnóstico, o lo que sea que hagan los psicólogos, sobre la condesa de Tamayo y consorte de Murillo, María de la Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma, ínclita presidenta de Madrid y carismática lideresa del partido heredero del antiguo régimen.

Negó la existencia de espionaje en Madrid, pero luego fue ella -según ella- la que resolvió ese turbio asunto. Negó la existencia de la trama Gürtel, afirmó que jamás de los jamases se trató con los amigos de Agag. Pues ahora nos sale conque ha sido ella quien levantó la liebre. Vamos, que el pobre señor Peñas se limitó a robarle la idea. Insisto en que no sé qué diagnóstico tiene esta mujer. A diferencia de su amiga Rita Barberá, que es simplemente un marimacho fascista, Espe es sin duda facha, pero hay algo en ella que pertenece al mundo clínico. ¿Cuál es esa enfermedad que la mantiene en ese estado permanente y exasperante de mendacidad relumbrante. ¿Será, tal vez, la de Fuencisla el Guerrero del Antifaz disfrazado de manola?

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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