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Opinión
Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Fidel Castro  

Rita, Fidel y los podemitas bolivarianos

“Vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intolerable” León Tolstoi
Miguel Massanet
lunes, 28 de noviembre de 2016, 01:09 h (CET)
Estamos dispuestos a admitir que existan diversas ideologías, por extrañas, absurdas o inconvenientes que nos parezcan; aceptaremos que los haya que rechacen el capitalismo, que abracen como mejor sistema el comunismo soviético e, incluso, que piensen, como Bakunín, y escojan, como sistema político ideal, aquel en que cada cual sea el que se organice como le parezca su manera de vivir, rechazando cualquier tipo de autoridad o gobernante que intente imponerles leyes o normas de conducta que les pudieran menoscabar lo que pudieran entender como sus libertades, en cuanto a individuos independientes. Lo que ya nos es imposible de aceptar es que los haya que practiquen, utilicen o pretendan aplicar el sistema de la doble vara de medir, cuando se trata de juzgar, valorar o imponer obligaciones a aquellos que son de su misma ideología o pertenezcan a su mismo grupo político o, por el contrario, se trate de juzgar a personas con las que no coinciden en su modo de pensar, los tienen como adversarios políticos o, incluso, con los por los que sienten una especial antipatía o animadversión; provocando que, entonces, se actúe en su perjuicio, de forma distinta o contraria a la que se aplicó con respecto a aquéllos.

Estos días pasados hemos tenido la ocasión de ver cómo, en dos casos en los que se producido el fallecimiento de dos personalidades de la política, dos personas que podríamos considerar como antitéticas, tanto respecto a su personalidad, como a su forma de pensar e ideas políticas; lo que nos ha permitido observar cómo han reaccionado determinadas formaciones de distinto talante ideológico, en cada uno de los casos; teniendo en cuenta que, uno de ellos, era un conocido personaje de las derechas y, el otro, un carismático revolucionario de la república cubana. El fallecimiento de la ex alcaldesa valenciana, Rita Barberá, ha dado motivo a que, las distintas fuerzas políticas de derechas y de izquierdas, tuvieran ocasión de dejar a la vista sus evidentes contradicciones; de modo que, cada una de ellas, haya mantenido un enfoque distinto sobre el tema, de acuerdo con sus especiales y particulares concepciones sobre el tratamiento que se le debía dar a la persona fallecida.

Podemos, del señor Pablo Iglesias, no tuvo la más mínima consideración hacia la política fallecida cuando, en el momento que la presidenta del Parlamento pidió un minuto de silencio en homenaje a la señora Barberá, todo el grupo de Podemos en pleno, con su líder al frente, abandonaron el hemiciclo como muestra de rechazo a aquel acto de homenaje. No contentos con ello, muchos de los comunistas seguidores de Podemos e IU, se mostraron en Twitter como personas intolerantes, impresentables, desalmadas y rencorosas, olvidándose de que hablaban de una persona con una trayectoria de 24 años en la alcaldía de Valencia elegida, cada vez, por mayoría absoluta; lo que, como es evidente, dice mucho en su favor y habrá pocas personas, en España, que puedan exhibir semejante palmarés. Claro que, también en su propio partido los hubo que, cuando llegó el momento de romper una lanza en su favor, prefirieron esconder la cara y dejar que la mujer tuviera que afrontar sola el calvario al que la sometieron sus adversarios.

Pero si nos volvemos hacia lo que ha sido el espectáculo que se ha montado con el fallecimiento de Fidel Castro, la cantidad de tinta que se ha utilizado en sus panegíricos, la importancia que le han dado la mayoría de medios de comunicación mundiales y las horas y horas que las TV han dedicado a la persona de este personaje que, cuando inició su revolución contra el corrupto Fulgencio Batista negó que la rebelión fuera comunista, presentándose como un defensor de la democracia en Cuba y, cuando le convino, no dudó en mostrase como el más fervoroso comunista estalinista, amigo de la Unión Soviética, doctrina que no dudó en implantar en la república cubana cuando consiguió vencer a su adversario en el poder. De revolucionario y defensor del pueblo cubano, pasó a convertirse en su dictador, en su opresor y en su vigilante, convirtiendo los 57 años de su gobierno en verdaderos periodos en los que muchos cubanos sufrieron en sus carnes los métodos poco ortodoxos de la policía política, las detenciones ilícitas, las torturas, los asesinatos, los abusos y las limitaciones de las libertades. Es cierto que mejoró la enseñanza, que hubo mejoras sociales y que, en un principio, el pueblo cubano salió beneficiado; pero todo esto duró poco y de los millones de toneladas de caña de azúcar recolectadas en los primeros años, hoy en día apenas se logran 1.500.

