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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La desesperación

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 1 de abril de 2010, 07:48 h (CET)
El reverso de la moneda cuya cara es la esperanza, es la desesperación. Todos entregamos una moneda a Caronte para que tras nuestra vida nos cruce la laguna Estigia; pero esa moneda es la que recibimos al nacer, allá por cuando Layela nos hace beber de las aguas del Río del Olvido y nos sella los labios con su dedo. Con esa moneda, que representa nuestros dones y nuestros obstáculos –todos nacemos al menos con un don del que servirnos (cara) y con un defecto al que combatir (cruz)-, debemos plantear la vida, sortear sus dificultades y tratar de alcanzar la realización de nuestras aspiraciones, multiplicando los haberes originarios.

Nuestra sociedad no se caracteriza precisamente por la clemencia. Se podría aseverar, incluso, que es la impiedad su rasgo principal, y su ámbito una suerte de estanque donde todos nos conducimos como tiburones y donde el que sangra es devorado por los demás. No; no tiene nada que ver con la sociedad espiritual que algunos ilusos rezan en su Fe, ni siquiera tiene nada en común con la sociedad patriótica que otros quisieron construir como un conjunto de seres con idénticos propósitos y oportunidades, sino que es más una suerte de masa informe y caprichosa que crea aliados o enemigos por momentos o por causas tan aleatorias como transitorias, convirtiendo a las personas lo mismo en socios que en adversarios. La mano que dejosa hoy regala caricias de amor, puede ser la que exterminará mañana a la prenda de sus anhelos.

No hay lealtad entre competidores, y nuestra sociedad está marcada por la competencia. Una rivalidad de todos contra todos, donde los débiles o los demasiado honrados sólo pueden jugar el papel de víctimas. Nada absolutamente hay de justo en nuestra sociedad, y basta para comprobarlo con reparar en quiénes son los referentes sociales, quiénes acumulan las riquezas y a quiénes sonríe la diosa fortuna. Lo mejor, desde luego, no está en lo más alto, sino que frecuentemente está dominada la cumbre por el más tramposo, el más corrupto o el más indeseable. Muchos, la mayoría, aceptamos esta circunstancia como una de las características del juego vital, cuyo tablero han inclinado los perversos a su favor; pero algunos otros no pueden evitar sentirse permanente desesperanzados, excesivamente acosados, cruelmente utilizados, sádicamente vejados…, y buscan soluciones expeditas a un sufrimiento demasiado intenso con un alarido colosal en forma de suicidio que, sin embargo, ni siquiera será escuchado por sus semejantes o producirá en el ellos el menor estremecimiento.

Nuestra sociedad de tiburones es insensible por completo a la tragedia cotidiana de estos miles de personas que cada año ponen fin por su propia mano a sus vidas, muchos de ellos nada más que niños. El espejo en que nuestras pervertidas autoridades cada día nos fuerzan a mirarnos sólo refleja infaustos frikis como modelos, deplorables personajes, lo malo y lo peor, y una corrupción absoluta de todas las virtudes como signo y señal de nuestro orden más íntimo. A tenor de lo que nos obligan a admirar, de nada valen las capacidades o los dones –más allá de ser tramposo o miserable como una virtud-, ni de nada sirve esforzarse por mejorar. No es el mejor el que triunfa, ni siquiera el mediocre. Nada importan los demás, sino como herramienta, y tal vez como recurso que otros utilizan, dando vuelta a su moneda y poniéndola del envés.

El suicidio es más que una tragedia: es un alarido desgarrador de un hermano que sufre, y que con su acto terrible nos grita nuestras horribles fealdades, “las bárbaras, terribles, amorosas crueldades” que nos refirió Celaya cuando también su alma enfermó de desesperanza. Nada nuevo, sin embargo, a pesar de que la cifra de los desesperados que presentan su renuncia a la vida crece sin cesar, porque ni siquiera hablar, gritar, aullar, sirve de nada o remedia algo. Incluso la sociedad esconde como la pelusa a sus suicidados bajo la alfombra, disimulándolos con los arabescos de una apariencia decorativamente moderna, un poco lo mismo que los propios parientes de aquellos que no tuvieron fuerzas suficientes para seguir soportando a los cainitas, quién sabe si hasta indultándolos con su silencio de un pecado que, lejos de ser suyo, es nuestro, de todos los que por activa o por pasiva hemos construido la sociedad de los necios. Por mi parte no puedo sentir sino rabia, no hacia a ellos, sino hacia nosotros que lo hemos propiciado. Sé que si llegaron a desembocar en la tragedia fue porque no tuvieron fuerzas para soportar lo excesivo..., y ninguno de nosotros estuvimos a su lado. Tal vez, incluso su decisión fue un acto de amor póstumo, fueron gritos en el cielo de lo que en la tierra fueron actos, parafraseando a Celaya. Gritos que retumbarán siempre en nuestros silencios.

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