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Tags: Opinión · La linterna de diógenes · Luis del Palacio
La espada de Damocles


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
martes, 30 de marzo de 2010, 09:12
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El atentado de ayer en el metro de Moscú pone otra vez de manifiesto lo inseguro que es vivir en una gran ciudad. La amenaza terrorista pende sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles, y es inevitable tener que reconocer que casi nada puede hacerse para prevenir esa epidemia de muerte y destrucción que brota cuando menos se espera, en cualquier lugar y a cualquier hora. Las engorrosas medidas de seguridad en los aeropuertos y muchas estaciones de tren (en estas últimas no existe un criterio único dentro de la Unión Europea, y, por ejemplo, en Alemania no se aplican) someten al viajero a una serie de registros que son más que nada un “quitamiedos”, porque, como pudo comprobarse a finales del pasado año en un vuelo procedente de Holanda y con destino a EEUU, sólo un fallo técnico en la bomba o la impericia del terrorista evitó la catástrofe. En esta moderna “guerra de guerrillas”, tenemos de momento la batalla perdida, sobre todo cuando los asesinos están dispuestos a sacrificar sus vidas en aras de oscuras reivindicaciones.

Un atentado a una hora punta en un medio de transporte como el metro, representa un éxito seguro para quienes desean sembrar el pánico entre la población. Parece imposible ejercer un control eficaz en los accesos al suburbano sin crear un verdadero colapso que lo inutilizaría. Lo mismo puede aplicarse a los trenes de cercanías y a los autobuses urbanos: los tristes ejemplos de Madrid y Londres hablan por sí mismos.

Esa indefensión crea en el ciudadano una comprensible zozobra. Nos sabemos vigilados por innumerables cámaras de televisión. Según nos dicen (y habrá que creerlo) esa impúdica observación de nuestros más mínimos movimientos trae como consecuencia un mayor control, y por ende reducción, de los delitos comunes, sobre todo los que se perpetran contra la propiedad. No obstante, los ataques terroristas son casi tan impredecibles como las catástrofes naturales.

Esta claro que los gobiernos son incapaces de abordar un mal que tiene todas las características de una plaga. No existe servicio de inteligencia suficientemente preparado para detectar con razonable antelación la acción de los llamados “liberados” o de esas “células durmientes” que pueden vivir como ciudadanos normales hasta recibir la orden fatídica. Ese ambiente de desconfianza produce un ambiente de creciente xenofobia y da lugar a indiscriminadas “cazas de brujas”, donde la policía muchas veces actúa a ciegas, movida por un falso chivatazo que perjudica a ciertas minorías étnicas o religiosas cuyas actividades son miradas con un creciente recelo.

Los poderes públicos repiten insistentemente que no se debe dialogar con los terroristas; que sus condiciones son, desde un principio, inaceptables. Esa es su hipótesis de trabajo y conforme a ella elaboran sus estrategias…las cuales, hasta el momento, no parecen obtener resultados aceptables.

El terrorismo, provenga de donde provenga, produce los mismos efectos de devastación física y moral. Y, sin embargo, su origen es muy diverso. No es la lucha del pobre por la supervivencia; ni la de minorías supuestamente oprimidas por la independencia. Sino de algo mucho más difícil de tratar, porque se basa en dos concepciones diferentes de la propia vida: la que la enaltece como un bien inalienable y la que la utiliza para destruir la libertad de ideas: una de las cotas más altas alcanzadas por la sociedad de Occidente.

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