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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

La gran distribución y el campo

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 22 de febrero de 2010, 07:26 h (CET)
Sigue la controversia entre los precios pagados al agricultor por las grandes distribuidoras de alimentos. El pasado sábado hubo una manifestación en Barcelona de 3.000 payeses en reclamación de precios más justos; intervención de la Administración, la UE y cualquiera que tenga la sensibilidad que le permita percibir que los productores agrícolas están cada vez peor pagados y los consumidores pagan cada vez más caros los productos del campo en los lineales de los supermercados y no digamos en el comercio tradicional.

El sindicato agrario catalán, Unió de Pagesos (UP) manifiesta que la renta agraria ha descendido un 43% desde 2001 y las grandes distribuidoras, a través de su Asociación Nacional de Grandes Empresas de Distribución (ANGED) indican que el beneficio neto de los grandes distribuidores con la comercialización de productos agroalimentarios "no supera el 3%", según el Observatorio de Precios del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino. De manera que reconocen seguir manteniendo un beneficio neto positivo. Y el 3% neto es un buen margen de beneficio en un sector que factura miles de millones de euros.

Las grandes empresas de distribución afirman también que comercializan el 13% de los productos perecederos de España, frente al 39% de los supermercados y el 48% del pequeño comercio. De la parte que se destina al consumo nacional, más del 60% se canaliza a través de Mercasa, la red española de grandes mercados mayoristas como Mercabarna o Mercamadrid, entre otros.

En cualquier caso, generalizar sobre esta cuestión es perder de vista la realidad de cada segmento de mercado que es muy distinto uno de otro; el bosque no permite ver que los árboles son de diferentas especies y muy distintos unos de los otros.

En efecto, el sector lácteo mantiene reivindicaciones prácticamente desde la entrada de España en la UE y anteriormente también, solo que ahora parece que hay un interlocutor internacional a nivel europeo que sigue castigando a los ganaderos españoles con limitaciones en la producción de leche e importaciones del exterior.

Cabría centrarse para ver la formación de los precios en algún producto de los de mayor precio por unidad, en el que España ha sido tradicionalmente el primer productor mundial, como es el aceite de oliva. Y dentro de este segmento, en el aceite de oliva virgen y, como la excelencia dentro de la gama, el aceite de oliva virgen extra.

Según el mismo Observatorio de Precios de los Alimentos del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, en su informe sobre la formación de precios del aceite de oliva de enero de 2010, el consumo de aceite de oliva virgen se ha incrementado en España un 23% desde el año 2004. Este incremento es debido a una tendencia a la sustitución del aceite de oliva por aceite de oliva virgen y virgen extra, motivada fundamentalmente por las campañas de divulgación patrocinadas desde algunos organismos y por el descenso de precios que han experimentado estos productos hacia el final del período considerado 2004 a 2008.

Cabe mencionar, prosigue el informe, que las ventas de las marcas de distribuidor (MDD) ascienden, en el periodo considerado, a un 44% para el aceite de oliva virgen extra (hipermercados 28% y supermercados 54%) y un 57% para el aceite de oliva (con porcentajes similares para ambos tipos de establecimientos).

El consumo por hogares de aceite de oliva virgen se centra en un 86% entre el hipermercado (42%) supermercado (33%) y discount (11%) En la tienda tradicional se consume el 2%. Hay un 12% restante que se consume a través de otros canales.

La cadena de valor del aceite de oliva tiene tres fases en las que intervienen diversos agentes altamente especializados: Producción de la aceituna; Industrialización y; Distribución. La aceituna producida en el campo se transporta a las almazaras, donde se realiza el proceso de extracción del aceite de oliva virgen. Este aceite puede envasarse directamente, si se trata de aceite de categoría virgen (apto para el consumo), o bien, venderse a las refinerías, que obtienen el aceite de oliva refinado. El llamado aceite de oliva es el resultante de la mezcla entre el aceite de oliva refinado y el virgen, en proporción variable.

La producción de la aceituna supone el manejo del suelo, el riego, la poda, la fertilización, los tratamientos fitosanitarios, la recolección y el transporte a la almazara.

Las actividades de la industrialización son la recepción, clasificación, limpieza y/o lavado de la aceituna. Proceso de extracción de aceite: molienda, batido, centrifugación horizontal, centrifugación vertical, decantación, clasificación y control de calidad. Almacenamiento y conservación del aceite. Gestión de calidad, medioambiental y trazabilidad. El refinado se reserva para el aceite de oliva únicamente, no el virgen ni el virgen extra.

La gran distribución se ocupa de la recepción del producto acabado y envasado y su almacenamiento en plataforma de distribución; gestión de pedidos para puntos de venta; preparación de pedidos, almacenamiento y expedición; transporte a tienda; ubicación y apoyo en lineal de venta; reposición de producto, control de mermas y caducidad y venta en tienda.

En la estructura de costes y precios del Observatorio de Precios citado, para la campaña 2007-2008 que exclusivamente circunscribe al aceite de oliva virgen extra, establece que el beneficio neto para el oleicultor es del -2,7%; el de la almazara es del 1,2%; el del envasador 2,7% y; el de la distribución, beneficio neto en tienda, del 1,1%.

En cualquier caso es manifiesto que para el agricultor que soporta el 68% de los costes totales en la formación del precio, un beneficio negativo es absolutamente ruinoso para él. La almazara soporta el 7% del coste, la envasadora el 20% y la distribución el 4%.

La gran distribución, empresas multinacionales, tienen accionistas poderosos, cotizaciones en bolsa y una capacidad de presión sobre los precios del campo verdaderamente poderosa. Mientras que el campo tan sólo tiene sus tierras y sus manos para trabajar. Y la posibilidad de organizarse en cooperativas para obtener economías de escala.

No resulta fácil romper esta dinámica perversa para el agricultor. Pero una forma de hacerlo en tanto las autoridades toman cartas en este desaguisado, es que el consumidor compre los productos directamente al productor. A las cooperativas o a las distintas formas que puedan establecerse hoy día, incluso vía Internet. Todo es posible.

Cuando los agricultores arruinados abandonen el campo, serán las mismas multinacionales las que lo cosechen, industrialicen y comercialicen. Y no parece probable que entonces los precios hayan de ser más favorables para los consumidores, si no todo lo contrario.

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