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Los lectores de libros

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 25 de febrero de 2010, 00:14 h (CET)
Ahora es muy corriente que los estudiantes no presten gran atención a las rimeras de volúmenes que súbitamente los circundan, o que si reparan en ellas reaccionen con una pizca de hostilidad (“¿Para qué tanto libro?”, “No estamos para libros”, “Sabiduría muerta y posiblemente falsa “).

Es fácil licenciar esos desamores con las cantinelas usuales: “Esos jóvenes, que se dicen estudiantes, son, en realidad, unos bárbaros. Con la excusa de que hay que vivir al día. Creen que la calle enseña más que los libros, pero en la calle no se aprende lingüística transformacional o mecánica cuántica. Para saber algo un poco a fondo, hay que quemarse las cejas. Otrosí: esos jóvenes descubren cada mañana el Mediterráneo, si fuesen más leídos, sabrían que no poco de lo que rumian consta ya, y mejor, en los libros que les traen sin cuidado. Recuérdese a Goethe : “Gris es toda teoría, y áureo el árbol verde de la vida” O a Antonio Machado (con algunos cambios): “Desprecian cuanto ignoran”. Claro que todo eso se dijo con otro propósito, pero va como anillo al dedo. Etc., etc., etc.

No es menos fácil apuntalar la librofobia mencionada con grandiosas elucubraciones: “La edad de los libros ha llegado a su ocaso. La imagen ha sustituido a la palabra. La televisión ha dado al traste con el libro. Nuestra época electrónica rechaza la comunicación meramente lineal para abrazarse a la comunicación global. Hemos entrado en la era del libro electrónico.” O bien: “La letra impresa es palabra muerta. Ha llegado el momento de actuar y no de leer. Una acción vale por una biblioteca entera. Etc.”

Como siempre, hay un grano de verdad en lo antedicho. Los jóvenes son harto perezosos –y los menos jóvenes empiezan a serlo-. La calle enseña mucho, pero sólo si se está dispuesto a aprender, y en todo caso no enseña ni geometría proyectiva ni química del carbono. Es cierto que muchas veces la lectura de libros es simplemente un refugio, y que algunos se encierran para leer en los momentos en que mejor sería dar la cara. Aunque en otros tiempos no muy lejanos las imágenes no hubiesen sido completamente sustituidas por las líneas impresas, se acentuaba fuertemente el carácter lineal, serial, razonado, de la comunicación, especialmente en la forma del libro, ápice y cima de la letra impresa. No todo el mundo leía libros, pero casi todo el mundo los miraba con cierto pavor; un hombre culto era un hombre “muy leído”. Antaño se había venerado “el libro”, supuesto depósito de sabiduría o de revelación, pero luego se respetaron los libros, en plural, cuantos más mejor. Todo parecía ocurrir para terminar en un libro. Daba tristeza haber leído “todos los libros”, pero cuando emergía la realidad seguía siendo comparada con un libro: el libro de la Naturaleza, el libro de la vida.

Los granos de verdad no son más que granos. No es cierto que los libros hayan pasado a la historia, y es menos cierto aún que el lenguaje verbal haya sido desbancado en beneficio de otros no verbales. Nunca hubo tantos libros como ahora en todos los sentidos: nunca se habían publicado tantos, vendidos tantos, leídos tantos. Muchas gentes, por cierto, no leen libros, pero ¿hubo tantas que los leyeran antaño? No sólo absoluta, sino también relativamente, los lectores de libros, incluyendo los jóvenes, son hoy más abundantes que nunca. Como otros muertos que los pesimistas profesionales asesinan sin cesar, los libros declarados fenecidos gozan de buena salud. Y como dijo el poeta: “Yo voy buscando un libro / que me enseñe mi camino, / porque me han dicho las gentes / que ando de veras perdido”.

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