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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
La política como imitación de la realidad


Robert J. Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
jueves, 4 de marzo de 2010, 10:04
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WASHINGTON - La política estadounidense moderna reviste un rasgo de imitación de la realidad: la gente - y esto se aplica a lo largo de todo el espectro político - dice cosas que son estúpidas, engañosas o inalcanzables y cree (o finge creer) que estas mismas cosas son deseables, francas y realistas. El vacío entre el idioma de la política y los problemas reales de la nación está creciendo. La política de los regalos presupuestarios ofrece un ejemplo que ni pintado.

En la derecha, tenemos a los conservadores reclamando bajadas de los impuestos en un momento en que, como cuestión práctica, los colosales déficit presupuestarios actuales aconsejan descartar bajadas permanentes de los impuestos. Con las políticas actuales y una recuperación económica decente, el gobierno federal podría emplear holgadamente 12 billones más de lo que recauda en impuestos del ejercicio 2009 al 2020, reconoce la Oficina Presupuestaria del Congreso. Así que antes de bajar los impuestos, los defensores de las bajadas tributarias tienen que concretar cientos de miles de millones en reducciones del gasto anual - o hacerse a la idea de registrar déficit anuales importantes y peligrosos. Naturalmente, no hay por ninguna parte una relación completa de recortes del gasto.

En la izquierda, el Presidente Obama y los Demócratas han dedicado el último año a defender la idea de que, a pesar del importante déficit del Gobierno y del gasto público excesivo, ellos pueden proponer de manera responsable aún mayor gasto. Los déficit futuros han de ser ignorados (los déficit actuales, indudablemente, reflejan parte del bache económico). La propuesta es "responsable" porque es "sufragada" mediante impuestos nuevos y recortes del gasto. Incluso si estas fuentes de financiación fueran totalmente solventes (que no lo son), el argumento lógico es que el Gobierno puede asumir gastos nuevos antes de abordar las consecuencias de los gastos viejos. Por supuesto, la mayoría de los hogares y las empresas no pueden hacer esto.

Los políticos pueden, porque todo es un ejercicio de apariencia. Ellos simulan afrontar los déficit presupuestarios cuando no lo están haciendo. Apenas recientemente, el Congreso Demócrata aprobaba una nueva versión de la normativa presupuestaria que obligaba a extinguir las deudas tan pronto como hubiera recursos. En virtud de la normativa, si el Congreso baja los impuestos o eleva el gasto más allá de las políticas actuales, tiene que encontrar recursos de compensación subiendo los impuestos o recortando el gasto en otras áreas. Esto da el pego como disciplina prudente, y Obama se jacta de ser "responsable".

Lo que no dijo es que esta nueva normativa de disciplina fiscal contiene importantes excepciones. Éstas incluyen la renovación de la gran mayoría de los recortes fiscales Bush, revisiones del impuesto mínimo alternativo, mayores compensaciones para los médicos del sistema de Medicare y una revisión del impuesto de sucesiones. Durante la próxima década, estas excepciones podrían alcanzar una cifra en torno a 2,5 billones de dólares, afirma Marc Goldwein, del Comité por un Presupuesto Federal Sensato.

O véase la comisión presupuestaria presidencial bipartidista de 18 miembros (10 Demócratas y ocho Republicanos) encargada de frenar los déficit a largo plazo. Si los catorce miembros se ponen de acuerdo en un paquete de medidas de reducción del déficit, los líderes Demócratas del Congreso han anunciado que someterán el plan a votación sin debate. Los obstáculos a un acuerdo son considerables. Pero si son superados - y siempre que el Congreso acepte a trámite el paquete - se deduce razonablemente que, por fin, suprimiremos los déficit crónicos. Ni por asomo.

La tarea oficial de la comisión es más modesta: eliminar el déficit en 2015, sin tener en cuenta la servidumbre de la deuda. Esto supone una diferencia enorme. Según las proyecciones de la administración, el déficit presupuestario alcanzará en total en el ejercicio 2015 los 752.000 millones de dólares. De esa cantidad, 571.000 millones de dólares son intereses de deuda. Incluso si la comisión alcanza su objetivo, el déficit superará el medio billón de dólares. Es casi seguro que crecerá en los próximos años.

Gobernar es tomar decisiones. Por el contrario, la política de fantasía tanto de la derecha como de la izquierda evita tomar decisiones y las sustituye con visiones ficticias placenteras. A pesar de haber un argumento teórico en favor de prestar atención al déficit pasivo, sobre todo es una excusa de conveniencia. Ello ahorra a la comisión tener que meterse en el jardín del enorme crecimiento de la seguridad social y Medicare - las principales causas del crecimiento insostenible del gasto federal y los déficit. Del mismo modo, la cruzada de la derecha en favor de mayores bajadas de los impuestos pasa por alto convenientemente los recortes radicales acometidos en esos programas que harían falta para justificar las bajadas tributarias.

El denominador común es el triunfo de la propaganda electoral sobre la gobernación efectiva. Toda campaña es un ejercicio de la imaginación. Todas las buenas ideas y las buenas personas se hacen a un lado. Todos los grupos de "intereses especiales", los bárbaros y las ideas peligrosas se encuentran al otro. No hay espacio para las caóticas ambigüedades, las incómodas contradicciones y las decisiones impopulares que pueblan el mundo real. Sin embargo, para gobernar con éxito, los líderes deben hacer frente precisamente a las ambigüedades, las contradicciones y las decisiones delicadas.

La imitación de la realidad propia de las campañas modela cada vez más el ejercicio de la gobernación. Tanto si esto es reflejo de la televisión por cable y de Internet -- que recompensa la dura hostilidad del partidismo extremo -- o del precario equilibrio entre los dos partidos o de algo más, es difícil de saber. Sin embargo, la desconexión entre la política y el mundo real es dañina. Las propuestas tienden a ser construidas más por efecto de su impacto en las relaciones públicas que por su capacidad de resolver problemas reales.

El resultado es una paradoja. Este estilo de gobernación en permanente campaña llega a extremos insospechados por consolidar la popularidad de las figuras políticas. Pero logra todo lo contrario. Debido a que la retórica partidista genera expectativas exageradas de lo que puede hacer el gobierno, la gente de todo el espectro ideológico queda desencantada de manera rutinaria. Como los problemas reales proliferan como setas -- y la gente lo ve de primera mano -- la confianza de la opinión pública en los líderes políticos disminuye paulatinamente.

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