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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

PSOE, PP y minoritarios decisorios

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 20 de febrero de 2010, 09:19 h (CET)
No creo que estos plenos sobre el Estado de la Nación o monográficos, como el que acaba de tener lugar en el Parlamento español, tal y como algunos afirman, no tengan más que un mero valor de espectáculo, un tanto aburrido, en el que los líderes de las distintas formaciones políticas intentan lucir sus dialécticas de cara a sus votantes, con intervenciones más o menos afortunadas; sin que, en definitiva, se consiga mover voluntades, obtener rectificaciones o lograr alianzas para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y contribuir al engrandecimiento político, financiero y económico de la nación. Seguramente, los detractores de tales sesiones parlamentarias, estarán en lo cierto en cuanto a que, el sistema español, la especial circunstancia del modelo de ley electoral española, da lugar a que, por los efectos del método d’Hont, el bipartidismo se convierta en un polipartidismo donde, en la mayoría de casos, pequeñas formaciones con escaso número de votantes se conviertan, en virtud de la aritmética parlamentaria, en la llave de la gobernabilidad del país. Sin embargo, precisamente por causa de esta incongruencia, da lugar a que, esta sinrazón y este absurdo de que, partidos minoritarios, acaben por imponer sus condiciones a los mayoritarios (que obtuvieron millones de votos), que deben aceptar políticas que solo consiguieron obtener el apoyo de un escaso número de votos en las urnas, si es que pretenden gobernar.

Cuando queremos comparar nuestra democracia con el paradigma de la democracia de los EE.UU. de América; nos percatamos de las diferencias fundamentales que nos distinguen de ella. No es que todas las democracia, me refiero a las que pueden calificarse como tales –y no a aquellas que sólo utilizan esta denominación para encubrir a verdaderas tiranías, gobiernos absolutistas y totalitarios y otros sucedáneos, que se enmascaran detrás de tal concepto para intentar aparecer como estados libres, justos y sometidos al imperio de la Ley –, porque es evidente que, la idiosincrasia de cada país puede establecer pequeñas variaciones en los preceptos democráticos, siempre que se conserve la libertad de los ciudadanos a elegir a sus gobernantes y a derrocarlos de sus cargos cuando se comprueba que no cumplen con los objetivos que se propusieron obtener. Es obvio que, en nuestro sistema parlamentario, la proliferación de pequeños partidos tiene un efecto perverso en cuanto a la posibilidad de obligar al partido gubernamental a rectificar sus fórmulas para gobernar la nación. Veamos, si observamos el caso de los EE.UU., al no existir más que dos opciones a las que acogerse, no se desperdigan los votos de los que pudieran haber votado a los demócratas y, en un momento determinado, se aperciben de que la forma de gobernar de aquellos a los que otorgaron su confianza no está de acuerdo con las promesas que les hicieron. Las opciones que tienen los descontentos, los desengañados o los que se sientan perjudicados por los gobernantes se reducen a tres; votar en blanco, no ir a votar o votar al único partido de la oposición lo que, sin duda, siempre revierte a favor de el partido que no gobierna.

En España, y eso lo hemos podido comprobar durante las dos legislaturas en las que el PSOE está en el poder, todos los pequeños partidos, gracias a cuyas alianzas han permitido que el partido socialista tenga la gobernabilidad del Estado, a pesar, como ha ocurrido en esta última sesión parlamentaria, de mostrarse duros con el Ejecutivo, lo amenacen con represalias o pidan rectificaciones; a la hora de dar su voto siempre lo han hecho apoyando al Gobierno. ¿La causa? Muy sencilla, saben que estando en el lugar que ocupan pueden sacar suculentas ventajas para sus formaciones, conocen que están en una posición inmejorable para chantajear al Ejecutivo y piensan que, si se arriesgan a que hay unas elecciones generales, especialmente en un momento de gran descontento con el PSOE, sería muy probable que se quedaran en una situación peor, en la que sus votos no fueran necesarios y, en consecuencia, sus posibilidades de exigir mejoras especiales al gobierno del PP quedarían sensiblemente mermadas, si no es que anuladas por completo.

Por ello cuando alguien, como ZP, reta al PP a que presente una moción de censura, sabe que, en el último momento, todos los separatistas, nacionalistas, el PNV y la IU le van a apoyar, porque ninguno de ellos quiere que pueda ganar la partida una formación de derechas debido a que, sin duda, salvo en el caso de CIU, quedarían fuera de todo pacto parlamentario con el vencedor de los comicios. Por el contrario, la valentía que ha exigido Zapatero al señor Rajoy, al retarle a la moción de censura, se hubiera esfumado si, él mismo, hubiera solicitado una “moción de confianza” donde, con toda seguridad, sus posibilidades de ganarla quedarían muy recortadas y la consecuencia de una derrota parlamentaria es evidente que lo pondría en la cuerda floja, ante la necesidad de que, desde su propio partido, se le impulsara a convocar las elecciones anticipadas. Esta es la piedra angular que desequilibra el juego de la democracia en España, estos pequeños partidos que recogen los descontentos de la izquierda, en este caso del PSOE, en el caso de los separatistas, comunistas o independentistas y en el caso del PP que van a parar a independentistas, o extrema derecha, si descontamos los que pudiera conseguir el partido de Rosa Diez.

Esta circunstancia determina que, los votos que pudieran perder los socialistas nunca beneficiarían al partido de la oposición, el PP, o viceversa; al revés de lo que sucede en el caso de la democracia americana (EE.UU). Lo único que sucede es que salen beneficiados los eternos terceros en discordia, lo que agrava aún más los inconvenientes de esta atomización, que puede llegar a convertir la gobernabilidad de la nación en una especie de caos en el que los partidos mayoritarios se ven precisados a hacer políticas híbridas, contrarias a sus propios intereses y que, al fin y a la postre, no llevan a otras consecuencias que un gobierno como el actual, que se ve precisado a contentar las demandas extravagantes de sus “socios”, aunque ello signifique que se actúa en contra de los derechos y libertades de todos los españoles. El ejemplo más lacerante es el del PSOE, el Partido Socialista Obrero Español que, por mor de sus alianzas para gobernar han tenido que ceder a los nacionalistas catalanes las bazas de la unidad española, hasta el punto de transigir con un Estatut que es la quinta esencia del separatismo catalán. En Catalunya, el partido socialista asociado ya se denomina PSC y se declara, bajo el mando de Montilla, más catalanistas que sus compañeros del Tripartit y que la propia CIU.

No, señores, no busquemos los tres pies al gato, España tiene un cáncer en situación de metástasis y es su propio sistema electoral, su ley d’Hont, su atomización de los votos y su incomprensible dependencia de los partidos minoritarios para la gobernabilidad del país. Mención aparte sería hablar de los Sindicatos, otra de las servidumbres que se ve obligado a soportar el señor ZP, que sabe que una huelga general, probablemente, sería la puntilla para su Gobierno. Pero eso ya sería tema de otro artículo. ZP no puede mover un dedo para arreglar a España sin el beneplácito de las rémoras adheridas a su Gobierno; pero tampoco quiere moverlo si, con ello, le da una baza al PP. Así, señores, no hay comisión capaz de arreglarlo. Nunca las comisiones han servido para otra cosa que para ganar tiempo y, naturalmente, a esto se aferra ZP.

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