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Alonsíssimo
Antonio Pérez Gómez
El triunfo de Fernando Alonso el pasado domingo en Bahrein, la primera carrera del mundial de F1 es algo más que un buen presagio: es la confirmación de que un piloto extraordinario debe conducir un bólido extraordinario. Solo así se consigue la garantía del éxito.
Ya hace meses desde esta columna me congratulaba del maridaje entre estos dos epítomes del automovilismo: Alonso y Ferrari. No es momento aún de sacar pecho, ni de restregar el triunfo a los muchos anti-alonsistas que hay (tristemente, casi más dentro de España que fuera), ya que el camino no acaba sino de empezar y se prevé largo y muy difícil, pero si que es verdad que esta primera prueba deja las cosas bastante claras en algo. Nuestro Alonso es el rival a batir esta temporada y, si no pasara nada extraño, tan sólo un par de pilotos más (además de, probablemente, su propio compañero Massa) pueden optar a arrebatarle el liderato que tan precozmente ha conseguido.
La forma y la autoridad con que ha vencido este pasado fin de semana es una prueba de que lo que cuento no es producto del forofismo. Alonso dio toda una lección de pilotaje que vino a corroborar lo que muchos ya sospechábamos: si en los últimos dos años el asturiano hubiera tenido coche, no habría dejado la primera plana del mundial de pilotos como lo dejó poco después de ganar su segundo campeonato.
Ahora parece que todo depende de que Ferrari siga con los maravillosos calibrajes que ha conseguido en Bahrein y que Alonso siga inspirado. Si ambas cosas suceden, tendremos Alonso campeón para después del verano.
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