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El maestro contraataca
Robert J. Samuelson
WASHINGTON - Pocas veces la reputación de una figura pública ha sufrido un giro tan drástico como la de Alan Greenspan. Cuando abandonó la Reserva Federal a principios de 2006 después de ser su gobernador durante casi 19 años, era aclamado como "el maestro" y se le achacaba el mérito de guiar al país a través de numerosos arrecifes económicos. Cuatro años más tarde, sus políticas son ampliamente responsabilizadas de agravar la crisis financiera de 2007-09. Ahora Greenspan ofrece una elaborada declaración de no culpabilidad.
Los cargos que se imputan a Greenspan son sencillos. La permisiva regulación de los mercados financieros administrada por la Reserva alentó la proliferación de las hipotecas de riesgo pocos seguras. El crédito fácil ingeniado por la Reserva infló aún más la "burbuja inmobiliaria". La refutación de Greenspan se presenta en un artículo de 14.000 palabras redactado para Brookings Papers on Economic Activity, la revista especializada del laboratorio de ideas homónimo.
Greenspan está en parte arrepentido. Admite haber confiado demasiado en los mercados privados, igual que reconoció en testimonios anteriores ante el Congreso. Reconoce lagunas en la legislación. Pero principalmente se declara inocente y presenta tres alegatos de inocencia.
En primer lugar, el final de la Guerra Fría despertó una euforia económica que finalmente provocó la expansión del mercado inmobiliario. El capitalismo había triunfado. China y los demás países en vías de desarrollo se convertían en importantes socios comerciales. Desde la caída del Muro de Berlín hasta el año 2005, el número de empleados ocupados en el sector del comercio global se disparó hasta los 500 millones. La competencia contenía la inflación. Los tipos de interés en todo el mundo caían en picado; a medida que esto sucedía, el precio de la vivienda subía de manera constante en muchos países (no sólo Estados Unidos) porque los prestatarios podían permitirse pagar hipotecas más elevadas.
En segundo lugar, el crédito fácil permitido por la Reserva no provocó la burbuja inmobiliaria, porque los precios de la vivienda se ven afectados por los tipos hipotecarios a largo plazo, no por los tipos a corto plazo sujetos a la influencia de la Reserva. Desde principios de 2001 hasta junio de 2003, la Reserva redujo los tipos del préstamo de liquidez inmediata a corto plazo de los 6,5 puntos al punto porcentual. La idea era evitar una recesión brutal tras la "burbuja tecnológica" - una política que Greenspan todavía apoya. El problema se presentó cuando la Reserva empezó a subir los tipos del préstamo de liquidez inmediata a mediados de 2004 y los tipos de las hipotecas no se sumaron a la tendencia, como hacen normalmente. Lo que mantuvo deprimidos los tipos de manera inesperada, según Greenspan, fueron los enormes flujos de capital extranjero, generados parcialmente a través de superávit comerciales, que se invertían en deuda pública estadounidense e hipotecas.
En tercer lugar, los agentes reguladores son seres humanos. No saben anticipar la mayoría de la crisis y hasta se les escapan parte de los fraudes masivos mientras las pruebas se almacenan en sus ordenadores: Bernie Madoff es la prueba A de la defensa.
Habida cuenta de las deficiencias de los reguladores, Greenspan es partidario de endurecer las exigencias que deben cumplir las reservas de los bancos. Esto proporcionaría un colchón más mullido para absorber pérdidas y consolidaría la confianza de los mercados frente a las quiebras financieras en cadena. Antes de la crisis, la relación entre la liquidez inmediata de las entidades bancarias y su endeudamiento rondaba el 10%: un dólar de los propietarios por cada 10 dólares en préstamos e inversiones del banco. Greenspan toleraría hasta el 14 por ciento nada menos.
Hasta cierto punto, la defensa de Greenspan resulta convincente. La Reserva era prisionera de fuerzas importantes que no comprendía ni controlaba por completo. La reacción anti-Greenspan es fuertemente política. Satisface el clamor post-crisis que pide que rueden cabezas. Pero su explicación también malinterpreta lo sucedido.
No fue el final de la Guerra Fría, como afirma Greenspan, lo que desencadenó el ciclo de prosperidad económica. Fue la victoria de la Reserva sobre la inflación de dos dígitos a principios de la década de los 80. Desde la década de los años 60, la elevada inflación desestabilizaba la economía. Una vez que descendió de forma acusada -- del 14% de 1980 al 3% de 1983 -- los tipos de interés fueron cayendo paulatinamente. Esto impulsó el crecimiento económico y disparó los precios de los valores y de la vivienda. Hacia el año 1988, un año antes de la caída del Muro de Berlín, los tipos de interés hipotecario ya habían descendido del 15% de 1982 al 9%. En 1991, el año del colapso de la Unión Soviética, la Bolsa ya había triplicado su índice de cotización desde 1982.
Del mismo modo, la liberalización económica de China comenzó en 1978, mucho antes del final de la Guerra Fría; la liberalización de la India también fue independiente casi por completo del destino de la Unión Soviética. Lo que consolidó el prestigio mundial del modelo "de mercado" fue la renovada fuerza de la economía estadounidense, que representaba los dividendos del desplome de la inflación. Los gobiernos de los demás países también adoptaron políticas anti-inflacionarias.
La complicidad de Greenspan en la crisis financiera se deriva del empacho de éxito, no de hacer muy poco. Las recesiones fueron infrecuentes y suaves. El batacazo de la Bolsa en 1987, la crisis de los mercados asiáticos en 1997-98 o el estallido de la "burbuja tecnológica" no dieron paso a depresiones acusadas. Se extendió la noción de que la Reserva podía contrarrestar casi cualquier cambio económico de tendencia. Greenspan, antes crítico con "intervenir" en el ciclo económico, se convertía en la práctica en un converso. El mundo parecía menos arriesgado. El problema del "riesgo moral" - entendido en el sentido de que si la gente cree estar cubierta frente a los riesgos, correrá más - no sólo se aplicaba a los bancos sino a toda la sociedad: banqueros, reguladores, economistas, aspirantes a una hipoteca y consumidores.
"Nos habíamos dormido en los laureles de la autosatisfacción", escribe Greenspan de pasada, sin esbozar la implicación hasta el final. Que es: el exceso de éxito económico siembra las semillas de su destrucción. La prosperidad prolongada alimentó el exceso de confianza que condujo a comportamientos contraproducentes. Ni Greenspan ni ningún otro economista de peso han lidiado aún con esta colosal contradicción.
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