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No es mi fiesta
Luis del Palacio
Nunca he caído en la tentación de ser aficionado a los toros, aunque haya algo en su estética que me pueda atraer y encuentre que en ese ritual de la muerte existe algo difícil de explicar, que nos remite a un pasado legendario donde los dioses tenían una dimensión humana (no fue Jesucristo el único) y los animales eran deidades con un alma parecida a la de las personas. La iglesia católica tuvo el dudoso honor de apear al chacal, al babuino, al gato, al toro y a muchos otros, de su carácter totémico y de abocarlos a su triste destino, despojándolos de lo que los escolásticos llamaron “principium individuationis”, convirtiéndolos en meros siervos de un ser tan limitado como el “idiota”, que en griego clásico (idiotés) significa “persona”.
En otras culturas –muchas de las que no son monoteístas- se ha conservado el respeto y hasta la veneración por ciertas especies y se considera una grave falta moral su maltrato.
La verdad es que resulta difícil no terciar en la polémica taurina; aunque esta vez haya sido suscitada por intereses que poco o nada tienen que ver con la defensa de los animales y sí con oportunismos políticos muy concretos. Nadie con un mínimo de inteligencia (no hablo de sensibilidad) puede dudar que la lidia es una tortura que inflige un inconmensurable dolor a un ser cuyo sistema nervioso es muy parecido al nuestro; es decir, que apenas nos diferencia en la percepción del sufrimiento físico. Existen numerosos estudios científicos e informes de divulgación al alcance de cualquiera que desee captar en toda su dimensión lo que supone para el toro el empleo de la suerte de varas y la de banderillas; la lenta agonía que producen esas puntas de acero clavadas en la espalda del animal, destruyendo con cada vaivén carne y masa muscular.
(A estas alturas el lector de esta columna que sea defensor a ultranza de la que llaman impropiamente “fiesta nacional”, se habrá dicho “¡Vaya! Otro pelmazo pontificando sobre lo malos que somos los aficionados a los toros” Y es que existe una ofuscación sobre este asunto, que hace que personas inteligentes y de cierta cultura se aferren como párvulos caprichosos a una idea pueril: como me gusta, es bueno.
A los próceres de siempre, a los que no distinguen a Sara Varas de “Sara-mago”, les surge la palabra “cultura” como un forúnculo y la aplican sin ton ni son, sobre todo cuando quieren quedar bien ante sus votantes. Hace pocos días, Esperanza Aguirre se lució de lo lindo –después de enumerar los estereotipos de siempre: Goya, Picasso, Lorca, Hemingway, Orson Welles- haciendo que se declarase a la fiesta de los toros “bien de interés cultural” en la Comunidad de Madrid. A tan sana iniciativa se han sumado otras comunidades autónomas, peperas y taurinas, como la de Valencia. Estupendo.
¿Y qué hacemos los que considerándonos españoles –porque lo somos- no creemos que los toros nos representen como “fiesta nacional”, como “nuestra fiesta”? ¿Somos seres blandengues y melifluos, propensos al sentimentalismo, o ellos unos pedazos de bestias?
Hay algo que aturde en todo esto; algo de ambiente de patio de Monipodio, de sociedad de socorros mutuos, donde actúan indudables intereses económicos ¿Qué sería de la sufrida “piel de toro” sin su cruenta bacanal? Ya no os vendrían los “gemingüeis”, ni los “orsongüeles” ni las “avagardners” de guardarropía. Un puntal del turismo de masas se vendría abajo; porque los toros, a diferencia de la también espantosa y cruel caza del zorro (prohibida en Inglaterra desde hace varios años) no es elitista sino que hace tabla rasa, nos uniformiza en la crueldad.
¿Cómo no admirar las Tauromaquias de Goya? ¿Cómo no conmoverse con el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, “La oración del torero” de Turina y tantas, tantas, obras de arte inspiradas en el mundo de los toros?
No es muy cuestionable su estética (quizá la lucha de los gladiadores o la de los cristianos contra las fieras en el circo romano también la tuviera) sino el anacronismo ético que supone disfrutar con la tortura y justificarla como tradición cultural.
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