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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Porque Cristo Vive

Josefina Galán (Málaga)
Redacción
miércoles, 7 de abril de 2010, 09:39 h (CET)
La resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Cristo vive: ésta es la gran alegría de todos los cristianos. La vida pudo más que la muerte. ¡No temáis!, este fue el saludo del ángel a las mujeres que iban al sepulcro. ¿Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno que fue crucificado? “Ya resucitó no está aquí”.

Él, Dueño de la Vida, aceptó la muerte y una muerte en Cruz, clavado su cuerpo al madero con duros clavos. Es cierto que el Señor sufre con nosotros, que nos acompaña a través de la última angustia, pero vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado. Cristo triunfó sobre la muerte. Para los cristianos sin la Resurrección de Cristo, nuestra vida no tendría sentido. Una vez que alguien nos ha dicho que hace 2010 años un hombre llamado Jesús se nos mostró como el Hijo eterno de Dios Padre, para librarnos de nuestras esclavitudes, entre ellas la del pecado y la de la muerte, esto nos da fuerza para superar el odio, la violencia, el egoísmo, la soledad, el desánimo y la desesperanza. Sabemos que el mundo tiene sus ídolos: el dinero, el poder, los medios de comunicación y la ciencia al servicio de unos pocos. Pero nosotros contamos con tres fuerzas impresionantes que brotan de la resurrección del Señor: la fe, el amor y la esperanza. Por eso somos llamados a llevar la alegría pascual muy especialmente en este tiempo de crisis económica en la que muchísimas personas y familias sufren sus efectos amargos. ¿Cómo cambiarían nuestras jornadas, si de verdad nos moviésemos en todo momento con esta seguridad?

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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