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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La tóxica política de la autoestima

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 5 de abril de 2010, 09:10 h (CET)
WASHINGTON - En su momento, propuse un concepto que no prosperó. Lo llamé "la política de la autoestima". Mi razonamiento consistía en que la política se destina con cada vez mayor frecuencia a hacer que la gente se sienta bien consigo misma - estimulando su percepción de la autoestima y avalando su fe en su superioridad moral. Por el contrario, la noción estándar de la política dice que la política media entre intereses e ideas enfrentadas. Los ganadores logran los beneficios económicos y los privilegios políticos; los perdedores no. Este es un momento idóneo para resucitar mi tesis obsoleta porque ayuda a explicar, creo yo, el motivo de que el debate de la reforma sanitaria se haya vuelto tan volátil.

Las dos teorías no son incompatibles. Pueden coexistir y coexisten. Durante el ejercicio fiscal 2010, el gobierno federal distribuirá alrededor de 2,4 billones de dólares en prestaciones entre los particulares. Los impuestos y las regulaciones discriminan a favor y en contra a diversos colectivos. La política modela este proceso. Pero en realidad, las diferencias entre los partidos son a menudo limitadas. Los Demócratas quieren gastar más y no quieren subir los impuestos, menos a las rentas más altas. Los Republicanos quieren bajar los impuestos, pero no quieren gastar menos. Considerables déficit presupuestarios plasman la reticencia por parte de ambos partidos a tomar las decisiones impopulares de las prestaciones de quién recortar o los impuestos de quién subir.

Teniendo en cuenta esta huida de la realidad, la agenda pública gira en torno a asuntos que se enmarcan como cuestiones morales. El calentamiento global se relaciona con "salvar el planeta". El aborto y el matrimonio homosexual apelan a valores arraigados, convencida cada parte del debate de su superioridad sobre la otra. Desde luego, el Presidente Obama puso en marcha su plan de reforma sanitaria como cuestión moral. Encarna "el principio fundamental de que todo el mundo debería disponer de cierta seguridad básica en lo que respecta a su estado de salud", como decía él al aprobar la legislación. La atención sanitaria es "un derecho"; sus detractores son, en consecuencia, menos morales.

El enfoque de Obama era políticamente necesario. Por simple cálculo de beneficios, su propuesta se habría estrellado. Puede que 32 millones de estadounidenses tengan cobertura sanitaria - el 10 por ciento de la población. Otras disposiciones añaden algo a los beneficiarios en general. Pero aún así, para la mayoría de estadounidenses, la ley no cambia nada. Puede imponer un gasto: impuestos más altos, listas de espera para las consultas.

La gente lo apoyó porque pensaba que era "lo correcto"; ello les hacía sentirse bien consigo mismos. Lo que obtienen fruto del trámite es lo que yo llamo "beneficios psicológicos". Los beneficios económicos están destinados a enriquecer a la gente. Los beneficios psicológicos procuran que la gente se sienta moralmente por encima y superior. Pero este énfasis a menudo eclipsa las realidades prácticas y sus condiciones. Por ejemplo: los que no tienen seguro reciben ya una importante atención médica, y no está claro lo mucho que tener seguro va a mejorar su estado de salud.

Depurar las dudas morales de la política es indeseable e imposible en la misma medida. Pero la actual tendencia a convertir cada polémica en un enfrentamiento moral resulta divisiva. Una forma de consolidar la autoestima de la gente es elogiarla como inteligente, desinteresada y virtuosa. Pero una forma más fácil es retratar a "la otra parte" como escoria: contra más canallas son "ellos", más superiores seremos "nosotros". Esta lógica rige el debate político tanto entre la izquierda como entre la derecha, especialmente el debate radiofónico, los canales del cable y la blogosfera.

A diferencia de los beneficios económicos, los beneficios psicológicos se pueden promulgar sin pasar por el Congreso. La simple conversación obra el milagro. La estridencia y la mala baba son la divisa del mecanismo. La otra parte no puede estar equivocada simplemente. Tiene que ser mala, egoísta, racista, antipatriota, inmoral o simplemente imbécil. La cultura de la superioridad moral reina a lo largo de todo el espectro político. Las salidas de tono de uno alimentan las de otro. La polarización política se agrava; el compromiso se aleja paulatinamente. ¿Cómo puede alguien negociar si la otra parte es tan radical?

Los peligros son evidentes, como los politólogos Morris Fiorina y Abrams Samuel detallan en su obra "Desconexión: la descomposición de la representación en la política estadounidense". Valiéndose de encuestas, demuestran que la polarización está más presente entre la elite (funcionarios electos, activistas, periodistas) que entre la opinión pública en general. Alrededor del 40 al 50 por ciento de los norteamericanos normalmente se califica de "moderado". Por el contrario, los activistas políticos tienden a identificarse como "muy progresista" o "muy conservador". Pero es la clase política de los activistas la que "domina la formulación de la agenda política" y determina "cómo se desenvuelve el debate".

Se manifiestan varias "desconexiones". La política que parece demasiado crispada aliena a los votantes. O el Congreso responde al "electorado" del partido apasionado e implanta importantes programas sin amplio apoyo. Esto sucede con la reforma sanitaria. Una nueva encuesta USA Today/ Gallup descubre un tibio respaldo: el 40 por ciento de los encuestados cree que la sanidad del país va a mejorar, pero el 35% piensa que empeorará (el resto opina que no habrá cambios); el 35 por ciento cree que (BEG ITAL)su(END ITAL) propio plan de salud empeorará y sólo el 21 por ciento piensa que mejorará; el 50 por ciento espera un mayor coste que antes de aprobarse el anteproyecto, sólo el 21 por ciento espera un menor coste.

La política estadounidense satisface el deseo natural de la población de tener buena opinión de sí misma. Pero al hacerlo, a menudo sacrifica objetivos prácticos y siembra el rencor que genera el descrédito del sistema político y la administración. El riesgo definitivo reside en que la tóxica polarización de la elite se contagie al país en general.

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Esta columna será publicada en Newsweek.

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