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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Fragilidad creciente

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 28 de febrero de 2010, 09:17 h (CET)
Todos experimentamos a diario las miserias de una fragilidad RADICAL, porque forma parte sustancial de los seres humanos; no será menester detallarla con largas explicaciones. Entraríamos en términos metafísicos, teológicos o de simples quimeras, según las tendencias asumidas. Al estilo de A. Camus o de J.M. Coetzee, no parece la mejor opción entretenerse con grandes disquisiciones y con el olvido displicente de las menudencias de la vida. La labor la tenemos delante en cada momento, con las dificultades evidentes y con las limitaciones frustrantes. Merece la pena un acercamiento estimulante hacia los factores que nos debilitan, que nos vuelven frágiles. Si no los identificamos y los superamos, nunca dispondremos de la fortaleza conveniente, o la iremos perdiendo.

¿A qué nos estamos refiriendo con estas ideas sobre la fragilidad? Se habla de este concepto, cuando se percibe la IGNORANCIA de grandes grupos sociales, en cuanto a comprensión de los conceptos sustanciales para el desarrollo de una vida digna. La fragilidad no siempre es mortalidad o enfermedad; sino la pérdida de respuestas ante las exigencias de la sociedad, las habituales y las extraordinarias, en las decisiones relevantes, de cara a sus posibles consecuencias. Es patente la credulidad manifiesta ante auténticas tonterías, delirios y paranoias. En definitiva, deficiencias en el reconocimiento de las cosas. Ese mal conocimiento nos introduce en aventuras mal enfocadas, de resultados lamentables y tétricos. Abunda el empobrecimiento de criterios, como analfabetos en ese terreno.

No es una cuestión de edades, la EDAD MENTAL se mide por el grado de agostamiento, por aquella incapacidad de respuestas argumentadas; con el consiguiente aislamiento, ya que se pierden las conexiones útiles. Las exigencias de la modernidad requieren de una vivacidad y unas inquietudes imprescindibles. No sólo para no dejarse embaucar por mentiras y maldades; la vertiente positiva para el trazado de planes ilusionantes también las necesita, aún con mayor urgencia. Veáse sino la crisis, y tantas otras crisis que sufrimos. Si ese fondo no fuera el adecuado, las reacciones serán compulsivas, con un automatismo vacío de fundamentos; quedando en flagrante exposición ante confabulaciones y desmanes.

Un buen escaparate muestra esta fragilidad reinante y en claro debilitamiento progresivo. Se percibe, con poco sobresalto, con un mínimo exámen de las diversas TRAYECTORIAS VITALES al uso, individuales o colectivas. Las bondades de la Democracia han sido transformadas en unas mutaciones que la vuelven irreconocible. Aquello de la información nítida, de la participación abierta o del interés general; no sabemos por que rendija se escapó ni lo que era. Hemos llegado a conocer, y siguen apareciendo datos, de las perfidias que nunca debieron justificarse en nombre de las votaciones. Exconsejeros descubiertos, beneficios vergonzantes, pero que los afines toleraban con descaro, ¿Nadie se enteraba?

Tampoco disponemos de referencias nítidas y saludables en los terrenos de las Creencias. Los no creyentes parecen más pendientes de echar venablos contra lo divino, que de examinar sus incongruencias. Quienes enarbolan la bandera de las creencias, las olvidan a menudo, para mezclarse con los intereses y batallas mundanas, aparcan por el momento los rigores de cada sector religioso. Al observar los caminos de la Educación en sus variados niveles, huelen más a políticas y componendas; mientras el aprendizaje con aperturas y ambición de miras permanece arrumbado. Ahora, encima, la lectura en las bibliotecas quieren someterla al gravamen voraz de la SGAE. Después de lo visto, no son precisamente orientaciones subyugantes; en estas direcciones resultará complicado el hallazgo de alguna fortaleza. No pasamos de un UTILITARISMO ramplón, es un pragmatismo arrastrado por las corrientes fogosas; de por sí, sin fundamentos, puesto que alardea de no tenerlos. La moral la fabrica uno mismo y punto; Zapatero lo dijo en su oración reciente, proclamada en las américas.

Casi resulta lógica la búsqueda de nuevas escapatorias, si uno se siente con escasos recursos personales no pensará en grandes creaciones. Con su interior desprotegido, sin criterios consistentes, con ideas desmadejadas; la respuesta personal se torna una QUIMERA. Como consecuencia, se intenta buscar las causas de todo ello en los entornos sociales, aunque se tratara de auténticas decisiones personales; las deficiencias personales, en el fondo, debiera haberlas resuelto la sociedad. ¿Cómo se fragua esta nueva debilidad del individuo? A través de una exageración y un desvío interesado. Ahora se le pone enseguida un nombre altisonante a los defectos, se le pone una etiqueta a casi todo, carencia legal, rasgos depresivos, irregularidad técnica, falta de información, taras genéticas o escuelas mal enfocadas. Lo que uno está pasando siempre se debe a ciertos desarreglos etiquetados. Y desde esa catalogación, el protagonismo ya se desvió, y con él la responsabilidad, la culpa si la hubiera. Estamos ante un ESCUDO TÉCNICO. Por consiguiente, serán los psiquiatras, investigadores, la justicia o los técnicos de las instituciones quienes deberán pronunciarse. Nadie se responsabiliza de sus decisiones, aunque no tuviera ningún precedente defectuoso, aunque se tratara de meros caprichos.

De momento, el abordaje de la fragilidad nos permitirá la mejor comprensión de la COMPLEJIDAD que entraña cada una de las situaciones, son muchas las facetas y recovecos. Será una aproximación. No obstante, si tratamos de medirla con datos concretos, en cifras precisas; el empeño se desliza por demasiadas imprecisiones. ¿Nos basamos en encuestas a la población? ¿Cuál es el método utilizado? ¿A quién se pregunta? ¿Valoraremos la situación desde fuera, sin tener en cuenta las motivaciones íntimas? Son numerosos los matices diferenciadores, la exactitud de las matemáticas no es para esto. Si les aplicamos un test, con qué preguntas, si estarán o no bien elaboradas, nunca estarán todas las posibles; por lo tanto, el test quedará incompleto. Otro tanto ocurrirá con las estadísticas, no reflejan los pormenores de cada sujeto.

A falta de asideros con cierta firmeza, es frecuente que se tienda al abandono, ¿Cuidados , para qué?, si todo adquiere ese carácter escurridizo y banal. Desde semejante panorama asoma un RIESGO de PLANIFICACIÓN, porque parece ser que se implanta un “sentido común”, el de dar por hecha esa debilidad manifestada, agrupando a esa población de frágiles en un conglomerado descartable, del que se puede prescindir. De esa manera, el buen planificador dispondrá de las mejores perspectivas y ventajas, las de él; no es frecuente que a la hora de organizar se tenga muy en cuenta las peculiaridades aisladas. Por consiguiente, el débil se debilita progresivamente y el potente abusa.

¿Habrá reconversión alguna vez? Probablemente no, por que este estado de cosas, aporta pingües beneficios a los organizadores; mientras los desfavorecidos no tienden a salir del pozo.

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