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Del 23-F del 1981 al 23-F del 2010

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 23 de febrero de 2010, 07:36 h (CET)
Estos días he estado repasando algunos de los libros que se publicaron sobre el 23F del señor Tejero; quiero decir aquel 23 de febrero en que el señor Tejero y el comandante Pardo Zancada, con unas horas de diferencia, entraron en el Congreso de Diputados para poner a sus señorías de cabeza abajo, agachados detrás de sus respectivos estrados. Y debo reconocer que existe una nebulosa en cuanto al papel de ciertos personajes y no me refiero, por supuesto, a los que pagaron por aquel acto de rebeldía con el ingreso en prisiones militares, sino a los que escurrieron hábilmente el bulto, al menos esta es mi impresión, traicionando a sus propios compañeros de armas, dejándolos en la estacada cuando se habían hecho copartícipes en lo que, para muchos, incluso civiles, no era más que un acto de presión para cambiar el sistema en declive del gobierno del señor Suárez; protestar contra la ineficacia del Gobierno y de las fuerzas del orden contra la sangría que causaba ETA entre las filas de los militares; mostrar su rechazo a que los miembros de la UME fueran amnistiados y devueltos al servicio activo, cuando habían sido condenados por sentencia firme por el Tribunal Militar; repudiar la desmilitarización del cuerpo de la Guardia Civil y mostrar su clara oposición a que, el Partido Comunista del señor Carrillo, fuera legalizado cuando, precisamente, el mismo señor Suárez les había prometido que esto no iba a ocurrir nunca. Creo que conviene recordar que, ninguno de los que intervinieron en la intentona del golpe del 23 F, en ningún momento, quisieron derrocar al Rey, antes bien, como se demostró a través de los diversos juicios que tuvieron lugar con motivo de aquel suceso, todos estaban convencidos de que, el Rey, había autorizado la salida de las unidades militares a la calle, para evitar que aquella situación de grave crisis institucional se fuera prolongando con lo que debía culminar en la instauración de un nuevo gobierno de coalición, encabezado por el general Armada hasta que se celebraran unas nuevas elecciones.

Sin embargo, si uno presta atención a las informaciones que se publicaron y al extraño comportamiento del general Armada durante toda la secuencia de los hechos de aquel 23 de febrero y en los días que precedieron a dicha fecha, no puede menos que sentir serias dudas acerca del papel de este personaje, de su actitud equívoca y poco definida, de sus manifestaciones acerca de un entendimiento con el Rey y de haber hecho correr la noticia de que la monarquía veía con buenos ojos un gobierno provisional presidido por un militar. Es curioso que, al parecer, también los socialistas, viendo el declive del gobierno de Suárez y seguramente pensando que, con ello, iban a sacar una importante tajada política, estaban dispuestos a que, con ciertas condiciones, se aplicara dicha solución. Y lo cierto es que, por mucho que me esfuerzo, no acabo de entender ciertas frases que, al parecer, pronunció el Monarca durante aquella tensa jornada que, según se ha deducido después, no estaban basadas en lo eran las verdaderas intenciones que movieron a los golpista a emprender la acción militar, pues, todos estaban convencidos de que el Rey estaba de acuerdo con ello. ¿Quién provocó tal confusión?, ¿con qué fines?, ¿con qué medios y valiéndose de qué apoyos? Puede que nunca se sepa; pero muchos militares pagaron con su carrera y con la prisión este nefasto engaño.

En el telex que SM el Rey envió al teniente general Milans del Bosch, le decía “… que ya no se volvía atrás de su decisión de asegurar el orden democrático y que, ni renunciaría a la corona ni abandonaría España”. Extraña forma de expresarse del Rey, cuando no aparece que, en ningún momento de la trama del 23 F, los amotinados tuvieran intención de repetir con don Juan Carlos lo que los de la segunda República hicieron con su abuelo. Conviene, al efecto, repasar el temario por el que se rigieron los insurgentes, si es que así queremos llamarlos, que no incluía establecer un gobierno militar indefinido, sino establecer un gobierno provisional mientras el Rey ponía en marcha los mecanismos constitucionales para retornar el poder a los civiles. Había, eso sí, disgustos en las FF.AA por las acciones de ETA contra el colectivo militar (más de doscientas muertes por aquel entonces); por los atentados a la bandera “que juraron”; el temor de la pérdida de la unidad de España, su integridad territorial y el orden Constitucional; amén del problema de los “úmedos”, como designaban a los militares sancionados de la UME, y que desde la jurisdicción civil parecía que querían reintegrar sus puestos.

Han transcurrido 29 años, si no me equivoco, desde aquellos acontecimientos. Algunos de los que participaron en los hechos ya han fallecido y hoy el Ejército, por obra del PSOE, ha quedado reducido a la mínima expresión; bajo las órdenes de una ministra catalana del PSOE, que ha militado entre los progres y que sólo habla de misiones de paz y de ayudas a los civiles, mientras en Paquistán nuestros soldados, sin medios adecuados y con poca moral militar, se enfrentan a unos talibanes mucho mejor preparados para aquella guerra que es, en realidad, de lo que se trata aquella misión. Yo no se si don Juan Carlos I, cuando reflexiona sobre lo que nos han dejado estos años transcurridos desde los sucesos del año 1.981, piensa que ha valido la pena dejar que las cosas se degradasen de tal forma que, a la postre, no nos extrañe ver que, muchas de las profecías que hacían aquellos a los que se consideró antipatriotas y exaltados, se hayan cumplido tal y como anunciaban que se producirían, si no se tomaban medidas inmediatas para cortar los brotes secesionistas; los intentos de desmembrar a España; las ambiciones de los separatistas; las campañas para acabar con la Iglesia católica y, en consecuencia, con la cultura, la moral y la ética cristiana; la evidente e imparable degradación de la Justicia en manos de personajes incapaces de hacer cumplir la Constitución y las leyes emanadas de la misma; los atentados contra los derechos individuales de las personas y la decadencia económica de España, convertida en la nación del farolillo rojo de la UE.

Ahora, pasados los años, tenemos que ver con pena, pero también con cólera, como buenos españoles, quizá equivocados en las formas, pero clarividentes en sus pensamientos, han purgado sus culpas en las cárceles, mientras los que los condenaron han sido incapaces de evitar que España haya quedado en manos de aquellos que nada más han sabido empobrecerla, denigrarla, convertirla en refugio de maleantes y morada de toda clase de bandas, pandillas, revolucionarios, separatistas y gobernantes cuya única ambición se centra en hacerse con el poder para perpetuarse en él. ¿Fue malo el golpe de Estado del 23 F? Puede que si, puede que formalmente lo fuere y es posible que fuera precipitado, mal organizado y poco meditado; pero, a la vista de los resultados de la alternativa, las medidas que entonces se propusieron para salvar a España; mucho me temo que la verdad histórica, la que juzga a los hechos y personas con la imparcialidad que la medida del tiempo les otorga a los sucesos históricos, libres de presiones subjetivas y de opiniones intencionadas, las colocará en el puesto que se merecen, por encima de intrigas palaciegas; traiciones castrenses y crónicas amañadas. Mucho me temo que, la familia Real cuando escucha los pitidos con que la reciben, en ciertas autonomías, y deben soportar como se escarnece el himno nacional firmes e impotentes para evitar que ello suceda; es posible que tenga en mente un día en que unos militares se levantaron contra tales iniquidades.

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