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El laicismo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 8 de abril de 2010, 07:00 h (CET)
El laicismo estatal avanza imparable, acaso no siendo sino un eco del aserto de Nietzsche “Dios ha muerto”. Lo que queda por saber es en qué desolado ámbito nos instalaremos si estos laicistas tan vehementes logran su absurdo e incoherente fin desde ése su ciego Observatorio. Tal vez, parafraseando al insigne político español de principios del pasado siglo que dijo aquello de que “democracia, sí; pero no hasta el extremo de votar de quién es el padre de mis hijos”, deberíamos aseverar ahora “laicos, sí; pero no hasta el extremo de imponerle a Dios que se niegue a sí mismo.”

Todo en nuestra vida es confesional, lo vean o no los topuelos y topuelas del Observatorio del Laicismo, no sólo por una optativa cuestión de místicas creencias personales, sino porque nuestro mismo pensamiento, nuestras escalas de valores y nuestra armazón filosófica más elemental están basados en un código de creencias (las que sean), y esto en sí mismo es confesión y confesional. El laicismo, en consecuencia, simplemente no existe sino como una fe más y antagonista de las demás, y lo que en realidad quieren decir los pretendidamente laicos cuando dicen “laicismo” es “negación de Dios”, cualesquiera sea en el que crean los ciudadanos. Implantar un credo por otro, en fin. Incluso para los que no creen en un Ser supremo, sus fundamentos están basados en la misma escala de creencias que los que sí que creen en un Dios, al menos el culturalmente inmediato, y su libertad de pensamiento está sólidamente determinada por esos valores que pretenden derribar a como dé lugar estos necios. Es por nuestras creencias y nuestra escala de valores, precisamente, por lo que vemos aberrante el crimen, la ablación, el sacrificio humano, el hurto (excepto los políticos) y la práctica totalidad de los artículos que configuran nuestros códigos penales, como lo es nuestra escala de valores la que determina nuestras conductas morales más íntimas o más sociales, gústenles o les desagraden a estos entrañables Rompetechos o a estos pérfidos que tratan de imponernos al dios laico o laicismo sobre nuestro Dios.

La falacia del pretendido laicismo, en realidad, no es otra cosa que enmascarar una variación aberrante de la escala de valores que domina a la sociedad por otra que se adapta a los particulares intereses de algunos pillos, tal vez enemigos de esos valores que les cortan las alas o dificultan su vuelo. La cosa va mucho más allá de ver socialmente adecuado o no el velo o la cruz, la misa o la oblación, incluso trasgrede la relación íntima de cada ser con su Dios o su ética. Lo que pretenden, con seguridad, es apartar sólo algunos símbolos y retocar convenientemente lo que les resulta inaceptable para poder conducir a las masas a otros abrevaderos más de su conveniencia. Jamás se ha sentido incómodo un ateo o un agnóstico porque otros sean creyentes; pero sí un laico.

Si lo que pretenden los presuntos laicistas es anular los credos, forzosamente deberán empeñarse en eliminar conceptos tales como el amor filial, la honradez, la virtud, la lealtad, la sinceridad, la verdad y, en fin, todo eso que nos diferencia de los animistas o las bestias. Algo que, sospechosamente, está siendo corroborado por la legislación que están implantando a golpe de mayoría minoritaria en este sistema perverso que nos concierne. Tal es el caso de lo que sucede, al entender de una amplísima mayoría ciudadana –disímil radicalmente de la mayoría parlamentaria-, con el asunto del crimen de los nonatos, con la legalización de la pedofilia al declarar la mayoría de edad a los 13 años, con la excesiva y todas luces perversa protección del criminal y el delincuente contra las inocentes víctimas, con las guerras e invasiones legales que los pérfidos están extendiendo por el orbe mundo y todas estos desvaríos de quienes parecen estar enajenados pero que, en realidad, saben muy bien qué se hacen y a qué diablos sirven.

He aquí, en cuerpo y letra, qué es lo que pretenden los laicistas: una sociedad dominada por los desvaríos y perversiones de los poderosos y antideístas que convierta a los ciudadanos en ganado. Ni más, ni menos. Lo que ansían, en realidad, es derribar a golpe de decreto miles de años de evolución para instaurar un Orden Negro en el que unos patanes nos degraden al rango de simples objetos susceptibles de ser utilizados según sus conveniencias, y lo están presentando como algo conveniente, aferrándose a algunos escándalos de clérigos –entre millones de ellos que son intachables-, a algunas festividades religiosas y algunas excepciones absurdas, que no son sino un pueril artificio. En fin, quieren vaciar de contenido a la sociedad y desorientarla, porque de conseguirlo, será la propia desorientación la que facultará que estos pillos puedan manejar a los “perdidos”, reorientándolos hacia sus intereses de ganaderos de una recua de asnos.

La laicidad estatal, vista con cierta perspectiva, no es sino renunciar a todo el pasado, a toda la Historia de que somos depositarios, con sus costosos aprendizajes y sus logros. Al fin y al cabo, un hombre o una sociedad no es sino la suma de sus experiencias –su pasado y su Historia-, y renunciar a ella no es convertirse en nada. Que es exactamente lo que pretenden los llamados laicos. Es más, si el Mal existiera en forma encarnada, jamás eliminaría la cruz, sólo la daría la vuelta: justamente lo que están haciendo.

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