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Miguel Delibes
Luis del Palacio
Quedaban pocos cursos –quizá dos- para dar el salto a la universidad. Los alumnos temíamos la selectividad; queríamos lograr esa nota media que nos permitiera elegir la carrera de nuestro gusto. En septiembre el profesor de literatura nos había mandado que leyéramos una serie libros de los que debíamos hacer unos trabajos para la asignatura ¡Qué pereza! Entre ellos había uno, “La hoja roja”, cuyo título resultaba algo más sugerente que los otros, porque recordaba al de algunas novelas de aventuras ( como “La flecha negra”) Además, tenía menos páginas: la cosa prometía. En mayo, tras la lectura de “El Jarama” y de “Poeta en Nueva York”, obras que nunca interesarán a un adolescente, le tocó el turno a “La hoja roja”. La aventura resultó diferente. No era como Dick Turpin ni Tom Sawyer el héroe que por sus páginas deambulaba, sino un viejo, un jubilado que repasaba su vida y miraba con ojos claros (como los de su autor) a la muerte. Fue así como muchos descubrimos la grandeza literaria de Miguel Delibes.
Cuando andamos saturados por los muchos estereotipos que se han vertido (“vertido”, en su sentido más literal) sobre su obra, resulta inevitable que empecemos a añorar a uno de los últimos autores que emplearon la palabra en su justa medida, con la claridad del cielo estepario, inabarcable, de Castilla. Delibes –como los personajes de sus novelas- empleaba sólo las palabras precisas, las significativas. Rehuía lo hiperbólico, lo redundante.
Me voy a permitir un recuerdo personal:
Siendo yo muy joven, casi adolescente, tuve la suerte de asistir a su discurso de entrada en la Real Academia Española. Siempre tendré presente la impresión que produjeron sus palabras entre los que atendíamos al acto solemne, presidido por el entonces director de la Docta Casa, don Dámaso Alonso. La contestación al recipiendario estuvo a cargo del filósofo Julián Marías. El “milagro” de Internet puede rescatar del olvido aquella larga reflexión. Se trata de tres decenas de folios; una extensa y crítica meditación del escritor sobre el sentido de ese fenómeno imparable –acaso también inevitable- que hemos llamado “progreso”, cuyo descontrol amenaza a la Naturaleza y pone en peligro la propia pervivencia del Hombre, ya que él es, sin darse cuenta, una parte inalienable de ella. En el discurso, que no es amargo pero sí acusador, abundan párrafos de este tipo:
“Y ya que, inexcusablemente, los hombres tenemos que servirnos de la Naturaleza, a lo que debemos aspirar es a no dejar huella, a que se “nos note” lo menos posible. Tal aspiración, por el momento, se aproxima a la pura quimera. El hombre contemporáneo está ensoberbecido. Obstinado en demostrase a sí mismo su superioridad, ni aun en el aspecto demoledor renuncia a su papel de protagonista”.
Miguel Delibes fue cazador desde su juventud; un cazador de morral, lebrel y bota de vino, no de los que pertenecen a ese grupo de panzudos insatisfechos o de esnobs a lo “Escopeta Nacional”, que se pirran por matar muflones en Albacete, leones en Namibia o despistados osos en los Cárpatos. Fue un ecologista en el sentido menos contaminado de ideología; un amante de la naturaleza que dedicó muchas de sus mejores páginas a ensalzarla. Ha habido quienes le han perdonado “el pecado” de ser cazador porque, al fin y al cabo, escribió muchos y buenos libros ¡Pobres memos!
La lectura de su obra, de sus reflexiones en torno a la Naturaleza y la condición humana, harían mucho bien a tantos ecologistas de pacotilla y a todos los que, amando la literatura, todavía no le hayan descubierto.
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