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La feria de los gusanos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 2 de abril de 2010, 08:15 h (CET)
Jamás creí que llegaría el día en que estaría de acuerdo con un juez, pero debo confesar que la promulgación del auto que judicial que imputa al señor Mata incontables delitos sobradamente conocidos por todos, incluido su propio Partido, me ha devuelto alguna brizna de fe en los hombres y su capacidad de regeneración. No en todos, no; sólo en algunos. Decir, en nuestra corrupta sociedad, que el señor Matas acudió a declarar al juzgado con el propósito de reírse de todos los españoles, no es sino constatar documentalmente un suceso que acaece día y noche en gran parte de los nefastos personajes que dirigen el destino de nuestro país, y, sobre todo, un acto de valentía sin parangón.

Sin embargo, sería un error caer en la creencia que por un juez coherente y aparentemente justo se recobrara la fe en la judicatura, como sería injusto que por una sentencia injusta se perdiera la fe en ella. No conviene olvidar que la inmensa mayoría de las condenas serán lo que sean, menos justas, que son manifiestamente escandalosas en gran número y que la sociedad sigue infestada de corrupción y tramposos a todos los niveles, pero especialmente en los más altos. En este orden, el señor Matas no es sino, lamentablemente, uno más entre muchísimos, y pocos miembros de la clase política hay, a mi entender, que tengan las manos limpias, como pocos hay entre los poderosos que puedan mirar a sus semejantes con mirada clara y conciencia tranquila. La corrupción siempre ha existido desde que el hombre aprendió a ser tramposo, pero jamás estuvo tan institucionalizada como desde el arribo de los años 80, todos los españoles sabemos traída e implantada por qué sabio.

En estos días hemos visto no sin rabia cómo algunos medios han retrotraído al presente discursos de ayer del señor Matas, en cuales éste abogaba pomposamente por la transparencia, la honradez y la lucha contra la corrupción. El cinismo más recalcitrante es la moneda de cambio habitual, me temo, de la generalidad de nuestros políticos –demasiado acostumbrados estamos a este tipo de declaraciones de “tolerancia cero con la corrupción” mientras nos devoran los gusanos-, y pocos hay que si son investigados con la profundidad de éste no terminen forzosamente en galeras. Hay una panda de golfos apandados que han tomado España al asalto, que se sirven de ella y de Juan Español como si fueran su dominio, su cortijo y sus esclavos, y viven ostentosamente sintiéndose a salvo de toda ley y de toda justicia, quizás porque son ellos quienes compran y venden jueces y fiscales con sus designaciones áulicas y sus trapicheos. Son los nuevos amos, los que no podrían ni con mucho justificar sus posesiones y haberes, los que mienten en sus declaraciones públicas de patrimonio y los que vocinglean a favor de la honestidad y la transparencia mientras se llevan los dineros de todos a paletadas a los paraísos fiscales que dicen combatir, los que ponen la mayor parte de sus intereses bajo nombres de sociedades falsas, tercereadas o de testaferros y los que ostentan de palacios, mansiones o pisos de superlujo para sí o sus vástagos, conceden multimillonarias subvenciones a sus nenas, promueven amiguetes en obras y licitaciones, encargan los asuntos públicos a sociedades amigas que pagan estupendas comisiones y aún los que cobran a las empresas que intervienen las macroobras de infraestructuras aquellos famosos del tres o el cinco por ciento de cuando lo de El Carmel, pero en plan nacional, y aquí no pasa nada ni interviene ninguna clase de juez de la categoría de éste que ha puesto contra las cuerdas al señor Matas.

La corrupción ha empañado en nuestra modernidad desde el nombre del Banco de España a la Dirección de la Guardia Civil, desde el nombre del BOE al de RTVE, desde el Ministerio del Interior a las Presidencias de esas tan costosísimas como inútiles Comunidades Autónomas –reinos de taifas contrarios a los intereses nacionales-, y desde los propios partidos políticos a la práctica totalidad de las Instituciones nacionales o locales. Pocos, muy pocos se salvan de la quema, y en este ámbito es de temerse que los propios partidos políticos estaban en el ajo, pues que es imposible que se perpetren semejantes saqueos y se pavoneen sus miembros con semejante ostentación sin que los comités centrales de éstos no estén al tanto…, y tan vez reciban su parte en especies.

Es indispensable, por la salud política patria y por la credibilidad que deben inspirar en los ciudadanos, que toda esta caterva de dioses de plastilina sean inspeccionados meticulosísimamente por la Justicia y por Hacienda, que justifiquen cada céntimo, cada ladrillo, cada escobilla del baño. Es intolerable que Hacienda se dedique a perseguir autónomos o los jueces a inocentes, mientras los grandes, enormes, colosales mangantes, están dirigiendo los destinos de España y sus ayuntamientos, y sus amiguetes levantando las infraestructuras a muchas veces su valor de mercado. Y que se aplique la Ley de Partidos, pues que muchos parecen haber sido armados para llevarse muertos los dineros de todos, que es otra forma de terrorismo. Terminemos de una vez con la feria de los gusanos que nos devora: es el momento de la regeneración.

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