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Regenerarse o morir

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 4 de abril de 2010, 15:43 h (CET)
Por enfermiza debilidad moral, y sólo por eso, nuestra sociedad se ha convertido en el estercolero que es, una sentina donde se promueven a los puestos dominantes a toda clase de excrecencias sociales –buenas para nada y mucho menos como ejemplos- y donde la legislación se ha convertido en una garantía excesiva de protección de los verdugos que abandona a su suerte a las víctimas. Nuestra sociedad actual, en definitiva, ha demostrado su absoluta incapacidad de regeneración, y por ello mismo es más que probable que le cueste su propia continuidad, no sólo por no saber remediar en lo más mínimo los males que nos afligen, sino por favorecer la proliferación de los perversos hasta convertir nuestros ámbitos en nada más que un remedo del infierno.

Las leyes no deben ser vengativas, pero sí justas y aleccionadoras, o, cuando menos, muy disuasivas. Si las penas son menores que el daño infligido, se puede considerar sin temor a yerro que las autoridades están primando el delito, cosa que está sobradamente constatada con la noñez legalista que nos embarga. Las penas, para que lo sean, necesariamente han de repercutir en el infractor en un mal muchas veces el daño perpetrado, siendo así la única forma en que quien se vea tentado de hacer un daño a un semejante se vea inducido a pensárselo muy bien antes de perpetrarlo. Sin embargo, esto es algo que no sucede, y nos duele el alma comprobar cómo quien ha matado, en unos meses o unos años está libérrimo como los santos pájaros, listo para perpetrar otro crimen, y quien a robado a todos o a algunos, se encuentra igualmente libre de cargos en un corto periodo de tiempo… y con todos los dineros usurpados a su completa disposición y para su disfrute. Nuestro sistema legal es repugnantemente consentidor con los perversos, y hoy presenciamos impotentes cómo toda una legión de corruptos, pedófilos, criminales, asesinos y ladrones campean por sus fueros haciéndose dueños de la sociedad, entretanto nos mantienen cercados en el pánico.

Sólo mi absoluta desconfianza en los hombres me impide defender la pena de muerte, en la que ciegamente creo, para todos esos criminales, pues que si los potencialmente condenados se merecen sin duda alguna esta pena –y aún se me hace leve-, la arbitrarían otros hombres, y, jueces o no, por ello mismo poco confiables. Sin embargo, no parece que quien haya quitado la vida a otro semejante, y tanto más cuando éste era un niño, un indefenso o se han empleado métodos extremadamente crueles para terminar con su vida, pueda salir airoso a la vuelta de unos años, entretanto su víctima sigue muerta y bien muerta, habiéndola privado de todo cuanto tenía o podría haber llegado a tener, incluidos todos sus descendientes. Demasiados casos hay hoy de criaturas abyectas que, poco importa por qué razón, dieron cruenta muerte a algunos ángeles, y tantos otros que, además, se niegan por ventaja legal a confesar dónde sepultaron los restos mortales de esas criaturas; y esos baldones para la especie, sin embargo, gozan de toda suerte de privilegios, viven, respiran, gozan, tienen relaciones con otros seres humanos… ¡y hasta les damos trabajo y dineros!, ante la impotencia, la indignación y la rabia de cualquier persona de bien. No es que no merezcan el aire que respiran –que no lo merecen- ni siquiera tengan a derecho alguno -que se lo niego radicalmente por no ser personas-, sino que es un imperativo social que cada minuto del resto de sus vidas lo pasen en la más absoluta tiniebla y soledad, meditando profundamente sobre las consecuencias de sus actos o, si su humanidad está tan perdida como parece en casi todos los casos, purgando el descomunal daño que han perpetrado. Quien se ha mostrado enemigo de la vida, no debe ser reintegrado en la vida. Ser condescendiente con ellos, es ofrecerles nuevas víctimas –tal vez a nuestros propios hijos- no sólo por cuanto está demostrado que quien tiene esas propensiones perversas no se redime por sí mismo, sino porque promociona y promueve que otros desquiciados de retorcida alma se crezcan y osen satisfacer su perversión a costa de todos nosotros.

La única forma que tiene de regenerarse la sociedad es cercenando las alas de la perversión y castigando sin melindres a los perversos, especialmente cuando las víctimas y objetivos de éstos son nuestros cachorros, nuestras crías, nuestros niños, nuestro futuro. Hago extensiva esta postura a todos los delitos, especialmente si afectan a cargos públicos, pero todos a mucha distancia de los que afectan a la infancia. Asumo de antemano que muchos de mis congéneres consideren esta postura como radical y aún como fascista, pero lo asumo como un título, como un mérito. Nuestra actual sociedad se muestra tambaleante entre el hurto, la corrupción y el crimen más espantoso, y no parece capaz de regenerarse a sí misma; pero, desde luego, no es así, ni con mi connivencia, ni con mi anuencia ni con mi indiferencia. Mostrarse combativo para extirpar quirúrgicamente las células irremediablemente enfermas de nuestro tejido social, me parece que no sólo merece la pena cargar con semejantes epítetos, sino que todos debiéramos tener la osadía de implantarlos. Regenerarse o morir. Exterminar la perversión, en fin, es dar larga vida a la virtud: ambos términos antitéticos no pueden subsistir en el mismo ámbito sin que uno lo haga a costa del otro, y, hoy por hoy, la virtud, la inocencia y la infancia tienen las manos legalmente atadas, ofreciéndoselas los perversos poderes a los criminales como víctimas propiciatorias.

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