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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Menores asesinados y el drama de las leyes obsoletas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 6 de abril de 2010, 08:31 h (CET)
Es posible, señores, que cuando los que ya peinamos canas o aquellos que desearían poderlas peinar, decimos aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, muchos de los jóvenes de las últimas generaciones esbocen una sonrisa displicente y miren al cielo pensando, cuando no lo dicen abiertamente, que somos una cuadrilla de “carcas” que ya estamos chocheando. No sé si estarán en lo cierto o puede que, también, el orgullo de pertenecer a este grupo de ciudadanos que han dado el gran salto, tanto en el aspecto de la investigación, como en el de la técnica, la informática y, por supuesto, en la medicina; les haga mirarnos con superioridad desde la altura en la que los han situado sus avances científicos. Sin embargo, y en ello no tienen modo de adelantarnos, los que ya hemos cubierto una gran parte de nuestro periplo vital, sí tenemos una gran dosis de experiencia, de esta patina que nos da el haber vivido muchas situaciones, el haber pasado por muchos trances y el haber soportado muchas penalidades, disgustos, dolores y, el peor de todos, el de comprobar que no vamos a tener tiempo para poder legar, a nuestros sucesores, todo aquello que quisiéramos trasmitirles para que les sirviera de orientación y ejemplo.

Lo cierto es que, no sé si por este gran salto que ha dado la humanidad con la emancipación de la mujer; esta era de oro para las féminas en la que han entrado a saco en el terreno que antes era exclusivo de los hombre y han dejado en el desván de la historia sus antiguas tareas domésticas ( entre las que, como no, estaba la educación de sus hijos) o por la irrupción, en las sociedades modernas, de esta doctrina universal que parece imponerse en las nuevas generaciones, consistente en rendir culto a la propia personalidad, relativizar los conceptos del bien y el mal, en función de las ideas de cada uno y renunciar, sea por imposibilidad de asimilarlo, por la incomodidad que pueda causar pensar en algo que nos parece ajeno a la humanidad o fuere por no tener tiempo que dedicarle enfaenados en resolver las cuestiones cotidianas y en otorgar a los placeres materiales la calidad de fin y última razón de nuestra existencia, a cualquier idea sobre lo trascendente, lo espiritual o, simplemente, sobre lo que es moral o ético como algo en lo que es mejor, más fácil y menos cansado, no pensar. Lo cierto es que los nuevos modos de esta sociedad moderna han comportado nuevas situaciones, comportamientos hasta ahora impensables; desmoronamiento de la unidad familiar, reducción del sentido de la religiosidad; del bien y del mal; desaparición de la autoridad del pater familias; rebeldía de la juventud manifestada, en forma agresiva y desabrida, ya con anterioridad a la llegada de la adolescencia; aumento de la criminalidad juvenil; indisciplina escolar, abandono prematuro de los estudios; tendencia a holgazanear y a buscar ganarse la vida y el dinero por los senderos de lo fácil y descansado.

Los “ni, ni”, como se les ha dado por denominar con evidente acierto, pululan por la piel de toro intentando vegetar a costa de sus familias, pretendiendo entrar en el mundo de la farándula, como un medio poco estresante de conseguir alcanzar la fama; buscar el placer drogándose y practicando el sexo indiscriminadamente, según se tercie con uno u otro sexo. Sé que es algo que a las personas de nuestro tiempo no les gusta oír, pero que existe una directa correlación en el tiempo entre el descarrío de mucha de nuestra juventud y el hecho evidente del abandono del hogar de las mujeres para ir al trabajo, parece ser más que evidente. Los niños, ya desde temprana edad, dejan de tener como referencia a sus padres, no tienen su ejemplo, no perciben su autoridad y no los ven como miembros fundamentales de la familia, cualidades que buscan encontrar en otras personas. En el parvulario saben que hay alguien que se ocupa de ellos y de otros muchos niños; aprenden que el más agresivo, el más fuerte o el más gritón, es quien se hace dueño de la situación. No hay un árbitro, como la madre, que ponga freno al hermano mayor para que no abuse del menor; todo lo contrario, las cuidadoras piensan en otras cosas, en sus propios problemas y no tienen tiempo ni les apetece intervenir mientras se decide la jefatura del clan de bebés. Los padres, con suerte, sólo los ven y están con ellos los fines de semana; y esto, cuando no deciden salir con sus amistades o irse de parranda dejando a sus hijos con los abuelos o con la canguro. Luego, cuando ya son mayores, viene la etapa de la escuela pública dominada por mafias de matones; por los más fuertes y, consecuentemente, los menos estudiosos que no sólo implantan el terror entre sus condiscípulos y maestros, sino que impiden que el resto de compañeros pueda estudiar y aprender. Ven películas de violencia; fuman porros; les gustan los juegos violentos y tiene todo el tiempo del mundo para perpetrar sus propias barbaridades. Se drogan y, si les apetece: matan. Sí señores, nuestra juventud mata, y mata por divertirse, por seguir el ejemplo de los malvados que ven en las películas, los cómics o entre sus propios compañeros. Matan a un viejo porque les pide que se callen; matan a una pordiosera en una cabina de teléfono incendiándola sin la menor sombra de culpa; extorsionan para conseguir dinero; agreden a sus propios padres; roban y venden droga.

Y, ahora, se dedican a matarse entre sí como parte de un extraño rito nauseabundo, en el que se entremezclan drogas, celos, sentimiento de poder, envidias y, por encima de todo, la falta de una conciencia moral y ética que les impulse a contener sus bajos instintos y respetar los derechos de los demás a disponer, a su antojo, de su libre albedrío. Si, señores, les falta algo que sólo sus padres y maestros les pueden proporcionar: disciplina, principios de convivencia (no clases de masturbación o promiscuidad entre sexos), la presencia de una madre que pueda solventarles sus dudas, que sepa aconsejarles amorosamente y que les enseñe la forma de comportarse con el prójimo. Es evidente que con padres agresivos, con padres furibundos que agreden a los profesores en lugar de corregir las faltas de sus hijos y con un exceso de libertad fruto de una legislación que impide a los padres castigar a sus hijos y que, sin embargo, les obliga a hacerse cargo de ellos con independencia de la edad que tengan; es imposible enderezar el rumbo de esta juventud que amenaza con convertir a nuestra nación en un semillero de ignorante y necios incapaces de sobrevivir entre el resto de ciudadanos de Europa.

15 menos menores desaparecidos o asesinados en los últimos 10 años; esta es la noticia que he leído en Libertad Digital. ¿Cuándo se habían producido en España este tipo de delitos y cuándo con tanta frecuencia y similitud de causas? Pederastia, menores que cometen delitos con la misma frialdad que adultos los más ignominiosos asesinatos, que son capaces de poner en jaque a la policía y que se ríen de las familias de sus víctimas con la misma entereza que un criminal adulto y que, no obstante, por causa de una ley obsoleta y permisiva, no pueden ser juzgados como el resto de criminales que, sólo por unos meses o, incluso, por unos días, reciben condenas muy superiores por los mismos hechos delictivos. ¿Son mayores para abortar por su cuenta, pero no lo son para cumplir las mismas condenas que los adultos? Una juventud inducida por la sociedad a envejecer mentalmente prematuramente no puede esquivar el cumplimiento de la ley basándose sólo en la edad. Si no se quiere implantar la Cadena Perpetua, al menos que se cumplan las condenas íntegramente y se eliminen para estos crímenes horrendos todos los beneficios penitenciarios que permiten, a estos criminales, de mentes adultas y corrompidas, cumplir condenas de dos y tres años por delitos aberrantes.

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