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Las veleidades de Televisión Española
Luis del Palacio
Uno de los organismos más ruinosos que hemos padecido los contribuyentes en España es el que aúna la televisión y la radio públicas. Se trata de un mamotreto funcionarial, una suerte de ministerio de propaganda paralelo (existe otro, claramente gubernamental dirigido ahora por Leire Pajín) del que siempre echaron mano los políticos que han gobernado nuestro país desde que somos formalmente una democracia. Nombres como Fernando Castedo, José Mª Calviño o Jordi Gracía Candau dirán poco o nada a los menores de treinta años, pero fueron quienes dirigieron esa cosa bicéfala, o al menos una de sus dos cabezas, durante periodos y momentos (como el 23-F) cruciales en nuestra historia reciente.
Su influencia sobre la población fue tan grande que cuando el gobierno de Felipe González necesitó un “Sí” mayoritario en el referendum sobre el ingreso de España en la OTAN, empleó a fondo a su órgano de propaganda y a alguno de sus ídolos mediáticos del momento (entre otros, José Mª Garcá y Mercedes Milá) para salirse con la suya ¡Y vaya si se salieron, que hasta uno de los “apóstoles” del “No”, Javier Solana, se convirtió no muchos años después en director del Tratado del Atlántico Norte! Cosas de las chaquetas y de la política.
Hasta la aparición de las televisiones privadas, a comienzo de los años noventa, TVE no tuvo rival y cualquier político en ciernes o prometedor “juez estrella” procuró llevarse bien con ella (¿O acaso deberíamos decir con “ello”, puesto que se trataba de un ente?) Lo peor no era no caer bien “en la Casa”, sino que te silenciase; lo cual equivalía a estar condenado al ostracismo y a la más o menos lenta extinción. Pienso que esto le ocurrió al predecesor de Aznar en la dirección del PP, Antonio Hernández Mancha, a quien las cámaras o, lo que es peor, los que están detrás de ellas en cómodos despachos, no querían. Eso de la televisión ha sido siempre muy engañoso: se dice que Kennedy le ganó por la mano a Nixon por ser aquel más guapo y vestirse mejor. Y, quizá por la misma causa u otra parecida, en Madrid se recuerda con más simpatía a uno de los alcaldes más demagogos que ha tenido la capital (Tierno Galván) y ya casi nadie se acuerda de uno de los más eficaces: Agustín Rodríguez Sahagún.
Lo que hasta 2006 se llamó “ente”, o más bien dragón de dos cabezas (no caigo en la tentación de llamarlo “pato”, que es lo que significa “ente” en alemán) ha ido perdiendo fuerza en los últimos quince años; lo cual coincide con el periodo en que las cadenas privadas se asentaron y empezaron a competir por las audiencias. De su “parrilla” todavía salen ciertos discretos manjares, como “Informe semanal”, “59 segundos”, “Redes”, “Página 2” e incluso “La hora de José Mota”, pero otros nos llegan casi totalmente achicharrados: “Corazón”, “Amar en tiempos revueltos” y el ya carbonizado “Cuéntame”.
Descorazona bastante que un zafio folletín como “Águila roja”, con una trama barata en la que se mezcla el turbio siglo XVII español con el kung fu y el chistecillo facilón, todo aderezado con un lenguaje anacrónico (en el último capítulo, único que me he atrevido a ver completo, se nos dice que “el Inquisidor General debe tomar por la noche su medicación” o escuchamos a un personaje decir que va a quedar como “un queso gruyère”, si le cogen unos forajidos que le persiguen espada en mano), descorazona, digo, que bata cada semana los índices de audiencia.
Y desde septiembre, aquellos que nos consolábamos pensando que siempre nos quedaría “El Conciertazo”, comprobamos con desaliento cómo el magnífico programa que dirigía y presentaba Fernando Argenta, dedicado a acercar la música clásica a un público infantil y juvenil, era sustituido por un patoso e insufrible “Club del Pizzicato”, pretexto ideal para que los niños se inclinen irremediablemente por el rock duro, el funk o la música tecno.
Pero no todo es congoja: ya no hay Conciertazo ni “Guante blanco” (otra excelente serie que pasó a mejor vida por poca audiencia) pero siempre nos quedará Pepa Bueno para recordarnos un telediario sí y otro también, que a la agonizante criatura –ahora sin publicidad, si exceptuamos la que hacen de ellos mismos- le llueven los premios, como a ciertos engolados vejestorios los homenajes.
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