|
Deuda buena, deuda mala
E. J. Dionne
WASHINGTON - Hay un rasgo de patetismo en nuestro debate de los déficit y la disciplina fiscal porque nunca nos enfrentamos a lo mucho que queremos que haga el gobierno.
Nuestros debates también están caracterizados por la amnesia políticamente conveniente. Hace apenas una década registrábamos superávit tan grandes que Alan Greenspan, gobernador por entonces de la Reserva Federal, estaba preocupado por lo que sucedería una vez se extinguiera la deuda nacional. Habíamos tenido este problema al alcance de la mano hasta que empezamos a emprender guerras y bajar los impuestos al mismo tiempo.
¿Qué aspecto tendría un enfoque racional sobre los presupuestos? Empezaría aceptando que registrar déficit en época de paro elevado es algo bueno. Debemos celebrar el hecho de que los gobiernos del mundo fueran mucho más inteligentes en esta recesión de lo que lo fueron sus homólogos durante la Gran Depresión.
Supone un enorme logro de la cooperación internacional subestimado que las 20 principales potencias económicas del mundo inyectaran billones de dólares en la economía mundial para prevenir el colapso. Se evitó la catástrofe y el crecimiento, aunque lento, se ha reanudado.
Es cierto que el desempleo en nuestro país es todavía demasiado alto. Pero la lección no es que el estímulo económico del Presidente Obama fracasó, sino que es demasiado pequeño para lo que hace falta hacer. Aquellos que simplemente derogarían el gasto del estímulo - la brillante idea del Comité Republicano de Estudio de la Cámara -- nos llevarían marcha atrás.
Pero nadie debería poner en duda que debemos poner orden en nuestra política fiscal. El debate no debe limitarse a Medicare, Medicaid y la Seguridad Social. Tenemos que hacernos una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que queremos que haga el Gobierno, y, sí, cuántos impuestos estamos dispuestos a pagar para financiar nuestras cuentas?
Nos guste o no, el gobierno va a crecer durante las próximas décadas porque la economía privada no ofrece la misma seguridad que ofrecía a través de los planes de protección de la plantilla y los planes de pensiones.
En el terreno de la sanidad, el estatus quo significa que cada vez más estadounidenses van a quedarse sin seguro porque la cifra de patronos en permanente crecimiento simplemente será incapaz de afrontar el gasto. Esto es insostenible. La promulgación de la reforma sanitaria ahora nos va a permitir planificar la forma en que el gobierno puede asumir gradualmente este gasto.
En cuanto a la seguridad de la jubilación, la mayoría de los estadounidenses sabe que sus pensiones privadas no se parecerán en nada a las de sus padres o abuelos.
Así que la reforma de Medicare y la Seguridad Social no puede ser nunca una simple cuestión de reducción del gasto. Tenemos que ver el conjunto de la sanidad y pensar detenidamente en nuestro sistema de jubilación entero.
El Representante Paul Ryan, Republicano de Wisconsin., se ha llevado el mérito de plantear una versión de esto en su "Hoja de Ruta al Futuro de América". Propone equilibrar los presupuestos, entre otras cosas, convirtiendo Medicare en un programa de cartillas y privatizando la Seguridad Social.
Ryan tiene puntos por ser una persona realmente agradable, y porque dice abiertamente lo que muchos otros Republicanos sólo murmuran. Pero el camino que sugiere es completamente erróneo. Restar protagonismo a la protección social es lo contrario a lo que el país necesita hacer ahora, y ni siquiera eso nos acerca al nirvana fiscal. El plan de Ryan, según la Oficina Presupuestaria del Congreso, todavía nos dejaría con un déficit del 5 por ciento del PIB en 2034 y sólo entonces empezaría a caer.
Nuestro actual debate tampoco ha afrontado lo que tiene que hacer el gobierno para que el país siga siendo competitivo. Nuestro parque de infraestructuras - escuelas y carreteras, puentes y aeropuertos - se está desmoronando. Esto requiere inversiones nuevas en transportes y energías, y en la educación superior, las nuevas tecnologías y la investigación. Hemos olvidado la lección de Dwight Eisenhower: la inversión pública es esencial para la prosperidad del sector privado.
¿Cómo deben de proceder pues las diversas instancias de reducción del déficit, incluida la creada por Obama? He aquí un plan de tres pasos.
En primer lugar, no se empieza por "derechos sociales" sino por una evaluación más general de lo que esperamos que haga el gobierno durante las dos próximas generaciones. Sea sincero con las prioridades. Esto incluye los derechos sociales. También incluye lo que debería gastar en la defensa nacional.
En segundo lugar, ofrecer una oferta de las formas más justas y más eficientes económicamente de subir la recaudación para pagarlo.
En tercer lugar, proponer una reserva presupuestaria destinada al gobierno federal para que la deuda se pueda utilizar como debe utilizarse. Salvo en momentos económicos malos, no hay que endeudarse para pagar el gasto cotidiano. Pero las actividades del gobierno que mejoran las perspectivas de las generaciones futuras deberían financiarse con el tiempo, de forma parecida a como utilizan la deuda las empresas privadas con éxito para realizar inversiones a largo plazo. Hay una deuda inteligente y otra estúpida. Tenemos que empezar a reconocer la diferencia.
|