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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del estimulante marasmo este en el que vivimos

Mario López
Mario López
sábado, 20 de febrero de 2010, 09:13 h (CET)
El correo electrónico es un fiel testimonio de lo poco que importamos a nadie y de lo menos que nos conocen. Da lo mismo que lleves un año en el paro y estés a punto de ser desahuciado, que la bandeja de entrada se seguirá abarrotando de ofertas de viajes, publicidad bancaria y todo tipo de incitaciones al consumo, tan accesibles para ti como la luna o una noche de sexo con Naomi Campbell.

Y son empresas que, al menos en teoría, te conocen desde hace más de un lustro ¿Te imaginas que el dueño de tu bar ignorara tu angustiosa situación y te siguiera tratando igual que cuando nadabas en alegres cubatas de prosperidad? Pues eso. Dicen que hay cuatro millones de parados ¿Dónde están? ¿Semejante famélica legión puede sernos invisible? ¿No debería verse por las calles, amenazante, cual plaga de langostas u horda de talibanes cabreados? ¿Los habrán metido en campos de concentración? No me lo puedo creer. Claro, que la mitad de los alemanes, en tiempos de Hitler, tampoco sospechaban que los nazis estaban incinerando a cientos de miles de judíos a escasos metros de sus hermosos jardines. Yo, por si acaso, no me voy a apuntar al paro. Y tampoco voy a seguir escribiendo cartas al director, porque está visto que sólo te publican aquellas que tienen que ver con “la noticia”. Si has tenido la suerte de haber sufrido un atraco “el día del atraco” pues igual te queda una posibilidad entre mil de ver tus impresiones impresas en la página que destinan los periódicos, en un gesto de inusitada magnanimidad, a prestar voz a quien no la tiene. Pero hoy en día lo tenemos complicado. Como no tengas nada que decir sobre los Goyas, lo coqueto que es Garzón, las patologías climáticas, el eterno debate sobre el estado de la crisis o el interminable partido del siglo, estarás condenado al más profundo ostracismo. A la prensa no le interesan las minucias de tu vida, es decir, las de todos. Nuestras elites, esas escasas personas que viven la realidad y tienen alguna capacidad para intervenir en ella, nos miran al común de los humanos con bastante desdén y altanería, pero sin miedo. Conocen la naturaleza de nuestra inocuidad. Saben que estamos empachados de sucedáneos de realidad que ellos mismos nos ofrecen copiosamente, a cada rato, durante todo el día, a través del cine, radio y televisión, y que nos mantienen en un estado de total acinesia, en una somnolencia insuperable; algo sólo parecido al sopor de un yonqui recién pinchado. No tenemos peligro. Y, ahora que lo pienso, no van a ser campos de concentración sino medios de concentración mental donde yace la famélica legión en estado invisible. Si el Ministerio de Educación sospechara lo que es la dignidad humana, obligaría a nuestros universitarios a pasar cinco años de ayuno mediático, antes de hacerse con un lugar en el mundo. Sospecho que ello les ayudaría a vivir la realidad cierta y nos llevaría a todos a una revolución de consecuencias impredecibles. Pero es que de eso mismo se trata la dignidad humana y, su mejor heraldo, la libertad. Una vida verdaderamente libre y digna no puede ser otra cosa que impredecible. Justo lo contrario de este marasmo en el que vivimos, constituido por estímulos mendaces que sólo nos llevan al empacho del sucedáneo.

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