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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · E. J. Dionne
Cómo puede remediar el escándalo el Papa


E. J. Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
domingo, 28 de marzo de 2010, 08:26
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WASHINGTON - ¿Cómo en nombre de Dios puede superar la Iglesia Católica Romana el escándalo de pedofilia que tiene encima?

No invoco el nombre de Dios en vano. El problema de la iglesia es, sobre todo, teológico y religioso. Su dificultad principal estriba en que en lugar de valerse de sus recursos cristianos, la Iglesia ha actuado casi exclusivamente atendiendo los imperativos y normas de este mundo.

Se ha preocupado por los pleitos. Se ha preocupado por su imagen. Se ha preocupado de sí misma como institución y de la protección de sus ministros frente al escándalo público. Al hacerlo, ha enfurecido a millones de católicos indignados con razón y ha agravado cada uno de sus problemas.

Así que en vez de remitir, el escándalo sigue surgiendo, últimamente de una forma que parece desafiar al Papa Benedicto XVI en persona. Es repugnante leer la crónica del New York Times el jueves informando de que los ministros del Vaticano "no apartaron del sacerdocio a un sacerdote que abusó de alrededor de 200 menores sordos, a pesar de que varios obispos estadounidenses les advirtieron repetidamente de que no tomar medidas podría costar un disgusto a la iglesia".

En Alemania, país natal del Papa, más de 300 víctimas han salido a la luz las últimas semanas y la Canciller Angela Merkel, cuyo partido tiene raíces católicas, llamaba al escándalo "un gran desafío a nuestra sociedad".

En el caso del Reverendo Lawrence Murphy, el sacerdote de Wisconsin que abusó de los niños sordos, el Vaticano hizo lo que hace toda institución en caso de escándalo: emitir una declaración que recoge la mejor intención de sus decisiones.

"A la luz de los hechos de que el Padre Murphy tenía una edad muy avanzada y una salud muy delicada, y de que estaba viviendo en aislamiento y que no se habían presentado alegaciones de abuso en más de 20 años", dice el Reverendo Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, "la Congregación para la Doctrina de la Fe sugirió que el Arzobispo de Milwaukee considerara la posibilidad de abordar la situación, por ejemplo, restringiendo el ministerio del Padre Murphy y obligando al Padre Murphy a aceptar toda la responsabilidad de la gravedad de sus actos". Murphy, señala, "falleció unos cuatro meses más tarde sin más incidentes".

La declaración es representativa de lo que la respuesta de la iglesia tiene de malo. Es burocrática y auto-exculpatoria, llegando a pedirnos que compadezcamos a este sacerdote porque "tenía una edad muy avanzada" y "una salud muy delicada".

El portavoz declaraba el caso "trágico", pero trágico no hace justicia a la indignación a tenor. Sí, la declaración incluye el reconocimiento a las "víctimas especialmente vulnerables que han sufrido terriblemente por lo que (Murphy) hizo", y que se había violado su "misión sagrada". ¿Es esto lo más que puede hacer el Padre Lombardi?

Durante su visita a los Estados Unidos en 2008, el Papa Benedicto XVI comenzó a maniobrar hacia un mejor enfoque. Parecía genuinamente dolido y enfurecido por el escándalo. En repetidas ocasiones se disculpó y dijo estar "profundamente avergonzado" por los sacerdotes pederastas que habían "traicionado" su ministerio.

Pero aunque esto fuera un paso en la dirección correcta, pedir disculpas por el mal comportamiento de los sacerdotes individuales nunca será suficiente. La Iglesia se ha mostrado reacia a hablar con claridad del corazón de su problema: al gestionar estos casos, ha antepuesto la autoprotección institucional.

La Iglesia tiene que demostrar que comprende los defectos de su cultura interna haciendo su propio examen de conciencia, examinando sus propias prácticas, sus propios gestos al enfrentarse al desafío. Como enseña con acierto la Iglesia, reconocer la verdadera naturaleza de nuestro pecado es el único camino a la redención y el perdón.

Por supuesto, esto no será fácil. Los enemigos de la Iglesia van a utilizar este escándalo para desacreditar a la institución, con independencia de lo que haga el Vaticano. Muchos entre la jerarquía pensaban estar haciendo lo correcto, al margen de lo erróneas que fueran sus decisiones. Y la Iglesia no es la única institución que se enfrenta a problemas de esta índole.

Pero la actitud defensiva y la autoprotección institucional no son los valores del Evangelio. "Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la hallará".

La Iglesia tiene que aparcar un momento los abogados, los especialistas en relaciones públicas y sus peores tendencias, que son instintos humanos. Benedicto XVI podría pasar a la historia como uno de los Papas más grandes si estuviera dispuesto a arriesgarlo todo en nombre del examen institucional, la honestidad pública dolorosa pero liberadora, y la verdadera penitencia.

Y luego viene algo más difícil: especialmente durante la Cuaresma, la Iglesia enseña que el perdón nos obliga a tener "propósito de enmienda". La iglesia tendrá que demostrar no sólo que ha aprendido de este escándalo, sino también que está verdaderamente dispuesta a transformarse.

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