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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Un problema de electorado, y más

Ruth Marcus
Ruth Marcus
martes, 6 de abril de 2010, 08:20 h (CET)
WASHINGTON - La desconcertante ironía de la presidencia de Barack Obama es que al mismo tiempo incluso que los conservadores le tachan de socialista demente, muchos entre la izquierda están frustrados con lo que consideran un alejamiento acomodaticio de las promesas de campaña del presidente.

"Si hay algún colectivo totalmente satisfecho con Obama, habrá hecho una extraordinaria labor manteniendo su discreción", afirma Jim Kessler, vicepresidente del colectivo centrista Third Way.

La diferencia entre los dos frentes es que las quejas de la izquierda, como les gustaba decir en los tiempos de George W. Bush, están más basadas en la realidad. Obama ha hecho cosas - o, con mayor frecuencia, ha dejado de hacer cosas - que comprensiblemente han decepcionado a varios electorados.

El motivo de irritación más reciente es el gesto de Obama hacia la ampliación de la prospección petrolera en la costa. "La Casa Blanca va camino de ponerse en contra otro electorado Demócrata clave más", escribía el bloguero de izquierdas John Aravosis tras el anuncio de Obama.

Y luego tenemos:

- Los sindicatos, descontentos porque su principal prioridad legislativa, la Ley de Libertad de Elección del Trabajador, está aparcada y tuvieron que tragar con el impuesto extraordinario sobre la protección sanitaria como parte de la reforma sanitaria.

- Los defensores de los derechos de los homosexuales, frustrados con el ritmo lánguido de avance hacia la anulación de la política "don't ask, don't tell" e irritados esta semana cuando el Departamento de Justicia de Obama presentó un escrito de alegación en defensa de la constitucionalidad de la política.

- Los colectivos feministas, molestos con las restricciones al aborto contenidas en el nuevo proyecto de reforma sanitaria.

- Los libertarios civiles, enfurecidos a causa de las posturas legales adoptadas por la administración en la guerra contra el terror, desde las detenciones indefinidas de sospechosos hasta los pinchazos telefónicos sin orden judicial, pasando por los tribunales militares.

- Los colectivos afroamericanos, descontentos porque la administración no ha hecho lo suficiente por las minorías, en particular en el terreno de la creación de empleo.

- Los colectivos hispanos lamentan la falta de movimiento en la cuestión de la reforma de la inmigración.

El presidente sigue siendo abrumadoramente popular entre los Demócratas de izquierdas. Su problema, que lo es, reside en lo que un estratega del partido llama "la infraestructura activista".

Hasta cierto punto, esto es inherente a la naturaleza del trabajo. Ningún presidente puede gobernar tan puramente como les gustaría a sus partidarios más ideológicos. El arte de lo posible exige renuncias que puntualmente irritan a aquellos más sensibilizados con una cuestión concreta.

Parte de la insatisfacción, sin embargo, es exclusiva de Obama. Bill Clinton se enfrentó a su ración de quejas del electorado: ¿se acuerda del Tratado de Libre Comercio y la reforma de lo social? Pero Clinton se postulaba como un tipo de Demócrata diferente, de manera que parte de los grupos de interés estaban prevenidos.

Obama se postulaba como, bueno, como Obama - un cascarón relativamente desconocido pero carismático dentro del que los Demócratas de cualquier franja ideológica pudieron depositar sus esperanzas. La decepción era inevitable. Ningún presidente de carne y hueso podría satisfacer las elevadas expectativas del candidato Obama. Si la izquierda desmayada hubiera leído el manifiesto político de Obama, "La audacia de la esperanza", se habría hecho una idea anticipada del estilo de Obama como presidente, anteponiendo lo factible a lo perfecto.

La decisión de la prospección petrolera en la costa es el ejemplo perfecto del progresismo práctico del Obamaísmo. A nivel de sustancia, el presidente se ve atraído por soluciones salomónicas: autorizar la perforación por aquí, prohibirla por allí. A nivel de política, es alguien que se la juega, no alguien que tantea las aguas.

Habida cuenta del "utopismo extravagante" de sus partidarios, explica William Galston, de la Brookings, "no había forma de cumplir todas esas promesas - ni durante su primer año, ni durante su segundo año, ni nunca". La decisión de Obama de poner toda la carne en el asador de la sanidad garantizaba que todos los interesados en prioridades diferentes se sentirían frustrados. La inesperada duración del debate sanitario no hizo sino agravar esa reacción.

Galston apunta otro factor subyacente del descontento entre los electores del Partido Demócrata: la "polarización asimétrica" de los partidos políticos. A diferencia del Partido Republicano, que ha consolidado su conservadurismo, el Partido Demócrata es ideológicamente disperso. El electorado Demócrata carece de mayoría ideológica. Parte del electorado fundamental del partido está destinado a sentirse decepcionado en algún momento u otro.

Tal descontento puede drenar de energía y fondos las campañas, pero es difícil imaginar una candidatura rival de Obama en las primarias comparable a la de Ted Kennedy por desplazar al Presidente Jimmy Carter en 1980. Después de todo, Obama logró la aprobación de la reforma sanitaria, aunque sin la opción pública anunciada.

Por otra parte, Obama se enfrenta al peor de tres mundos. Los conservadores lo ven como la reencarnación de Karl Marx. Los activistas de izquierdas se sienten frustrados por lo que perciben como una traición u otra. Y los independientes, disgustados por rencillas partidistas, inquietos con la economía y nerviosos con la reforma sanitaria, no perciben ninguna moderación.

No es exactamente un espacio cómodo para un presidente.

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