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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Barack Obama, le presento a Sísifo

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 5 de abril de 2010, 09:11 h (CET)
WASHINGTON - Hacia el final de la batalla de la sanidad, un atribulado integrante del gabinete Obama me envió un correo electrónico que terminaba con estas palabras: "Sísifo era un aficionado comparado con lo que hemos pasado".

Sí, la lucha por la reforma sanitaria se parecía mucho al mito griego: cada vez que la Casa Blanca parecía a punto de coronar la cima de la montaña empujando la piedra de la sanidad, algún suceso -- la victoria de Scott Brown en Massachusetts, por ejemplo - obligaba a empezar de cero con una estrategia nueva.

Por desgracia para el Presidente Obama, este no será el último momento que invita a hacer comparaciones con Sísifo. Su victoria sanitaria marcó el principio de una nueva fase en las luchas políticas de la administración, no un triunfo definitivo.

Sigue siendo, por supuesto, un logro enorme, y altera el terreno político en sentidos favorables a los Demócratas. Al crear nuevos hechos sobre el terreno, la reforma sanitaria complica la tarea de los Republicanos.

Ahora mismo, los primeros llamamientos del Partido Republicano a derogar la ley parecen problemáticos. Las reformas de la protección contenidas en el anteproyecto son muy populares, y hasta sus subidas tributarias (una gran parte de las cuales castigan a las rentas más altas) están sujetas a prestaciones que se destinarán a los estadounidenses en la parte media-baja de la renta.

Además, los Republicanos reconocen mucho cuando dicen que ellos "reemplazarán" el plan y no volverán simplemente al estatus quo pre-reforma. Su eslogan deja claro que cualquier futuro debate en materia sanitaria será precedido de un papel público más activo. El debate nunca volverá a ser igual.

Por otra parte, la capacidad de los Demócratas de cerrar filas y aprobar la reforma sanitaria puede invitar a algunos senadores Republicanos a buscar compromisos en otras cuestiones en lugar de volver a marginarse y limitar así su impacto sobre el resultado final.

Pero las líneas maestras de la próxima fase del debate electoral este año se están haciendo progresivamente visibles.

Sofisticados conservadores han empezado a defender que las propuestas Demócratas formuladas a lo largo de un amplio abanico de temas están diseñadas para hacer que Estados Unidos se parezca más a Europa. Sin gritar la palabra "socialismo", afirman que los programas destinados a garantizar una mayor seguridad económica (como la reforma sanitaria) y a imponer normas estrictas a las finanzas y la banca harán que la economía estadounidense sea menos emprendedora y menos dada a asumir riesgos.

Contrarrestar estos argumentos exigirá que los progresistas insistan en que su programa encaja enteramente en la tradición estadounidense, una iniciativa encaminada a restaurar parte de la seguridad y la previsibilidad que definían la economía antes de la erosión del seguro de empresa que comenzó en la década de los años 80.

También tendrán que defender que las nuevas normas de la economía no están destinadas a reducir la iniciativa del sector privado. Su propósito es poner fin a un sistema que permite que un pequeño grupo de financieros y empresas amasen fortunas asumiendo enormes riesgos plenamente conscientes de que el contribuyente será finalmente obligado a cubrir sus pérdidas. La reforma está diseñada para reducir la exposición del contribuyente y de aquellos ajenos al sistema financiero, sin crear una economía privada libre de riesgos.

El problema político más delicado al que se enfrentan la administración y sus aliados está originado en la creciente inquietud motivada por el déficit. En esto, los Republicanos serán capaces de practicar su propia clase de política libre de riesgos. En calidad de partido en la oposición, pueden condenar los déficit, atacar al "gobierno intervencionista" en abstracto, y oponerse a subidas de los impuestos -- todo a la vez, y sin enfrentarse a las consecuencias de sus políticas puestas en práctica.

Y como toda política plausible para hacer frente al déficit a largo plazo implicará necesariamente subidas de los impuestos en alguna medida, Obama y los Demócratas se enfrentan a una desagradable elección en año electoral. Hacer suya ahora mismo una importante subida tributaria sería políticamente suicida, pero no hacerlo expone a los Demócratas a las acusaciones vertidas por los halcones del déficit que apuntan a que no se toman en serio reducir la deuda.

A corto plazo, los Demócratas pueden argumentar razonablemente que subir los impuestos o reducir drásticamente los programas antes de que la economía se haya recuperado sería una mala política. Y pueden decir que la comisión que Obama ha constituido para abordar el problema del déficit aclarará el intercambio entre subidas fiscales y recortes de los programas. Esto, a su vez, despejará el terreno a un debate más racional del déficit.

Sería bueno que las cosas salieran así. Pero hasta entonces hay por medio una campaña electoral que se caracterizará probablemente más por la indignación que por la razón, y en la que la oposición tiene la ventaja de no estar en el gobierno en un momento de enorme descontento. Sísifo lo entendería. Y Obama tendrá que acostumbrarse.

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