Una revolución no tiene mérito si, para conseguir el bienestar del pueblo, un nivel de vida aceptable y unas libertades democráticas, se necesiten 57 años y todavía resulte que, una gran parte del país, vive en la pobreza, con una economía con un retraso de varias décadas y sin una estructura industrial capaz de impulsar la prosperidad del pueblo cubano, que hoy en día se basa, mayoritariamente, en los ingresos que reciben del turismo, a cuyo efecto tienen montado una especie de escenario del que no permiten que nadie pueda salirse con el objeto de que no se den cuenta de que, más allá de aquel decorado, no hay más que escasez y pobreza.

Bien, señores, las alabanzas, los pésames, los panegíricos, las lamentaciones o los recordatorio que, desde todos los rincones del mundo donde reina el comunismo internacional, especialmente de países como Venezuela, China, Rusia, y todo el resto de naciones de América del Sur, la mayoría de ellas gobernadas por regímenes dictatoriales, han entonado a coro clamores de reconocimiento, agradecimiento y elogios al jerarca cubano, de cuyas ubres se amamantaron la mayoría de ellas, importando el comunismo extremo que Castro supo implantar en su pueblo natal, con tan infaustos resultados. En España, a diferencia de la actitud grosera, ofensiva, inhumana, burda y patética con la que trataron el fallecimiento de la señora Rita Barberá; los señores de Podemos se han deshecho en todo tipo de piropos, reconocimientos, defensas, alabanzas y elogios hacia Fidel Castro y su régimen estalinista. Algunos hemos llegado a pensar que es conveniente que cada partido se retrate y que, en casos como el comentado, se vea quienes se limitan a actuar con cortesía, sin exageraciones, como ha sido el caso del Gobierno de España y otras naciones y los que no pueden impedir dejar traslucir, en sus palabras, cuales serían, si llegaran a gobernar, los métodos, las medidas, los recortes y las limitaciones de derechos que nos impondría la dictadura que se esconde detrás de sus aparentes intenciones democráticas. Ya no caben engaños y, gracias a Dios, todos sabemos, en nuestro país, quién es que nos engaña y quien nos dice la verdad.

Así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no nos cabe la menor duda de lo que nos esperaría en España si, en algún momento de nuestra Historia, estos regímenes totalitarios llegaran a conseguir ocupar el poder, destruir nuestra, todavía incipiente, democracia y tuviéramos la desgracia de que nos llevaran de vuelta a aquellos infaustos tiempos en los que, el Frente Popular de la II República española, cayó en manos de aquellos insurrectos ácratas que recorrían las calles de las ciudades de Barcelona, Madrid y Valencia, armados hasta los dientes, para ir en busca de aquellos ciudadanos a los que se les suponía de derechas, católicos, religiosos, empresarios etc., para irrumpir en sus moradas, maltratarlos, robarlos, detenerlos y, en la mayoría de los casos, asesinarlos o llevárselos a las famosas checas en las que, después de torturarlos, se los mataba sin la más mínima consideración. Estos sujetos de Podemos con su chulería, sus formas bruscas y modales soeces, sus propuestas totalitarias y su política comunista bolivariana, no son más que clones actualizados de todos aquellos que dieron lugar, con sus barbaridades y crímenes, a que acabara estallando la Guerra Civil de 18 de julio del 1936. Algunos debieran informarse sobre lo que ocurrió entonces para evitar repetirlo.
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