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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El día antes y el día después: le monde va de lui même

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 22 de febrero de 2010, 07:23 h (CET)
Quiero que alguien me confirme si esto de “Hacienda somos todos” es un simple slogan propagandístico para que los españoles paguemos nuestros impuestos convencidos de que el importe que abonamos va a servir para mejorar los servicios, sanear y promocionar las infraestructuras del país, mejorar las comunicaciones, crear más y mejores escuelas, implementar la asistencia sanitaria o, incluso, dotar de más medios a aquellos que se dedican a socorrer a los necesitados; porque, mucho me temo que bajo una frase tan sugestiva se esconda uno más de los engaños a que tan acostumbrados nos tienen los gobernantes. Veamos, si Hacienda somos todos entonces deberíamos, los ciudadanos, poder opinar sobre la forma en la que se gastan los dineros que aportamos al Erario Público, o ¿es qué sólo somos “todos” a la hora de aflojar la mosca, pasar por las horcas caudinas de ser inspeccionados o tener que rompernos la cabeza para rellenar una resma de impresos a cual más atrabiliario y confuso?; porque, si es así, se pueden ahorrar todos estos placebos y reconocer que sólo es una “engañifa” más para que parezca que el dinero que entregamos siempre va a ser destinado a fines adecuados y provechos para toda la ciudadanía.

Ahora nos hemos enterado que Hacienda ha exigido a todos sus inspectores que se espabilen, pero que se las arreglen como puedan para conseguir incrementar la recaudación, por medio de sus inspecciones, en un 15%. Lo primero que se nos ocurre ante semejante exigencia es si, en realidad, Hacienda, ésta que somos todos, es un organismo encargado de recaudar impuestos o se ha convertido, de la noche a la mañana, en una especie de Stasi, alemana o una KGB rusa, que no va a dudar en poner en el potro de la tortura a los contribuyentes para que confiesen sus pequeños fraudes fiscales o, como hacían en la Edad Media para averiguar si los acusados mentían o no, los van a someter a las “ordalías del agua hirviente y el hierro candente”, después de cuya práctica ya no había problema con los infortunados reos debido a que, como se cae de su propio peso, ninguno conseguía sobrevivir a semejantes salvajadas. Lo que ocurre es que, como siempre, los que vamos a pagar el pato, los que tendremos que soportar esta Inquisición, a pesar de formar parte del tinglado (como nos anuncia la paternal Hacienda), vamos a ser los sufridos ciudadanos de la clase media, los más afectados por la crisis, los que nos enteramos mucho antes que el señor Rodríguez Zapatero de que llegaba la crisis y los que hemos sufrido en nuestras propias carnes los efectos de la política errática de un Gobierno que no sabe ni donde tiene su mano derecha, quizá porque sólo se preocupa de la izquierda.

Los propios inspectores de Hacienda se han sentido molestos por estas instrucciones, porque no disponen de medios ni de tiempo para iniciar semejante “cruzada” de expolio y desmantelamiento de las haciendas (en minúscula) de los contribuyentes. Dicen que deberán acortar el tiempo destinado a cada inspección lo que, en definitiva redundará en beneficio de las grandes empresas, las grandes corporaciones, los grandes monopolios y los grandes señorones cuyas contabilidades, como es fácil de imaginar, contienen muchos más extraños vericuetos y puntos oscuros que las de un desgraciado ciudadano de a pie, que mucho hace con intentar conseguir llegar a final de mes. En definitiva, una muestra más de la rapacidad recaudatoria del Gobierno que, como se equivocó en sus predicciones sobre la crisis, se emperró en “mantenella y no enmendalla” y se obcecó en no cambiar su política de subvenciones y apoyo a la banca, dejando a su albur a las empresas, en especial a las pequeñas y medinas, se ha tenido que endeudar hasta las cejas, tiene un déficit comercial que lo está asfixiando y una deuda pública cuyos intereses cada día que pasa van creciendo exponencialmente; ahora se ve obligado a exprimir aún más a los ciudadanos: sea aumentándoles los impuestos, sea subiendo las tarifas eléctricas y aumentando el precio de los combustibles o sea, como ya se nos ha anunciado, con modificación de la edad de jubilación y del cálculo de la base sobre la que se calculan las pensiones.

¡Qué contraste, señores, con el optimismo demostrado por el señor Rodríguez Zapatero en su comparecencia en el Congreso de Diputados! ¡Cuántas alharacas, menudos desplantes, cuanta soberbia y que pocas propuestas y soluciones para remediar el paro y levantar a España del sopor económico en el que se encuentra! Si señores, mientras los españoles (los que quedamos) contemplamos asombrados toda la parafernalia de la que se están rodeando nuestros políticos, cuando observamos absortos como las medidas de austeridad pedidas por el Parlamento de la nación son rechazadas de plano por un gobierno desarbolado, sin credibilidad alguna, pero empecinado en no dar su brazo a torcer; lo único que se le ocurra a ZP y a su Gobierno es intentar exprimirnos más. O sea, para entendernos, que se niegan a reducir altos cargos, que no hacen más que vegetar en sus despachos; se oponen a bajarse los sueldos ¡pobrecitos!; no quieren suprimir los ministerios que ellos mismos, en un alarde de despilfarro, crearon nada más para enchufar en ellos a todos los acólitos socialistas, para que vivan de la mamandurria del Estado pero, eso sí, nos ponen a los pies de los caballos para intentar salvarse y mantenerse en sus poltronas.

Vean el invento, la gran solución que, en un alarde de magnanimidad, propuso el señor ZP: la creación de una comisión, no sabemos si paritaria o no pero lo que no dudamos es que si los dos líderes de los partidos más importantes no ha podido, querido o sabido ponerse de acuerdo en todo el tiempo que hemos tenido de esta segunda legislatura socialista; mucho nos tememos que, si la Señora Salgado, el señor Sebastián y el señor Blanco no tienen permiso para cambiar, radicalmente, de política económica y no están dispuestos a modificar el rumbo que le han dado al país; sobran comisiones, comités y demás zarandajas, que sólo tienen por objeto, y esto lo ve el más obtuso de los mortales, el conseguir ganar tiempo, que es lo que lleva pretendiendo el señor Zapatero desde que la crisis le puso en el ojo del huracán. No sé si será cierto esto de que la cara es el espejo del alma, pero si lo fuera, me temo que con la cara que le está quedando a nuestro Presidente después de esta serie de fracasos, disgustos, y errores que lo han llevado al descrédito internacional y a la desconfianza nacional, mucho me temo que debe tener serios problemas en su morada interior. En todo caso lo que nos tememos es que, después de esta sonada sesión del Congreso, de los fuegos artificiales del debate que ha tenido lugar y de la polémica, para algunos, intervención de SM el Rey para intentar lograr consenso; el día siguiente no ha amanecido más esperanzador, más ilusionante ni, por supuesto, más optimista para el ciudadano de a pie que lo fue el día anterior de dicho evento.

Más de lo mismo, más charlatanería, más juegos de palabras, más brindis al sol y muy poco, pero que muy poco, realismo, sentido de la responsabilidad, visión de Estado y generosidad, para reconocer errores y rectificar posiciones para intentar conseguir, si es que ya no es demasiado tarde, sacar a España y a los españoles de esta encrucijada en la que nos vemos inmersos.

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