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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Luz


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
sábado, 13 de marzo de 2010, 10:30
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Si alguien por joven o maduro que sea recuerda cómo se pasa sin luz eléctrica en cualquier ambiente, ya sea campo, pueblo, ciudad o playa, habrá comprobado cuan necesaria se hace esta corriente que emana de los cables y que llega sobre todo hasta nuestros hogares.

Definitivamente es un horror pensar que podemos estar durante una hora sin luz, una hora sin calles iluminadas si nos coge de noche, una hora sin luz en consultas médicas, en escuelas, en empresas, y sobre todo una hora sin luz en nuestra propia casa. Pero qué ocurre cuando esa hora se convierte en cinco días y en un crudo invierno como no ha habido otro en cincuenta años.

En esta sociedad nuestra donde ya no es la luz natural la que nos muestra los periodos de descanso, ni siquiera es la televisión como lo fue hace tiempo, recuerdo cuando a golpe de himno nacional y con imágenes de jefe y mandatario nos íbamos a la cama porque la programación se había terminado. Mucho antes fue algo así también para nuestros antepasados, que vivían a golpe de sol a sol, y descansaban a golpe de luna a luna. Después todo se trastocó y tanto la luz como los medios de comunicación brillaron durante las veinticuatro horas para darnos mayor libertad de acción durante los periodos normales de descanso o para quitárnoslos.

Es esa luz a la que todos estamos acostumbrados, luz para construir habitaciones ciegas, sin ventanas, como muchas cocinas y baños; no importa nos dirán los arquitectos, porque la luz halógena hará milagros, y como no necesitamos despensas ecológicas pues compramos grandes frigoríficos que llenamos a tope porque los trabajos no nos dejan comprar a diario.

Es esa luz que nos calienta el agua para asearnos y nos calienta el desayuno y la habitación por el suelo o por el techo o por los radiadores que acumulan energía durante las noches baratas. Sea como fuere qué se puede hacer sin luz. Nada. Y si encima ese corte de luz no es que dura una hora sino una eternidad como les ha pasado a los gerundenses en los últimos días, clama al cielo de la Virgen de la Luz y de todos los santos, pues nadie se explica que se tarde tanto en recuperar la corriente eléctrica tras sufrir tan cerca de los Pirineos una tormenta de nieve que tira torretas. No anduvieron muy listos ni iluminados los trabajadores y jefes, no tanto como para enviar recibos de luz puntuales para que nadie se escaquee de pagar la cara corrientita, porque si no se hace al tiempo que mandan las compañías, que sin luz no acompañan nada, pues envían a esos mismos peones del descontento y cortan la luz como si fueran dioses que amargan la existencia de las personas con más luces que ellos pero con nóminas algo más apagadas.
Más de una familia en Cataluña habrá vuelto a los horarios de sol a sol y a la manta y a acordarse de esa cocina mixta de gas y eléctrica tan socorrida en cualquier apagón, y de las estufas de leña, y de los hogares que tan solo adornan los salones pero que no respiran por ninguna chimenea. Y, sobre todo, se castigarán pensando por qué eligieron ese piso tan alto justo cuando ahora no pueden utilizar el ascensor, y…

Algunos generadores hacen los que pueden, sustituyen la luz que les falta, que nos falta a todos y mientras el pueblo calla y desea con toda la fuerza que restituyan la luz y la corriente porque ya no podemos pasar sin ese suministro que nos esclaviza junto al uso y al disfrute de los aparatos, así los afectados sufren la inoperancia de empresas exigentes y careras que nos tienen en sus manos para calentarnos e iluminarnos, sólo cuando ellos quieran.

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