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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · E. J. Dionne
¿Se levantarán los verdaderos conservadores?


E. J. Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
jueves, 25 de marzo de 2010, 01:20
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WASHINGTON - Cada nación necesita una forma inteligente y constructiva de conservadurismo. El debate del proyecto de reforma sanitaria, que felizmente llegó a puerto la noche del domingo, no marcó el mejor momento del conservadurismo estadounidense.

En su encarnación actual, el conservadurismo ha monopolizado la indignación amarga. Está atrapado en un pseudo-populismo del que el verdadero conservadurismo debería desconfiar - ¿qué demonios habría dicho Bill Buckley de aquello de los "tribunales de eutanasia"? El credo está atrapado en una sospecha permanente hacia toda reforma contra la que siempre advirtieron los conservadores de la variante Edmund Burke. El auténtico conservadurismo es algo diferente.

Los conservadores, por supuesto, sospechan con razón que cuando la izquierda recomienda "el buen papel" que debe ocupar la derecha, por lo general es que quiere imponer un credo que en la práctica no desafíe realmente ninguno de los fundamentos progresistas.

Sin embargo, en los últimos años he escrito con respeto y cierto afecto por los conservadores y sus pensadores y columnistas porque estoy convencido de que el conservadurismo desafía la forma de ver el mundo de los progresistas en tres sentidos por lo menos que son indispensables.

En primer lugar, los conservadores desconfían de la innovación y por tanto someten cualquier gran plan a un interrogatorio sin piedad. Su pregunta fundamental es algo así: puede que usted crea que este nuevo plan sanitario (o educativo o medioambiental) es una idea genial, señor izquierdista, pero ¿funciona realmente? ¿Cuáles son sus consecuencias imprevistas? ¿Podrán implantarlo nuestras instituciones públicas? No todas las ideas progresistas superan la prueba. En el debate sanitario, los conservadores se lucieron siempre que prescindieron de la demagogia y plantearon preguntas prácticas y específicas.

En segundo lugar, los conservadores respetan las viejas costumbres y hábitos. No siempre tienen razón al hacer esto. La segregación racial y la discriminación son buenos ejemplos de "viejas costumbres" moralmente erróneas. Pero cierto respeto a lo que el escritor conservador Russell Kirk llamaba "tradición" y "convención" apela a algo profundo en el corazón humano.

Nuestros hábitos son producto de la época que vivimos, cimentados sobre la sabiduría lentamente adquirida de nuestros antepasados. Es por eso que la tradición no debe descartarse a la ligera. No hay que ser conservador para convenir con Kirk en que costumbre y convención "son mecanismos de control del impulso anárquico del hombre y del apetito de poder del innovador en la misma medida".

Vale la pena recordar que no sólo los detractores acérrimos de Hitler incluían a la izquierda alemana, sino que como ha insistido el historiador John Lukacs, los conservadores tradicionalistas estaban aterrados ante la forma en que los Nazis hacían pedazos la sociedad alemana y la forma en que trataban a los demás seres humanos.

A tenor de esto surge la tercera gran contribución del conservadurismo: la desconfianza de la naturaleza humana y la creencia de que los seres humanos no pueden ser remodelados como si fueran arcilla. Los conservadores ven el lado oscuro de la naturaleza humana descrito normalmente en términos del pecado original. Y cuando los utópicos proponen crear un hombre nuevo o una mujer nueva, el conservador por lo general grita: ¡Alto!

La naturaleza humana en realidad no cambia de generación en generación. Los esfuerzos por alterarla conducen normalmente a formas totalitarias de catástrofe política y social.

Una sociedad que no puede tener presentes estas advertencias conservadoras es probable que acabe teniendo problemas. Sin embargo, nuestras actuales formas de conservadurismo parecen integralmente anticonservadoras o, en palabras de Peter Viereck en la década de los años 50, "pseudo-conservadoras", lo cual es aliado del pseudo-populismo.

No es sólo que la multitud que se congregó frente al Capitolio a gritar epítetos a los legisladores Demócratas antes de votar la reforma faltara al respeto a las propias normas que predica el conservadurismo. También es que la utopía, por lo general un peligro para la izquierda, ahora es endémica de la derecha.

Muchos de los que se llaman conservadores proponen dejar de lado hasta los programas públicos que han resistido el paso el tiempo. Al parecer imaginan un mundo en el que el gobierno se difumina progresivamente, una fórmula sacada de Friedrich Engels, no de Buckley. O se condicionan por contradicciones rebeldes, afirmando simultáneamente estar totalmente en contra de la sanidad pública y ser apasionados defensores de Medicare.

Y mientras que el conservadurismo moderno por lo general ha apoyado al mercado contra el Estado, su variante más longeva y veterana entendía que el mercado era un instrumento imperfecto. Los verdaderos conservadores pueden gritar "dos hurras por el capitalismo", en palabras de Irving Kristol en el título de una de sus obras, pero nunca tres.

Puede que acabe de caer en la misma trampa de la que advertía, buscando un conservadurismo que corrija, pero no se oponga frontalmente, al progresismo.

Pero en mi opinión, el conservadurismo siempre ha hecho su mayor contribución como fuerza correctora que pretende preservar lo mejor que tenemos. A medida que nuestro largo y amargo debate sanitario llega a su fin, ¿encontrarán un lugar los defensores de ése conservadurismo? ¿Los hay todavía?

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