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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Apostar a Grecia

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 22 de febrero de 2010, 09:21 h (CET)
WASHINGTON - Sería posible en otras circunstancias desechar las noticias de Grecia y su deuda como la aburrida crónica de los mercados financieros. Pero hay mucho más. Lo que está sucediendo en Grecia ilustra dos problemas más generalizados que afecta a centenares de millones de personas en todas partes: el futuro del estado del bienestar, y el destino de la moneda única europea - el euro. La relevancia de Grecia trasciende las altas finanzas.

Todas las sociedades avanzadas, incluyendo Estados Unidos, tienen un estado de bienestar. Aunque los detalles difieren, sus fines son similares: apoyar a los parados, los pobres, los discapacitados y los ancianos. Todos los estados del bienestar se enfrentan a problemas similares: su emergente coste a medida que las poblaciones envejecen; la excesiva dependencia de la financiación de la deuda; y la presión por reducir el endeudamiento que genera las presiones por reducir el gasto social. Deuda elevada y estado del bienestar son antónimos. Que la colisión despierte la agitación social y económica o no es una cuestión abierta.

Grecia es el primer acto de esta obra; sus problemas presupuestarios han generado ya protestas callejeras. Según las cifras, la tesitura en la que se encuentra Grecia es delicada. Durante el ejercicio 2009, su deuda pública - básicamente suma de los déficit de los ejercicios anteriores - fue del 113 por ciento de su economía real (producto interior bruto o PIB). El déficit presupuestario para el 2009 era del 12,7 por ciento del PIB. Los extranjeros son acreedores de los dos tercios de la deuda, informa el Instituto de Finanzas Internacionales.

La crisis se originó fruto del temor a que Grecia no fuera capaz de refinanciar casi 17.000 millones de euros (alrededor de 23.000 millones de dólares) en deuda pública con vencimiento en abril y mayo de este año, cuenta Jeffrey Anderson, del Instituto. Si los agentes de crédito se echaran atrás, el estado griego quedaría en situación de descubierto. El incumplimiento de las obligaciones causaría pérdidas a los bancos y los demás inversores. Por sí mismo, esto no sería una calamidad, porque Grecia es pequeño (población: 11 millones de habitantes). Pero un descubierto griego podría socavar la confianza de los mercados en la capacidad del resto de países de la zona euro de extinguir su deuda. Los descubiertos en cadena amenazarían la recuperación económica mundial. Los países que se menciona con mayor frecuencia son España, Portugal e Irlanda.

Evitar eso es lo que los 16 países de la zona euro, con Francia y Alemania a la cabeza, debaten ahora. La adopción del euro por parte de Grecia ha contribuido a la crisis. Durante años permitió que Grecia se endeudara a tipos de interés muy bajos, gracias a la premisa generalizada de que el bloque euro no permitiría que uno de sus miembros quedara en descubierto. Sería rescatado por los demás. Estas expectativas constituyeron la garantía implícita de la deuda de Grecia y de otros países de la zona euro. Si Grecia no paga, la garantía se evapora y ello, eventualmente, provoca la huida de la deuda pública de otros países.

Pero en la práctica, el plan de rescate está resultando ser tremendamente polémico. Si se ayuda a Grecia, ¿no pedirán - o exigirán - los demás países el rescate? ¿Es esto posible, teniendo en cuenta que hasta Francia y Alemania tienen deudas considerables, y que el plan de rescate griego es impopular, especialmente en Alemania? Una forma de acallar la polémica es que Grecia implante una dura austeridad que reduzca su endeudamiento. Grecia ya se ha comprometido a reducir el número de funcionarios y a subir los impuestos de las bebidas alcohólicas, el tabaco y los combustibles. Los demás países de la zona euro quieren más. Su dilema reside en que abandonar o rescatar a Grecia es una apuesta de riesgo.

Para algunos economistas, la situación de Grecia es tan grave que el descubierto en la servidumbre de la deuda es inevitable, aunque sucedería dentro de unos años. La austeridad requerida sería demasiado rigurosa, según Desmond Lachman, del American Enterprise Institute. Grecia necesitaría recortes del gasto y subidas tributarias equivalentes al 10 por ciento del PIB, dice. La recesión galopante resultante agravaría el paro existente, en torno al 10 por ciento ya. "Ningún país en su sano juicio va a aceptar eso", dice Lachman. Grecia podría lograr un rescate temporal, cree, pero en algún momento dejaría de poder pagar la servidumbre de la deuda y volvería a su propia moneda (la antigua divisa: el "dracma").

Concebido como forma de unir a Europa, el euro divide cada vez más. Nadie quiere a Grecia en descubierto, pero nadie quiere pagar el precio de la prevención. Con su propia moneda, cree Lachman, Grecia seguiría el camino de la depreciación para impulsar las exportaciones y la reactivación económica. Si otros países abandonan el euro, podrían estallar conflictos de cambio. La amenaza para el bloque euro proviene en última instancia de un estado del bienestar saturado. La situación de Grecia es muy difícil porque una baja tasa de natalidad y una población que envejece rápidamente elevan automáticamente el gasto público en la tercera edad a la vez incluso que el gobierno intenta recortar su propio gasto. En el aire está la viabilidad del estado del bienestar actual.

Casi todos los países avanzados - Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Francia, Japón, Bélgica y los demás - se enfrentan a una combinación de enorme déficit presupuestario, importante endeudamiento, una población que envejece y parálisis política. Es una mezcla inestable. Los déficit actuales pueden ayudar a la recuperación económica, pero la persistencia de los déficit amenaza la prosperidad a largo plazo. Las mismas opciones desagradables a las que ahora se enfrenta Grecia aguardan a las naciones más ricas, hasta si se actúa como si sucediera lo contrario.

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