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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sin trabajar

Lorenzo de Ara
Redacción
lunes, 22 de febrero de 2010, 13:04 h (CET)
Nuestros políticos en las Cortes lo tienen muy fácil. Lo tienen todo hecho con ser mediocres actores. En esta mala película ellos copan los principales papeles. Nosotros, ácaros con documento nacional de identidad, pasamos de un lado a otro, sin rostro.

Así, lo vivido hace unos días en el Congreso de los Diputados es la demostración más clara de que existimos en un lodazal. ¿Qué otra cosa puede ser el escenario que deja un gobierno radical de izquierdas? No hay inocentes en la bancada madrileña. No busque en la derecha. En ese lugar se pierde la inocencia porque hay demasiado apego a los dimes y diretes.

Zapatero es un privilegiado del siglo XXI. Sin trabajar, consigue que le crezcan las ojeras. La culpabilidad es aterradora. El alma consigue cosas que el cuerpo ni siquiera se atreve a emprender. Es el alma de Zapatero –porque la tiene, aunque cueste creerlo- la que empequeñece sus ojos, llena de blanco el pelo de su testa, y encorva la espalda. Pero Zapatero no ha trabajado jamás. Y culminará su andar por este andamiaje sin saber lo que significa un mal mes, un sueldo de miseria y una crisis sin fin.

Ese hombre inventa cabriolas. Convoca reuniones a las que acuden raudos todos los grupos que quieren una migaja de alimento para yacer en el paraíso. El PP se lo piensa pero está condenado a responder que sí. Rajoy lo sabe. Y con la puntual asistencia se produce lo inexplicable. Otra victoria del tirano.

En la antigüedad, los tiranos apostaban por el absolutismo más brutal. En el siglo XXI, los nuevos tiranos consolidan su tronío con mucha dosis de simpatía, elocuencia, marketing, subvenciones y entreguismo. Prefieren dar, antes que recibir. Contentar, antes que enfangar.

Zapatero fabrica su leyenda mejor que ningún otro tirano del pasado. No necesita escribas, trileros, comeculos, asesores o ministros. Su leyenda dista mucho de la que se encontró Carlos II el Hechizado, el último rey de la dinastía de los Austria. Ahora se comienza a escarbar un poco en la verdad. No era bueno, pero tampoco fue el depredador de la corte de una potencia global que se volvía liliputiense.

Zapatero pasará a la historia como un tío guay. Superguay. Pero hay en esta España entubada algunos pocos que conocen su verdadera fachada. Incluso tienen la desgracia de conocer su gélido abismo.

Zapatero es como todos los políticos. Sin embargo, al ostentar el poder, se ha convertido en una máquina más próxima a la farándula que a la calle que pisa el españolito sin trabajo, aunque trabajador al fin y al cabo. Es el parado que no será ministro, presidente de Gobierno, asesor, concejal o consejero. Ese español no se mueve por el andamiaje. Él es el andamiaje que pisa Zapatero.

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