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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La convicción de los verdaderos creyentes

Edward Schumacher-Matos
Edward Schumacher-Matos
sábado, 3 de abril de 2010, 08:41 h (CET)
BOSTON - "Todo hombre está condenado a la libertad", escribió el filósofo francés Jean-Paul Sartre.

Un producto de la modernidad es que disponemos de muchas opciones. Donde nuestra identidad antes se heredaba, ahora elegimos y desechamos religiones, etnias, políticas y profesiones a voluntad.

La comodidad de poner nuestra vida en manos del destino empezó a extenderse con la Reforma, y desde entonces la libertad progresiva se ha traducido en una incertidumbre progresiva. La temática constante es: ¿Quién soy? Para sobrevivir, según el psicólogo León Festinger, la mayoría de nosotros tratamos de evitar la "disonancia cognitiva" de las opciones que se abren a nuestras creencias. Escogemos los amigos, los artículos y los blogs con los que estamos de acuerdo.

Pero como escribían el año pasado el sociólogo de la Universidad de Boston Peter Berger y el filósofo holandés Anton Zijderveld en su perspicaz y académica obra "Elogio de la duda", la tendencia fomenta dos polos. Uno de ellos es el trastorno de la anomia, o no retener nada. El otro es el absolutismo, o ser fanático de un par de cosas.

Este absolutismo nacido de la modernidad y las elecciones libres forma parte de lo que vemos desarrollándose en la sociedad hoy, dicen. En su forma más extrema, la reacción es violenta, como la ola de delitos de odio contra los inmigrantes, las amenazas de muerte vertidas contra congresistas tras la votación de la reforma sanitaria o el presunto complot de los integrantes de una milicia religiosa anti-gobierno con intención de asesinar a funcionarios de las fuerzas del orden.

Pero lo vemos también en la virulencia descontrolada de los debates en la red y las tertulias radiofónicas, y en el fundamentalismo del movimiento de protesta fiscal que, en su exigencia de pureza ideológica, no es muy diferente a los grupos radicales aparecidos a lo largo de la historia. En lugar de ser tratados como detractores a respetar, los depositarios de la discordia son deshumanizados como "infieles", "pecadores" o "socialistas".

Se han registrado períodos de mayor violencia. Los disturbios raciales de la década de los 60 son un ejemplo, por no hablar de la Guerra Civil. Pero la polarización política actual en Washington es tan extrema que la Brookings Institution difundía el mes pasado un informe que afirma en su introducción: "Nuestro mecanismo de gobierno está averiado". En una reciente encuesta CNN/ Opinion Research, el 86 por ciento de los estadounidenses se mostraba de acuerdo.

Pero los líderes Republicanos defienden o hacen la vista gorda a las flagrantes provocaciones como que Sarah Palin colgara en Facebook un mapa de los distritos electorales con una mira de escopeta en los de los 20 Demócratas que votaron a favor de la reforma sanitaria.

Los Demócratas se han portado mal en sentidos diferentes. Berger y Zijderveld, cristianos devotos, observan que el relativismo moral que impera entre gran parte de la izquierda es otro fundamentalismo que traiciona la responsabilidad de tomar decisiones al afirmar que todo vale. Parte de la elite intelectual de la izquierda, rebosante de cinismo, es tan fundamentalista en su apoyo al multiculturalismo que niega los valores estadounidenses y se apresura a deshumanizar a sus detractores como "paletos" y "nativistas".

Sin embargo, cuando Barack Obama abordó la cuestión legítima del miedo cultural entre los blancos de clase obrera durante su campaña electoral, fuera atacado desde todos los frentes de la derecha por elitista.

Berger y Zijderveld instan a resucitar la duda como elemento respetado de la religión y la política. No me refiero a la duda tanto como a estar moral o políticamente paralizado. Pero hasta las verdades religiosas, dicen ellos, precisan de la duda saludable y del cuestionamiento constante para sobrevivir y prosperar.

Como dijo Peter Ustinov en una ocasión: "Las creencias es lo que divide a la gente. La duda es lo que la une".

Siempre vamos a desconocer muchas verdades, dicen Berger y Zijderveld. Una de ellas es la naturaleza de Dios. Otra es el momento en que un feto se convierte en un ser humano real. Todas las partes del debate del aborto por tanto tendrían que mostrarse menos absolutistas.

En política, Berger y Zijderveld instan a la moderación y la empatía con la naturaleza humana como valor universal. Esto conduce a la defensa de la democracia liberal y la libertad individual. También condena la tortura y la pena de muerte como violaciones de la dignidad humana y de la regla de oro.

Su principio rector es lo que Max Weber llamaba "la ética de la responsabilidad". Esto significa hacer hincapié en el resultado de las acciones a consideración, y no valerse de "la ética de la postura" o de "fines absolutos" basados en certezas predeterminadas. Las exigencias Republicanas de adhesión estricta a los principios ideológicos se enmarcan en este último apartado.

Los verdaderos fieles cuentan con la ventaja de la convicción en el debate, pero la inteligencia se decanta por la parte de la tolerancia y la humildad. El absolutismo recurrente en la historia norteamericana se debe sobre todo a Calvino, el clérigo radical cuya teología formó a los puritanos. Pero hay que recordar que Calvino instauró una dura teocracia en Ginebra no muy diferente a la de Irán hoy. A duras penas puede servir de fuente política inspiradora.

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