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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Matices tras un homicidio

Edward Schumacher-Matos
Edward Schumacher-Matos
viernes, 9 de abril de 2010, 22:00 h (CET)
BOSTON - ¿Quién mató a Marcelo Lucero? La policía de Long Island afirma que siete menores de instituto estuvieron involucrados en el crimen del inmigrante ecuatoriano. El incidente despertó recuerdos de mi juventud.

Yo era un estudiante en su primer año de instituto en Columbus, Georgia, una noche cálida de 1962. Eramos cinco chavales blancos viajando en un viejo Plymouth y bebiendo cerveza cuando uno de nosotros sugirió alguna travesura.

Un grupo de negros de nuestra edad más o menos caminaban por el arcén cuando el compañero de clase que viajaba en el asiento delantero junto al del conductor sacó medio cuerpo por la ventanilla y, gritando epítetos raciales, lanzó una lata vacía de cerveza Pabst. Los chavales negros se dispersaron. Me eché a reír nerviosamente.

El lanzador cogió entonces una botella vacía de RC Cola. Nos acercábamos a un hombre negro que iba solo. El corazón me subió a la garganta. El lanzador se asomó lanzando un grito de los que hielan la sangre. Como hijo de padres en el ejército y latino, me han educado para respetar a los negros como iguales la mayor parte de mi vida, pero ahora era un joven de clase obrera en el Sur segregado. No dije una palabra.

El muchacho lanzó. Falló el tiro, pero se me revolvieron las tripas al ver el miedo en la cara de ese hombre mientras corría espantado. Un botellazo en la cabeza le habría matado, y yo habría sido uno de esos chavales de Long Island. Seis de ellos son blancos, y uno es mitad puertorriqueño y mitad afroamericano, con piel más oscura que la mía.

Estaban haciendo lo mismo que hicimos aquella noche nosotros; la única diferencia es que ahora sus objetivos, según la policía, eran inmigrantes latinos.

Cuatro de los adolescentes se han declarado culpables del cargo de asalto de segundo grado en grado de tentativa. Otros dos están a la espera de fijarse la fecha del juicio. El séptimo, Jeffrey Conroy, está siendo juzgado por asesinato en segundo grado. Conroy, que confesó a la policía haber apuñalado a Lucero con un cuchillo de cocina, desde entonces se ha declarado inocente. Los miembros del jurado tendrán que analizar eso y si la selección de objetivos de etnia "mexicana" por parte del grupo esa noche constituye un delito de odio. Legalismos aparte, el odio real puede haber sido lo de menos.

En mi caso, los chavales que estaban conmigo no odiaban en serio a los negros, aunque nunca volví a salir con el lanzador. De la misma forma, Conroy tenía una novia boliviana y era íntimo de un ecuatoriano compañero de clase, ambos de los cuales testifican en su defensa.

Pero los matices del caso, como en mi propia experiencia, ilustran desde luego lo estúpidos e insensatamente crueles que pueden ser los alumnos de instituto, y lo poderosa que es la presión del grupo.

En términos más generales, también muestra cómo los adultos han creado un crisol de indignación pública en el que los inmigrantes latinos de clase obrera hoy, igual que los afroamericanos antes, están siendo demonizados y deshumanizados. Esto permite a los jóvenes de carácter débil o carácter sin formar lanzar más fácilmente los ataques, como el que mató a Lucero.

Desde el asesinato de Lucero hace 17 meses, cantidades ingentes de jóvenes hispanos y blancos han salido a la luz en relatos de ataques a inmigrantes que llevan siendo frecuentes en muchos municipios de Long Island desde hace casi una década. Las fuerzas del orden, el personal de las escuelas y los líderes de la comunidad han hecho en gran medida la vista gorda.

Steve Levy, el popular funcionario público del condado de Suffolk que se presenta ahora a las primarias Republicanas a la gobernación de Nueva York, fijó la tónica al proponer dar a la policía del condado competencias de agentes de inmigración y ordenar el registro de los domicilios de los jornaleros, desalojando a unos 200 trabajadores y sus familias y espantando a los hispanos de recurrir a la policía en busca de ayuda. El condado de Suffolk tiene abierta una investigación del Departamento de Justicia por presunta discriminación de los latinos en sus labores policiales.

A nivel nacional, los locutores del debate radiofónico y las figuras de la televisión por cable, con algunos de sus aliados en el Partido Republicano a la cola, fomentan de forma irresponsable males reales e imaginarios como la delincuencia o el uso de los servicios públicos de salud por parte de sin papeles, al tiempo que ignoran el empleo que generan y las empresas estadounidenses que les traen. Actos de violencia se han extendido por muchas partes del país.

La muerte de Lucero ha generado exámenes de conciencia y, por fin, iniciativas encabezadas por muchas comunidades de Long Island destinadas a rebajar el tono hostil y abrir líneas de comunicación con los propios inmigrantes, dándoles un reconocimiento que socava la demonización.

En cierto sentido, los menores de Long Island son también víctimas, pero Marcelo Lucero perdió la vida. Alguien tendrá que pagar, aunque sólo sea para disuadir al resto. Pero la verdadera lástima es que los catalizadores entre nosotros sigan recurriendo a políticas de odio.

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